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Pasar el resto de la vida contigo.

Mechones de pelo suelto en un moño apresurado.
Los latidos del corazón 
(en una habitación en silencio).
Arrodillarse sobre la madera.
Extender la mano derecha.
Una caja en la palma.
Las arrugas que se forman con las sonrisas.
El crujir de una silla al levantarse.
Dos cuerpos que se abrazan.
Dilataciones de pupilas.
Cerrar los ojos cuando te
levanta en vilo y
girar el anillo de oro
en el dedo corazón.
-Sí, claro que sí.

Carreteras hacia tu boca.

Cogen el 600 de George y viajan por las carreteras sin un rumbo fijo. Sara, en el asiento de atrás, se ve reflejada en el espejo retrovisor. Tiene los labios pintados de rojo y unos ojos tan azules como el mismísimo mar. "Vayamos a un lugar lejos de aquí y no regresemos jamás" dice entre susurros, y su voz se mezcla con el solo de guitarra que sale de la radio. George le da la mano. Conduce con la otra. En los labios tiene un cigarro apagado hace más de media hora y que le ha llenado los pulmones de cáncer mortal. 
Pararán en la próxima estación de metro, harán el amor en un motel, tomarán palomitas y café y luego regresarán a casa con los pelos despeinados, la ropa puesta del revés y marcas de besos en el cuello. 

La revolución de los sumisos.

No nos callaran. Gritaremos revolución por las esquinas, alzaremos banderas sin color, blancas como la cal, rascacielos de esperanza que arañen a las nubes, y nos quitaremos la venda de los ojos que con tanto afán quisieron cubrirnos. Levantaremos las manos y recordaremos que seguimos aquí, al pie de la montaña, que somos la base de aquellos que creen no necesitarnos, que sin nosotros no serían nada, y que ese monte sobre el que se alzan victoriosos está sostenido por cada uno de los seres a los que pisotean y hacen morder el polvo para poder ganar más. Siempre más. 
Si quieren coronas de oro, se las daremos de espinas. 
Si quieren sumisión, les daremos REVOLUCIÓN.

Huellas ínfimas y clones.

Todos somos iguales. Seres humanos que nacen sin quererlo, con una cara, una inteligencia y un físico que nadie nos dio a elegir, y pese a ello tenemos que aguantar los comentarios de otro sobre algo que es tan aleatorio como el futuro. Andamos el camino de la vida a tientas, con una venda en los ojos y la oscuridad del exterior, y nos dicen que hay que ser fuertes, ricos, famosos, inteligentes, guapos, que hay que estar a la altura del más alto y reírse del más bajo. Si no cumples los requisitos que la sociedad estipula estás perdido, si no brillas como ellos quieren, no eres nadie.
Todos somos iguales. Nacemos solos y morimos solos, y nadie nos acompaña ni en el antes ni en el después ¿Qué importa la vida si nadie nos recordará pasados unos cuantos años? ¿Para qué estamos aquí si el mundo va a seguir girando y nuestra huella será tan ínfima que ni con lupa podremos verla? ¿Por qué vivir si en la mayoría de ocasiones no sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos?
En la vida, casi siempre hay más sufrimiento
 que felicidad, y no sé como cambiarlo.

Los habitantes de Saturno.

Conozco a un tipo que es de Saturno. Aterrizó en mi jardín hace varias semanas, en una nave espacial igual a la de las películas, y me saludó con un "Buenos días, terrícola". Charlamos durante horas en las hamacas, con una limonada en los dedos, y me estuvo contando cosas de por allí.
Dice que en Saturno todo el mundo se lleva bien, se ayudan entre ellos, y las cosas se pagan con abrazos. Dice que no hay guerras, porque los problemas se solucionan con palabras, y que no entiende como los humanos podemos seguir vivos después de matarnos. "Sois peculiares, los terrestres. La única especie que acaba consigo misma por codicia". Dice que a través de los anillos de Saturno viaja la felicidad, y que si quieres cogerla tienes que perseguirla a través de los meteoritos. ¿Por qué no nos unimos a los habitantes de Saturno e intentamos atraparla?

