16 dic. 2018

La muerte

A veces la muerte se parece tanto a una amiga
que dejaría que me arropase con su manto
y que hiciese todo este caos cesar.
Luego se me pasa, me peleo con ella,
la temo me ansía y la ignoro.
Vuelvo a tener ganas de respirar.
Pero ay, esas veces,
esas veces me quedaría dormida en sus brazos
y dejaría el mundo abajo
y podría respirar tranquila
por primera vez en años.

A veces la muerte, se parece
tanto
tanto
tanto
a una amiga...

Mi maldición

Me reformulo la coraza como si me sirviese de algo, como si no me la destrozase a mí misma continuamente. Dejo a la gente entrar y me gustaría tener otro tipo de defensas, helarme el alma y no encendermela por cada mirada, por cada sonrisa, por cada cariño, pero una y otra vez rompo mi indeferencia y los ojos me brillan. Vivo en la pasión incluso cuando la pasión está al borde del precipicio y es sinónimo de caída inminente.
Voy a encerrarme en las cuatro paredes de esta habitación y a escribir. Escribirme la sangre en las líneas y a leer a los que, siglos antes que yo, ya padecían mis mismos males. El folio en blanco me da pavor, pero es un miedo más asumible que el de sentirme un astronauta ajeno, flotando en el espacio, en medio de una calle abarrotada. 
No sé leer a la gente. Ojalá supiera, pero no sé. Y a su manera, todos ellos son también una hoja en blanco. Hojas en blanco en las que no puedo escribir porque hace tiempo que nadie nuevo me deja dedicarle unas cuantas letras.
Mi coraza, mi coraza inexistente, es vaho, es aire, es penetrable por sentimientos y espadas. No sirve de nada. No soy una persona dura, no soy una persona fría, no soy una persona racional. Esa es la maldición con la que nací, y esa es la maldición con la que voy a morirme.
Vuelvo a rendirme una vez más (Ojalá pudiese ser de otra forma).

12 dic. 2018

Las hojas revolotean


En la plaza, el viento mueve las hojas. 
Pam se lleva el cigarrillo a la boca y entrecierra los ojos cuando los CDs colgados del balcón de la vecina le hacen rebotar la luz en los ojos. Hay una calma en el espacio que acompaña los gritos de los niños. Los viejos juegan a la petanca, Matilda reparte pan a las palomas y ella, sentada en el banco, se deja calentar los muslos por el sol. 
No tiene prisas, ni ambiciones.
Piensa en la noche pasada, la noche en la que por fin había podido dar todas las caricias que guardaba. Lo necesitaba. Necesitaba ese calor de entre las sábanas, necesitaba ese beso, necesitaba que la miraran con los ojos con los que te mira alguien que te escucha y empatiza.
Aún así, Pam no se ilusiona. Sabe que no siempre todo es la calma de esta plaza, y tiene heridas de antiguas caídas. El amor nunca ha sido tan bueno con ella como se merecía, y se extraña de que ahora haya el cariño vuelva a abrazarle la piel.
Pero aún así, que bien supieron los dedos de esas manos, que bien supo ese orgasmo, que bien sabrá volver a quedar y, aún si las cosas no siguen,
que bien sabrá el recuerdo.

25 nov. 2018

No quiero una sola noche de sexo

Ahogada, sola, siempre sola rodeada de gente, la mujer sigue buscando.
Esta vez no tiene miedo del amor, tiene miedo de que el muro se tropiece siempre con ella, como si su masa sólida se moviese, como una pluma, para impedirle llegar al otro lado. 
Se encuentra con la figura de un hombre, lo imagina rodeandole el cuerpo, luego el hombre se va y todas sus ilusiones se desvanecen. En medio de la soledad, la mujer se pregunta si es que no merece, si es que hizo algo mal y por eso los ojos la esquivan y las manos la evaden. 
Si es por eso que no puede estar horas tirada en una cama al amparo de una barba, o de un pecho que respire como el de ella. Si es que está condenada a los huecos vacíos de las sábanas, que son siempre los mismos y ya se conoce de memoria.

