La muerte del camino y de mi misma.

Encontrarse sola en el mundo, rodeada de gente. Encontrar que ni el fondo de ti, están las cosas que deseas saber, y que solo eres una mancha, nublada, delante de los ojos.
Visualizar el interior de ti como si fuese poesía, poesía vacía, de hoja en blanco, de un libro del que rasgas las páginas y sigue diciendo lo mismo porque desde el principio no decía nada. Ver, imaginar, lo que esconde el cuerpo. Y pasar del universo al agujero negro en una bocanada.
Entender que no hay manera de expresar, la soledad del cerebro, la soledad de las manos que solo cogen aire, que están llenas de temblores y de resistencia, de una resistencia que dice ¿por qué debo resistir? Por qué debo luchar por todas estas cosas que no quieren que luche por ellas.
Y saber, que tienes el corazón atado, a tantas otras cosas, a la opresión, al apretar las lágrimas, los espacios, los huecos. El corazón atado a los intestinos, a la espalda, a los pulmones. Y se oprime el corazón y se oprime directamente el resto de las cosas, y se hace un cúmulo de faltas de aire, que desfallecen, y el cuerpo dice: no quiero andar, no quiero moverme.
Qué hago aquí, cerebro, qué hago aquí tan solo.
Pero el cerebro no tiene la respuesta, la respuesta no la tiene nadie. No está en la ventana llena de cosas. De árboles, de edificios, de gente que pasa. No está en la cama. debajo de las sábanas. No está en la oscuridad ni en la luz, ni en la poca nitidez, ni en la opacidad, ni en los ruidos a través del cristal, en el canto del pájaro.
La respuesta no está en las hojas de libros, porque ningún libro cuenta tu historia, porque la soledad en medio del mundo, es un hecho tan cotidiano e inexplicable, tan regular. Se recae en él como el que recae en un esguince, lleno de impotencia, impotencia en los ojos del que lo ve y no puede hacer nada, e impotencia en el propio cuerpo, en la propia sanación, que no encuentra futuro en lo que hace, que solo quiere saber ¿cuándo estaré bien? ¿Cuando podré al fin salir a la luz, y hacerte ser, lo que siempre has debido de ser, una persona completa
Encontrarse solo es como, escalar una enorme pared, llena de piedras y de sangre, y tener que asirse a los resquicios que ves sin arne, sin caída, sin nada más allá de la siguiente roca, sin saber si quiera que ocurrirá si caes. Qué es la muerte, no lo sabes, qué es la vida, no lo sabes, porque la soledad no te permite vivir.
No te deja hacer las cosas como lo hacen otros. Ves, a toda la gente por la calle, llenas de sus cosas. Calidez colandose entre sus persianas, entre sus pestañas, entre sus personas. Para la soledad no hace falta estar solo, no hace falta que falten las cosas, ni los sentimientos. Se puede estar lleno por dentro y por fuera y sentir la soledad.
Y eso es lo más triste de todo. Lo irreparable de la soledad, que viene con la ansiedad, con la inexistencia, con la falta de ser, que al final es lo más importante dentro del ser humano. El entender que se es, y la soledad no deja. La soledad solo deja pensar en todas las cosas que te faltan sin faltarte. La soledad es un castigo que te dice, una y otra vez: esa no es la siguiente piedra. Esa piedra te hará caer. Esa piedra te hará daño en las rodillas, en el estómago, en la palma de la mano, en los nudos de la mano.
Esa piedra no va a ayudarte, así que no te arriesgues y no la cojas.
En lo hondo de las metáforas, se esconden todas las realidades que, pudiendo ser, no son. No son porque no son físicas ni razonables, porque no existe la enorme pared ni el vacío, pero sí existen. Maldita sea, si existen. Existen dentro de mí, me están rasgando las vestiduras de los órganos, me están haciendo perder el aliento, el vaho. Dime, si no son reales las ganas de vivir, si no es real eso ¿qué lo es?
Vivimos rodeados de metáforas, viven dentro de nosotros, y obviamos las gracias, las indecisiones, las irregularidades. Obviamos lo mental y miras a los ojos de alguien y entiendes que no ve tu vacío, que la soledad te deja sola incluso en el poder compartir el vacío. La negrura, de las entrañas. Me aso a mi misma. Agarro la piel de mi barriga con las manos, y son manos rasgadas de sangre porque, si no cogía esa piedra, soledad, si no cogía esa piedra a que demonios me agarro.
Porque prefiero hacerme daño en la mano a caer, te lo aseguro, aunque el cuerpo me recuerde una y otra vez, el tremendo error que fue agarrarme a la piedra, y el tremendo error que será agarrarme a todas las demás, a todos los resquicios, que no son más que la salvación de la condena, la anestesia al dolor mayor, a la caída eterna del vacío. Porque la pared es una pared que a veces va hacia abajo y otras hacia arriba, y no te das cuenta de cuando cambias de dirección.
Eres solo una marioneta subiendo y bajando en estados anímicos por ese espacio, en medio del universo que ya no es universo que ahora solo es nada y que está dentro de ti pero también esta fuera rodeado de todas las cosas que tienes y que en realidad no te llenan en absoluto.
La soledad, no es un individuo, no es una concrección. La soledad, es gracioso, no puede aislarse. Va rodeada de todo el resto de cosas. De la autoestima, del amor, de la salud. Va rodeada de todas las luchas que quieres luchar y para las cuales te sientes inútil.
Va junto al pensamiento indeleble del "no podrás". Y no importa. Que enervante el comentario de podrás. Porque no se puede. No consiste en la consciencia en la decisión en el paso del tiempo. La soledad ha marcado cada uno de tus pasos y te ha hecho presa del camino.
El resto de la gente recorre el camino sabiendo que va a algún lado, y lo recorren acompañados, y se llenan de metáforas y de vivencias y viven buenos momentos y malos momentos y después cuando se mueren se olvidan de esos momentos, y al final, al cabo del tiempo, el mundo se olvida del mundo.
Pero el que lleva consigo la soledad, recorre siempre el camino solo, y no espera nada al final. Y llega un punto en el que el camino parece siempre el mismo porque son siempre los mismos baches y los mismos árboles y el mismo cielo que nunca se llena de estrellas porque al universo le dio por desaparecer. Y uno se pregunta, en medio del camino, por que merece la pena seguir.
Por que no me muero, y dejo toda esta tierra, todas estas rocas, toda esta sangre que para que limpiarme cuando sé que saldrá más.
Por que no dejo de ser.
Y te das cuenta de que no vas a morirte, no vas a dejar de ser, porque simplemente nunca has sido, y quieres ser, antes de que se termine el camino y el universo y el corazón se apriete y la gente abandone y el aliento se corte quieres ser aunque sea, una vez, aunque sepas que no te quedan ni ganas ni fuerzas ni una sola pizca de esperanza quieres ser.
Ser como las páginas de este relato rasgado, desolador, triste y muerto como las ganas, que ni, es ni será nunca, pero sigue escribiéndose a sí mismo porque no sabe hacer otra cosa.

