6 may. 2016

La bicicleta.

Música.
Soy yo, charlando contigo en una habitación. Después, te observo marchar en la bicicleta, con las luces puestas, el rojo marcándose al fondo del camino, todo lo demás en oscuro, amarillo sucio. No escucho nada, solo el color. Y tú te alejas por la acera, con el cuerpo levantado sobre la bici, para coger velocidad. Pasas a través de la parada del autobús, y en un instante de segundo, te distorsionas detrás de los cristales, las letras y los reflejos. Reapareces. Me pongo de puntillas, te distingo entre la gente, las señales que en la orilla del cemento te cubren, convierten tu viaje en bicicleta en una historia de viñetas. Y camino con la espalda hacia atrás, la cabeza vuelta, ya en la otra acera, después de haber cruzado el paso de peatones. Blanco negro y blanco. Los coches parados delante de mí son espectadores de nuestra escena. 
Te digo adiós con la mano. Pero tu no me ves, pedaleas sin mirar atrás porque si giras la cabeza, perderás el equilibrio. Eres cada vez más pequeño, una mota de negro en el fondo del paisaje, y te me entrecortas por los coches, por el semáforo, hasta que se pierde la luz roja y eres solo un color de recuerdos, más en el pecho que en la vista. A veces, cuando te vas con la bici, me cuesta trabajo dejar de mirar el último punto donde te vi, y me quedo unos segundos quieta, guardando ese instante, como si aún siguieras ahí, la luz roja en medio del horizonte. Hasta que me doy cuenta de que ya no estás y al dar la vuelta me reflejo en los cristales del edificio que hay al lado del paso de peatones. Y los reflejos son la imagen, de los dos en la habitación, y es un recuerdo silencioso y sencillo como tú. 
Porque no hay nada más perdurable en mi mundo que esa forma en la que se bambolea la bicicleta cuando te vas, y la luz roja titilando. Titila diciendome adiós, como una parte fragmentaria de ti, que se despide casi sin quererlo.
Adiós.
Adiós.
Adiós.

O mejor aún, hasta la próxima.

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