19 jun. 2018

Ser mujer

La mujer se siente sola, no sabe muy bien quién es. No está mal en el vacío oscuro del propio sexo, del no-roce, pero a veces echa de menos el volver a ser lujo y grito y escándalo. 
Se camufla entre las cuatro paredes y allí, la mujer sueña. Lee libros, son como el orgasmo, la saciedad, el gemido que no encuentra en el resto de las cosas. También ve películas y escucha música. El mundo parado de estas cosas la hace feliz.
No debe pelear con nadie. 
Es libre.
Pero esta sola.
La mujer se cultiva a sí misma como a una planta y se riega todo los días, pero a veces se le pudren las hojas. Lucha contra el aire que le aplasta la cabeza y la gravedad que la tira abajo más allá del suelo, por su individualidad, y entre las ventanas se le cuela a veces un deseo de roce de piel, de saliva, de un beso. Quiere volver a ser sexo, quiere volver a ser sangre y quiere volver a ser púrpura, pero todo lo que encuentra se le pierde debajo de la cama cuando juega a imaginar cosas que vuelven cálidas las sábanas. Nada más.
La mujer está sola y echa de menos los cuerpos. Piensa si es valiente por seguir a la deriva y pese a todo remar o si solo es una lucha de egos. Fuera de todo el espacio onírico sabe que solo la esperan desgracias. El amor lo imagina continuamente, como a un dios, luego recuerda el pasado y se le acaban las ganas.
Le duele el pecho y se hace daño. 
La mujer se corta el pelo, se lo deja largo, se lo arranca del bozo y de las piernas y del entrecejo pero ¿para qué? ¿Hacer todo eso le hace más mujer? ¿Acaso no le sangra ya la entrepierna de todas formas? 
La mujer se pregunta continuamente por qué es mujer.
Para qué, para quién.
Luego escribe este relato para tragarse las lágrimas.

16 abr. 2018

Parvulario V

Han pasado dos meses, y vuelvo a cambiar la forma. Muto como un animal, eso soy, un regurgitar continuo de ideales. Abandonada, vuelta a encontrar, me he recluido a este espacio cerrado, acompañada solo de tres almas. A veces cuatro. Muchas cinco.
Nada más.
Escribo y dibujo, sueño, invento mundos y personas que no existen de verdad, y a veces me duele el pecho de pensar que solo vivirán dentro de mi alma y en la de otros pocos. 
Es mi universo igual que yo, y yo estoy viva y respiro y sé que tengo sentido. Pero al final, vivo también solo en la mente de unos cuantos. En la de los demás, para el resto de la humanidad, estoy muerta. 
Somos mis personajes, mis paisajes y yo la misma cosa, y todos moriremos a la vez. Pero para eso queda mucho todavía. 

27 feb. 2018

Basura

Me rindo.
Aunque sea un rendirse de arrepentirse después, de olvidar a los dos días, ahora mismo
me rindo.
Con los zapatos puestos, el abrigo sin quitar, el dolor en la espalda, me rindo.
Ya no quiero buscar más. Solo me sale a tientas, un intento de lo que ellos ya tienen. Yo soy la única perdedora en esta historia. Yo soy la única que sigo aquí, oyendo las mil voces del interior, queriendo arrancarse la piel de tanto asco, de tanta mugre que se me acumula debajo del estómago.
Me rindo.
A lo mejor mañana vuelvo a empezar, el contador de cero, como hago siempre, como haré hasta que me muera, que remedio sino, pegarse un tiro en la sien o meter la cabeza bajo el agua.
Pero hoy no. Hoy me voy a la cama habiéndome rendido. 

Espero encontrar en mi rendición, en mi soledad no elegida,
un poco de calma a toda esta barbarie. 

21 feb. 2018

Ustedes, a qué juegan.


En lo alto de la montaña, los hombres arrugados con barbas blancas, las mulas detrás, atadas por los cuernos, cargadas. Los niños corren descalzos, las camisas a rayas quizás antes fueran blancas, se levanta el polvo detrás de los animales y de los camiones.
Nunca he estado en lo alto de la montaña, pero sé que allí hay una mezcla de grandes cosas. De pobreza y de pureza, del poso de la sociedad que, sediento de agua, abre la boca y gruñe. Si el aire no estuviese pastoso y tuviese la boca reseca, preguntaría:
Ustedes, a qué juegan.

A qué juegan, qué me están matando, que me estoy muriendo,
qué aquí dentro en la penumbra, muerto de hambre,
no soy capaz de ver a Dios ni a sus estrellas.