La combustión del pájaro solar con el pájaro lunar.

Música: Birds of Flims -Sun Kil Moon.

Pájaro ingrávido, pedazo de sol, déjame salir, que quiero ver la luna.Que quiero verla en medio de la noche, en lo alto, y que me de un trozo de ella, de esos que se le caen cuando muda la piel y aparece mediana y desnuda.
Ay, pájaro solar, que si te acercas más me van a arder las plumas de mis alas, que no estoy hecha más que de retazos de noches de luna nueva. Ay, pájaro, no. Que me hago cachos, que me deshago si no puedo ver a mi bella luna, si aparece el sol y no estoy dormida. Si te acercas más, y tocan mi piel tus rayos amarillos, se me librarán las ataduras que mantienen mi estructura, y me desvaneceré, y seré viento, pero nunca más carne y roca.
Si te acercas más, guardián solar, tus plumas arderán con las mías, y la combustión será enorme y olerá a ceniza. Y ya no podremos volar, porque no seremos materia, porque volar para siempre significa, al final, olvidar el placer de batir las alas después de caminar por la tierra. Volar eternamente significa dejar de volar. 
Pero es tarde para mí. Tu abrazo es tan calido que me abrasa las entrañas, y me siento arder. Toda yo. Mis alas que jamás he batido antes de hoy, que son parte ya de un pasado en el que no me reconozco, en el que nunca supe arrancar el vuelo, desaparecen. Y, en secreto, me doy cuenta de las noches en las que olvidaba mirar a la luna para mirarte a ti, del deseo al fondo del estómago por tocarte la piel y salir al sol sin tener miedo a arder como una hoguera. 
Ahora, somos hoguera los dos, y cierro los ojos y decido no tener miedo nunca más, porque no debo temer al sol, porque la luna no teme al sol, y yo soy parte de ella. O ya no lo soy nunca más, porque se me caen los trozos por la arena. Pero no me suelto a recogerlos. La calidad de tu abrazo me rehace. Me rehace de nueva materia, de fuego y de asteroides, del frío de los trozos de luna que he conseguido agarrar, de la noche que iluminas con el eclipse de tus brazos rodeándome la espalda.
Eres el guardian del sol, y te separas de mi, y de repente me invade un frío que estaba allí desde el principio, pero que yo no notaba porque no sabía lo que era el calor. Y ya no tengo alas, y tu no tienes alas, porque se han quemado en la combustión. Y los trozos que me quedan en la piel, las bases de mi nueva persona, se han soldado unos con otros y parecen inamovibles. Y a ti te cruza la cara, un rayo de astro lunar, que se te ha quedado pegado por mis lágrimas. 
No somos los mismos, tú y yo, y no tenemos alas, tú y yo, y ya no perteneceremos nunca más ni al sol ni a la luna porque nos hemos vuelto impuros. Pero a quién le importa si tu me acabas de prometer que juntos nos vamos a volver dejar crecer las alas de nuevo. 
Unas alas más largas, en las que se mezclan la oscuridad de las estrellas y la luz de una puesta de sol.