Os he traído un relato un poco peculiar que espero que os guste. Sé que no me paso 
por los blogs, pero leo la mayoría de las entradas. Por último os digo: Por  favor,
que este mundo roto no estropee vuestras ganas de vivir ni de soñar. Siempre 
queda felicidad, aunque esté en los anillo de Saturno, y no aquí.

Luciérnagas en tu ventana.

Hay un lugar donde viven los sueños. Un lugar que aparece cuando se apagan todas las luces y se cierran las puertas, las ventanas, y se deja volar la imaginación. Ese lugar está tan cerca que no lo vemos, pese a que de un salto podemos alcanzarlo con la mano. Es tan visible y distante como el cielo. Y cuando volamos como pájaros sobre el mar, luchamos frente a molinos gigantes de viento o besamos unos labios que nunca tendremos, sonreímos con los ojos cerrados. Hay un lugar donde viven los sueños. El lugar dónde se acumulan las luciérnagas, los piratas de pata de palo, los astronauta y todas y cada una de estas historias. 

¿Cómo se deletrea felicidad?

La felicidad es un vapuleo de sentimientos que recorren tu espina dorsal y se cuelan por el estómago, el cerebro y el corazón. Se siente con un atardecer, al amparo de una luz tenue y cálida, con una sonrisa o con el abrazo de la gente a la que quieres. 
La felicidad es placer, es mordisquear un trozo de chocolate sin reparar en calorías ni grasas de más, es pensar que los huecos entre los dedos de la mano es para colocar otros y estrecharlos con fuerza. Y cuando cierro los ojos, y la oscuridad se apodera de mí, pienso en esos momentos felices, en esas imágenes guardadas en la retina como si se trataran de fotografías y sonrío. 
Estoy en casa.

Abrazos cálidos como un atardecer.

Toda mi vida he estado buscándote en cada gesto, en cada esquina y bajo las mesas del bar que hay en frente de mi casa. Pero ni allí te he encontrado. Entre las cosas que busco, están tus ojos azules como el mar, tu pelo rizado lleno de dorados y castaños y tus abrazos, que son más cálidos que un atardecer. Agachó la cabeza cada dos segundos porque pienso que estás entre las piedras, o en la hierba que crece en los adoquines y que ahora se torna más mustia que nunca. Pero no estás. Nunca estás.  A ver si algún día de estos me tropiezo contigo por el camino, y nos fundimos en un beso de esos de película que tanto nos enamoran.

La página dónde quedan los recuerdos.

Zimbané vivía enterrada en un mundo de bibliotecas, alejada del cielo, de la tierra, de todo lo tangible. Hundía la nariz en la tinta del papel y cerraba los ojos a la espera de que las sensaciones subieran por toda su espina dorsal y estremecieran a su cerebro. Creía que en los libros se encontraba su felicidad y, en parte, estaba en lo cierto, pero estaba sola. Y la soledad nos vuelve amargados, apesadumbrados y locos. 
Sin embargo, un día Zimbané descubrió los rayos de sol sobre la piel, el aire rozando las mejillas y el beso del amor, y corrió fuera de aquella habitación oscura, dejando la silla vacía y el libro abierto por la página trescientos seis, dónde desde entonces se acumulan todos sus recuerdos.

El niño de Júpiter.

El niño de Júpiter olía a menta y tenía mucho imaginación. Llegó como llegan los mejores, con una sonrisa en la cara y un poco de hollín en las mejillas. Cuando aterrizó en el parque, bajó de su nave espacial como un héroe, pero no vio a nadie que fuera a recibirlo. El niño de Júpiter vagó durante horas por las calles desiertas de la ciudad, tocó los árboles desnudos, la hierba al pie de la escalera de metal y la bombilla de una farola que daba calor. Y cuando estaba a punto de darse por vencido, vio al final de los adoquines unos ojos tan intensos que se removió todo su interior. Quiso acercarse a ellos, explorar la cuenca de aquellos iris chocolate, pero empezó a llover, parpadeó y, cuando quiso darse cuenta, ya no estaban.
Desde entonces, El niño de Júpiter ha buscado por todos los países, los planetas y las estrellas que ha podido, pero no ha vuelto a encontrarlos.