23 dic. 2017

Parvulario IV

El niño balbucea, se bambolea como una bola dentro de la bolsa y ella quisiera que no estuviese allí, que estuviese en casa abrigado junto a la lumbre y un par de mantas de la abuela por encima, pero no es así. El niño no sabe hablar pero sus ojos han visto muchas cosas, y entre las babas se le escapa lo que sabe; la gaviota encima del cielo, el agua que le moja a veces los pies, la sal que se mete por sus orificios nasales. 
El niño es negro y tiene la piel rasgada y rota como un viejo. En algún momento, ella espera que pueda hablar, que articule las sílabas, bla blu bla, y se ría de los chistes que ella cuenta, y le mame del pecho con su carencia de dientes, de la encía blanda y casi blanca por la falta de nutrientes, pero también sabe que es casi imposible, porque sus pechos están agrietados y tienen costras y la leche no le sale porque tampoco le viene la regla, y se le clavan los huesos de las caderas en el asiento de madera y se le mojan los pies y el culo y el paño rojo que la cubre se le pega a la piel como si fuese una gasa de seda. 
El niño balbucea, ella le toca la mejilla, lo calienta con la palma de la mano, lo pone junto a su pecho, y llora. Un poco solo, que no se den cuenta los demás. Porque en medio del océano, de la tranquilidad y la calma oscura y cruel del océano, su llanto se expandiría como una voz rota en medio del silencio.

21 oct. 2017

Declaración de intenciones

Mi declaración de intenciones ¿a quién le importa?
Uno debe escribir su discurso para agradar a los demás, y así, como el discurso, la vida. Mostrar la mejor obra, las mejores intenciones, el alegato bien formado de un pensador perfecto. Pero esa no es mi verdadera declaración. Ese no es mi grito, ni mi altavoz. Porque yo no soy una cara pegada a una sonrisa ni soy un constructo elegido por Dios. Soy una inexactitud, un fantasma, una mente perdida en medio del mundo.
Mi declaración de intenciones es una bandera en blanco.
Es el desgarro de la piel y la saliva acumulada entre los dientes cuando uno quiere gritar y no puede, y es la noche solitaria y los golpes con los nudillos a la pared, y la sangre y las tensiones y los músculos agarrotados y la inexperiencia y el dolor de la soledad, de la siempre y eterna soledad, en medio de un bullicio de gente que ni sabe de ti ni quiere.
Mi bandera en blanco son todas las banderas de la gente que no tiene. De la ausencia de patria, del caminar sonámbulo. De la constante búsqueda del lugar adecuado, y del tropiezo una y otra vez, una y otra vez, hasta que andar se antoja tan difícil como pasar, mil y una fronteras de alambradas.
Mi declaración de intenciones es un ideal, que entra en el cerebro más rápido aún que una bala, y que te impulsa, con la mirada fija hacia delante, a coger tus dos ovarios y decir: yo puedo, yo puedo, yo puedo.
Yo puedo contra todo. Puedo como todas las mujeres que antes que yo, se partieron la cara y se enjugaron las lágrimas, y a las que les debo mi corte de pelo, mi sitio en esta universidad, mi derecho a leeros hoy, sin que nadie me censure, este relato.
Ellas son mi bandera. Ellas, y los huesos de las cunetas, y los megáfonos en medio de la manifestación, y la lancha cruzando entre mi tierra y la de más allá, que está solo a unos cuantos kilómetros pero parece de otro planeta. Mi bandera es el que vende pañuelos en la esquina de Feria y que todos los días, al pasar yo en bicicleta, me pregunta si estoy bien. Mi bandera es mi madre, y mi padre, luchando todos los días por mí y por mi hermana. Los que me atienden en la barra del bar, y el que, colgado del andamio, suda. El profesor que se deja la voz en la educación futura, la limpiadora que se destroza la espalda para que sus hijos tengan un plato que comer. Mi bandera es, la costurera que cose los pantalones que todos llevamos en esta sala, en Bangladesh, y que al final del día se duerme con cuatro compañeras más en un cuchitril en el que respirar da agobio, para que un par de malnacidos puedan pasearse en yate en las mismas costas donde otros mueren en pateras. Esa, es mi bandera, esa y la de la lesbiana que teme darle la mano a la persona que ama en medio de la calle, y el transexual que, mirándose delante del espejo, llora.
Porque todo esto, al final, no es más que un tiento a ciegas en medio de la habitación, de dar con el interruptor perdido de la luz, de arañar las paredes y desollarse los dedos y no encontrar ni un atisbo del encendido.
Pero es real. Este es mi discurso, esta soy yo, transparente, translúcida, y maldita sea si no es esto lo que tendría que decir, pero no sé hacerlo de otra forma.
Aunque al final, al final de todo, a punto de acabar este texto, me sigo preguntando
Mi declaración de intenciones ¿a quién le importa?

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