Rasgar de do menor.

Escúchalo en audiorelato.

Somos exploradores herejes. 
Ya nadie nos cree.
Y entre los arrabales, donde no existe el llanto absurdo, donde no hay mota de polvo sin camino, cargamos una guitarra a la espalda, como si fuera un saco, y dentro guardamos trozos de papel mojados, que estropean la madera, que distorsionan el sonido. 
En medio de todas las chabolas, las sombras se esconden a nuestro paso, y miran a través de las ventanas ¿Seremos o no parte de ellos? Esnifan entre persianas, entre las luces que se cuelan por las persianas, trozos de tiza con la que, en otros lugares, lejos de aquí y de ahora, enseñan. 
Ay, niña. Entre los arrabales no hay sitio para la música preconcebida y formal, no hay sitio para la quietud. Siempre se esconde en el paraje la agonía de una piel oscura, de un rostro deformado, la calamidad de todas las cosas silenciosas que deberían decirse. 
Caminamos en sandalias, o en pies delcazos, cuando el calor, y vemos tantas cosas... por eso somos exploradores, y por eso somos herejes. Porque lo que hemos contemplado en nuestro camino, está tan lejos de lo que contemplan los otros, que la realidad termina convirtiéndose en un cuento de hadas, en una historia de locos.

Error 432.

Inserte aquí la enumeración de mil sensaciones que al cabo de un rato llegan a los pies y rebotan hacia el cerebro.
Y del cerebro, al corazón.
(Huele a libro esa insercción).

La bicicleta.

Música.
Soy yo, charlando contigo en una habitación. Después, te observo marchar en la bicicleta, con las luces puestas, el rojo marcándose al fondo del camino, todo lo demás en oscuro, amarillo sucio. No escucho nada, solo el color. Y tú te alejas por la acera, con el cuerpo levantado sobre la bici, para coger velocidad. Pasas a través de la parada del autobús, y en un instante de segundo, te distorsionas detrás de los cristales, las letras y los reflejos. Reapareces. Me pongo de puntillas, te distingo entre la gente, las señales que en la orilla del cemento te cubren, convierten tu viaje en bicicleta en una historia de viñetas. Y camino con la espalda hacia atrás, la cabeza vuelta, ya en la otra acera, después de haber cruzado el paso de peatones. Blanco negro y blanco. Los coches parados delante de mí son espectadores de nuestra escena. 
Te digo adiós con la mano. Pero tu no me ves, pedaleas sin mirar atrás porque si giras la cabeza, perderás el equilibrio. Eres cada vez más pequeño, una mota de negro en el fondo del paisaje, y te me entrecortas por los coches, por el semáforo, hasta que se pierde la luz roja y eres solo un color de recuerdos, más en el pecho que en la vista. A veces, cuando te vas con la bici, me cuesta trabajo dejar de mirar el último punto donde te vi, y me quedo unos segundos quieta, guardando ese instante, como si aún siguieras ahí, la luz roja en medio del horizonte. Hasta que me doy cuenta de que ya no estás y al dar la vuelta me reflejo en los cristales del edificio que hay al lado del paso de peatones. Y los reflejos son la imagen, de los dos en la habitación, y es un recuerdo silencioso y sencillo como tú. 
Porque no hay nada más perdurable en mi mundo que esa forma en la que se bambolea la bicicleta cuando te vas, y la luz roja titilando. Titila diciendome adiós, como una parte fragmentaria de ti, que se despide casi sin quererlo.
Adiós.
Adiós.
Adiós.