Hay algo en el corazón de hielo de Pam.

Y entonces, Pam se enamoró. Fue como si una chispa se abriera en sus ojos, una luz que se reflecto en sus pupilas y desapareció tan rápido como había venido. Un momento antes no sentía nada, y ahora había algo en su estómago. Algo que todos llamaban mariposas. Dentro, muy dentro de la pequeña Pam, allá donde el corazón guarda sus más íntimos secretos, la muralla de hielo se convirtió en escombros, se derritió, y las mariposas volaron dentro de ella, se mezclaron con su sangre y la hicieron sonreír.

Allí donde esté la paz, la encontraremos.

Y ahora que he llegado hasta aquí, que puedo observaros a todo desde esta nueva perspectiva, quiero bajarme del podio. Ver vuestros rostros, vuestras manos apretadas la una contra la otra bañadas de sudor me llena de agonía, me hace pensar que no lograré lo que esperáis de mí, y que para estar a la altura de esto son necesarios más de unos cuantos centímetros ¡Yo no soy vuestro rey, no mando sobre vosotros! Solo estoy aquí para administraros, para encaminaros hacia la victoria y no hacia el final. Vosotros, el pueblo, y nosotros, los políticos. Vamos a olvidarnos del dinero, de la fama, de las alabanzas, de los trapos sucios, y levantemos de una vez por todas al mundo, que bien merecido se lo tiene. 
Juntos, lograremos un final feliz para esta historia, 
os lo prometo.

Laberintos y burbujas de cristal.

Después de tantos años, de tantas caídas, seguimos inmersos en nuestras propias burbujas de cristal. Parecemos locos incansables que se golpean contra las esquinas por diversión, que se adentran en laberintos de pensamientos equivocados para perderse e ignoran a los otros porque piensan que, con unas gafas tintadas de rosas, la realidad va a desaparecer. Y una vez que estemos aislados y no podamos gritar auxilio, cuando ya nadie pueda escucharnos, se abalanzarán sobre nosotros la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y, ante todo, la soberbia. 
Al final, del ser humano no quedarán  más que restos.

Has escrito tu nombre con indeleble.

Ha amanecido está mañana del color de las mandarinas, y parecía un atardecer. Estaba la luna en lo alto, observándome con sus ojos de cráteres y de tierra, recordando la última vez que fui a visitarla y me llené de vértigo por las alturas. Estaba demasiado alto incluso para mi imaginación. 
Y cuando salí a la calle, olía a café y a neumáticos quemados, pero sobre todo olía a ti. Olía a ti porque estás en mi mente cada maldito segundo y tu sonrisa no se borra de mi mente, ni tus labios, ni tus ojos azabache y grandes que me observan y te delatan. Estás en mi mente, sí, y no te puedo borrar porque has escrito tu nombre con un bolígrafo indeleble. 

Nadie puede vivir para olvidar.


Inspirándome en las notas musicales
un microrrelato crítica al cambio climático.

Notó el rocío en la punta de sus dedos, las hojas verdes y húmedas haciendo caricias en la palma de ambas manos, y después un largo y prolongado suspiro de desesperación y angustia. Y fue allí, él un mero espectador, cuando las rosas del paisaje empezaron a pudrirse y se les marchitó hasta el corazón. Desde lo hondo, el planeta se estremecía. Quiso lanzar un grito de auxilio para salvar aquello que se extendía a su alrededor, pero llegaron y lo talaron todo, y lo quemaron todo, y lo pudrieron todo, y seres como él se llevaron los árboles que le hacían respirar y el oxígeno se le fue acabando lentamente. Allá en el río, los peces salían a la superficie muertos y agonizaban como él en busca de algo de vida, hasta que ya no quedó nada y la cuenca de los ojos se les quedó tan vacía que no pudieron ni llorar.

