En la clase solamente se oía el leve rumor del viento tropezando con las ventanas, o al menos eso le parecía a ella. Porque en la clase reinaban, en realidad, el desorden y el ruido. Aunque ella no escuchaba absolutamente nada.
Sus ojos se clavaban en los azulejos que, como laberintos interminables, se extendían por toda la pared. Para ella no eran solamente ranuras, eran mundos mágicos y perfectos, donde seres misteriosos danzaban por caminos hechos de cemento. Caminos peligrosos y que solo estaban acompañados por el precipicio frío que se encontraban cerca, aguardando.
Pudo visualizar sin complicación alguna a pequeños seres que danzaban sobre la mesa del compañero vecino, que miraba distraído a la chica de enfrente. Sobre la goma de la profesora, pequeños saltamontes votaban más alto de lo común, y en las gafas allá abandonadas, casi en el fondo, escaladores que no sabían a donde aferrarse. Era todo tan bonito y perfecto…
Con los ojos en la línea de su mesa, podía distinguir una metrópolis que se extendía por toda la madera verde, que en aquel mundo simulaba ser hierba, y en la pizarra, seres blancos dejaban su huella en forma de letras.
Se fijó también en las uñas que estaban siendo embadurnadas de rojo, como si en ellas se estuviese tratando de crear un infierno, también pudo ver como en la última fila, un móvil estaba siendo iluminado por luciérnagas de oro.
- Dana, por favor, estate atenta a la clase.
Y se fue entonces el laberinto, los seres bailarines, los saltamontes, la metrópoli que aún no estaba acabada de construir, y los pequeños seres extraordinarios, el infierno que ahora se escondía bajo la mesa, se fueron las luciérnagas, que apagaron toda pista de que antes hubiesen estado iluminando, y se quedó ella sola, escuchando a la profesora, que ahora pintaba con la tiza letras perfectas.
“Que pena” Pensó, “Me hubiese gustado más que lo hubiesen hecho los seres extraños, dibujaban la vida mucho mejor”.