O mejor aún, hasta la próxima.

El placer de no llevar sujetador.

Este blog me hace darme cuenta de como pasan los años, de como paso yo. Siempre hay, al fondo, la esencia de mi misma, pero es una esencia que varía igual que lo hace mi cerebro, mi pelo o mi piel. 
Me doy cuenta, ahora (y espero seguir dándome cuenta de cosas como estas en el futuro) de todo lo que nos viene asumido. El hacer porque hay que hacer. Cosas que no varían como hace el resto del mundo. Así que he olido, al fondo del estanque, lo estático. Y me ha olido un poco mal. 
En este caso, lo que me ha cruzado por la vida ha sido el sujetador. Sonará a novela de ficción el decir "el sujetador me ha cambiado la vida". Pero es verdad. O "darme cuenta de el sujetador" me ha cambiado la vida, lo cual es bastante más acertado. 
Llevo con sujetador desde que tenía, no sé, doce años. Me empezaron a crecer los pechos, y me lo puse. Como uno se coloca la ortodoncia cuando tiene los dientes torcidos o se pone el brazo en cabestrillo cuando se lo rompe. Jamás me cuestioné si debía o no llevarlos. 
Os contaré un secreto. Algo muy tabú, que no se debería decir porque, en general, hablar de tetas en público está feo (de tetas femeninas, perdonenme la errata): tengo los pechos grandes. No es que me guste más o menos, es que es un hecho físico. Y esto, más que aportarme grandes ventajas, me fastidia bastante. Me duele la espalda, camino menos recta de lo que debiera, y sobretodo me puedo olvidar de más del cincuenta por ciento del sector de ropa. Pero vamos, que no me voy a quejar por un par de problemas de primer mundo como los modelitos que no me puedo comprar.
Sin embargo, si que me preocupaba mi salud. Cada vez que me cargaba el sujetador a la espalda, el dolor me atizaba. No soy una persona que tienda a sentir mucho dolor físico, pero la espalda me tenía muerta. No me daba un solo día de respiro. Hasta que me di cuenta de que no era mi talla de pecho. Era el sujetador. 
Pensé:
Tendré que comprarme sujetadores más buenos. Sujetadores caros. Probé de todo. Tirantas cruzadas, tirantas por delante, tirantas por detrás, de quince euros, y de cincuenta. Y nada. Más o menos dolor, días más buenos y más malos, pero siempre ahí. Y mi madre me dijo: "Si te molesta el sujetador, deja de ponertelo". ¿Qué obvio, verdad? Pues yo le contesté: "Si claro, mamá. Antes aguanto el dolor de espalda". Y ahí se quedó la cosa.
Hasta que algo me hizo click. Ya os digo. El fondo del estanque. Y me planteé ¿Por qué? ¿Por qué narices llevo sujetador? Pensé: porque me da miedo no llevarlo.
¡Miedo! ¡Miedo a no llevar sujetador! Ni que el sujetador fuese un arma nuclear. Me di cuenta de lo absurdo de mi pensamiento. No llevaba sujetador porque fuese más cómodo, o más práctico, o porque me ayudase en mi salud. Llevaba sujetador por esta serie de razones con las que sé la mayoría de mujeres se sentirán identificadas: El sujetador me ponía los pechos derechos, me realzaba la figura en la ropa. Me cubría los pezones. Impedía que las tetas me bailaran libres debajo de la ropa. Impedía las miradas. Y los juicios. 
Llevaba sujetador para el resto del mundo, y no para mí. Si sois hombres, a lo mejor no entendéis bien lo que estoy diciendo. El vacío del que se apodera el cuerpo cuando te planteas dejar de usar sujetador. ¡Madre mía, romper el pedestal inamovible! Pues lo hice.
El primer día, fatal. No fatal físicamente. Físicamente me encontraba como una reina. Fatal por la inseguridad. Fatal porque los pechos se me veían más caídos, fatal porque sentía que estaba desnuda, fatal porque se me marcaban, de vez en cuando, los pezones. Qué terror, que manera de sentirse expuesta. Y el bamboleo del pecho ¿era yo, o todo el mundo miraba como se movían mis tetas por la calle? La gente se está dando cuenta de que no llevo sujetador. Estoy segura.
Aún me estoy acostumbrando, y eso que llevo cosa de un mes. Aún no soy capaz de ir sin sujetador con ropa apretada ¡y qué alguien se apiade de mí en verano, con las blusas transparentosas y las camisetas finas! Pero lo voy a hacer. Lo voy a hacer porque llevo yendo al fisioterapeuta tres semanas, sin llevar sujetador, y ayer me lo coloqué otra vez, y me ha vuelto el dolor de espalda y los músculos pillados, y no estoy dispuesta. 
En este mes de experimentación, llevo muchas anécdotas. Amigas, compañeras, gente muy inteligente, independiente, moderna y reivindicativa que no tiene narices a dejarlo de lado. Los comentarios siempre son los mismos "es que me da vergüenza" "es que me da cosa" "yo a lo mejor lo intento, pero más adelante" o esa reinterpretación de la contestación a mi madre "pues pese a todo, yo lo voy a seguir llevando". Nunca he oído a nadie decir: "a mi me gusta llevar sujetador porque me favorece física y psicologicamente". Y tiene sentido. Porque no lo hace. 
Es curioso como estamos en un mundo que dice condenar tanto el machismo, donde escuchar "yo hago lo que dice mi novio" pone los pelos de punta, y los medios ¡el grito en el cielo! Pero después es perfectamente aceptable ser sumisa al consumo y a imposiciones de hombres como es el llevar sujetador, y nadie se escandaliza. Te das cuenta de lo lejos que estamos de estar en una sociedad igualitaria. La de verdad, no la que dicen que ya tenemos tantos inconscientes...
Cuando una se libra de las cadenas que le impone la sociedad, y remueve el estanque, el reflejo que se vuelve a formar es más nítido y está libre de mierda. Así, el no llevar sujetador me ha cambiado a mi misma, la esencia. Me ha ayudado también a quitarme del maquillaje, de la tintura del pelo, y de las falsas maneras. Porque de falsas amistades, nunca he sido.
Ah, sí. Se me olvidaba. Respecto al bamboleo de pechos... que todos los problemas del mundo sean ese tipo de bailes.