Una historia llena de miseria.

Voy a contarte una historia que nadie ha oído jamás, una historia de recovecos, de secretos, de misterios y de miseria donde la música es tan triste que, aunque no quieras, lloras. Una historia oculta tras tu mundo de pétalos de rosa, allá donde la oscuridad no llega, donde miles de soldados se acumulan en las esquinas para protegerte y donde la lluvia ni siquiera te moja.
Voy a contarte una historia de terror, de muerte, de injusticias a las que te obligan a cerrar los ojos, y voy a conseguir que, entre tus monedas de oro, enterrada en tu riqueza, observes aquellos que tuvieron que morir para que tu escalaras hasta donde estas hoy. Voy a contarte la historia de la pobreza, y aunque no te guste vas a tener que escucharla. 

El trastevere de una Italia enamoradiza.

Foto de Laura SolerHe quedado segunda en el premio de microrrelatos del 
Biblioforum Sevilla  con el relato del blog Ahora ven tú y dime que no la quiero.
(y sé que no me paso por ningún blog, pero es que no me meto en Internet para nada).
Io non parlo spagnolo. Me dijo la señorita Daniella batiendo aquellas largas pestañas que eran como barrotes de celdas. Ion sono italiana, ma Io volgo vivere per le strade di Roma. Así que, frente a ella, asentía y fingía enterarme de las palabras que soltaba. Y día tras día, la señorita Daniella se encontraba conmigo en el trastevere de Roma y me contaba, taza de chocolate en mano, las peripecias de sus historias. Para mí, el italiano fue siempre como el francés. Un idioma de románticos empedernidos que al final acababa siempre enamorándote. E tra il romanticismo della giovanne donna, e che i capelli di rosso scarlatto, es cierto, me enamoré del italiano, aún sin comprenderlo, y también de la señorita Daniella, que vestía trajes de seda incluso en invierno.

De dragones y espadas.

Adiós a los dragones y a las espadas, a las armaduras y a las guerras. Adiós a los juramentos, a los castillos, a los corceles blancos, a las historias de hadas,  a los bosques encantados, a las torres inescalables, a los unicornios y a los pegasos, a los matrimonios concertados y a los impuestos de un rey malvado. Adiós a aldeas en llamas, a besos dormidos, a misiones de rescate, a combates de vida o muerte y a historias encantadas. 
Adiós a todo por ti, bella princesa olvidada.

En tu mundo de historias rotas.

En tu mundo de historias rotas los árboles andan, porque saben que si se quedan quietos caducarán. En tu mundo de historias rotas los corazones no susurran, gritan. En tu mundo de historias rotas hay catorce millones de primaveras y solo quince veranos. En tu mundo de historias rotas los relojes se pararon hace tanto tiempo que ya son algo de la prehistoria. En tu mundo de historias rotas quedan galletas de mantequilla que no engordan, bufandas que no abrigan y gafas que sirven para ocultar las pupilas. 
¡Ay, en tu mundo de historias rotas! Quedan tantas verdades y tan pocas mentiras... 

Nunca izabas tu bandera.

Cuantas veces le diste la espalda a los sueños, cuantas veces cerraste los ojos, llenos de lágrimas, para no ver. Cuantas veces contaste todos y cada uno de los poros de mi piel para olvidar, para quedarte inmerso en un mundo de números y no de palabras. 
Hablabas sobre superhéroes porque sabías que jamás te convertirías en uno. Eras un cobarde, sincero solo entre los mentirosos, huyendo continuamente de la realidad. Nunca izabas tu bandera por miedo a que te vieran demasiados y al final, de tanto dudar, te quedabas siempre en la estacada. 
Querido, la ocasión que buscabas para destacar ha pasado ya hace un rato. ¿Corres a por ella o esperar eternamente a la siguiente para volver a dejarla escapar?

2009-2016. Todos los derechos reservados a Alicia Alina.