Parvulario III.

Uno va creando cosas que, con el tiempo, solo quedan en el recuerdo. Y se regresa a ellas sin consciencia del acto hasta que se tiene el cuello girado.
Las cosas que ya han pasado tienen un recuerdo dulce, o un recuerdo amargo, pero siempre adquieren ese sabor a viejo que nos hacen evocarlas con añoranza. Pienso en todos los libros que me he leído, en todas las canciones que he escuchado, en cada una de las letras que he plasmado en una página en blanco, en el trazo de una mirada. Todas son yo. Están ahí, para siempre. 
Y no me importa que nadie las recuerde, porque tengo al viento.
El viento que se lo lleva todo, que lo arrastra, que lo convierte en algo que no podemos ver cuando ya lo damos por desaparecido (por vencido). El mismo viento que te hace girar el cuello.
Lo bonito de ese tipo de esperanza es que, como el viento y como el tiempo, están siempre 
en todos lado.

Parvulario II.

Escuchó DAdá ▬ismo entre los teclado▬s.
entre las planchas
y entre los ojos
las cuencas)
y los pozos
de los que deletrean
dadá no es `[nada]

dadá no es harte/
y a quién le importa
no consiste en rACIONALIZACIÓn
en faros☼
y en espejos/soɾǝdsǝ
ni en darle vueltas al oɹqәɹәɔ

consiste en  e s p e c t r o s
que nadie conoce
✄ salvo tú
y en d.e.l.e.t.r.e.a.r, en sacar
a la luz
una serie de sombras
de irregularidades
de funcionamietos del cerebro que la ciencia
(no entiende)

consiste solo en ser dadá
balbucear sin sentido
sin                                      consent
imiento

sin pensar en si es ar╦e o no
porque va a ser arte de todas
formas». 

Parvulario I.

Me teneis harta
con vuestras inseguridades
y vuestras predisposiciones
y las etiquetas
que colocais
dentro de cerebros
que ni son vuestros
ni quieren.

Muerto como el arte.

No existe la forma de recuperar lo muerto.
El destrozo es más fácil y más rápido que la construcción. Uno nace en nueve meses y muere en un segundo. Pero ¿no es acaso el destrozo otra forma de creación? Y es la muerte el inicio de un nuevo principio de vida, donde se queda uno en el recuerdo, en los lienzos y en las páginas. 
La muerte nunca deja su trabajo a medias, nunca se salva uno de ella. Muere la imagen, muere la reputación, muere el dinero, muere el sentimiento, muere hasta el recuerdo. 
Así que no. No existe la forma de recuperar lo muerto.
A quién le importa.

[A quién le importa si el deceso es arte, y el arte es eterno porque ya está muerto.

2009-2016. Todos los derechos reservados a Alicia Alina.