Rasgar de do menor.

Escúchalo en audiorelato.

Somos exploradores herejes. 
Ya nadie nos cree.
Y entre los arrabales, donde no existe el llanto absurdo, donde no hay mota de polvo sin camino, cargamos una guitarra a la espalda, como si fuera un saco, y dentro guardamos trozos de papel mojados, que estropean la madera, que distorsionan el sonido. 
En medio de todas las chabolas, las sombras se esconden a nuestro paso, y miran a través de las ventanas ¿Seremos o no parte de ellos? Esnifan entre persianas, entre las luces que se cuelan por las persianas, trozos de tiza con la que, en otros lugares, lejos de aquí y de ahora, enseñan. 
Ay, niña. Entre los arrabales no hay sitio para la música preconcebida y formal, no hay sitio para la quietud. Siempre se esconde en el paraje la agonía de una piel oscura, de un rostro deformado, la calamidad de todas las cosas silenciosas que deberían decirse. 
Caminamos en sandalias, o en pies delcazos, cuando el calor, y vemos tantas cosas... por eso somos exploradores, y por eso somos herejes. Porque lo que hemos contemplado en nuestro camino, está tan lejos de lo que contemplan los otros, que la realidad termina convirtiéndose en un cuento de hadas, en una historia de locos.

Error 432.

Inserte aquí la enumeración de mil sensaciones que al cabo de un rato llegan a los pies y rebotan hacia el cerebro.
Y del cerebro, al corazón.
(Huele a libro esa insercción).

La bicicleta.

Música.
Soy yo, charlando contigo en una habitación. Después, te observo marchar en la bicicleta, con las luces puestas, el rojo marcándose al fondo del camino, todo lo demás en oscuro, amarillo sucio. No escucho nada, solo el color. Y tú te alejas por la acera, con el cuerpo levantado sobre la bici, para coger velocidad. Pasas a través de la parada del autobús, y en un instante de segundo, te distorsionas detrás de los cristales, las letras y los reflejos. Reapareces. Me pongo de puntillas, te distingo entre la gente, las señales que en la orilla del cemento te cubren, convierten tu viaje en bicicleta en una historia de viñetas. Y camino con la espalda hacia atrás, la cabeza vuelta, ya en la otra acera, después de haber cruzado el paso de peatones. Blanco negro y blanco. Los coches parados delante de mí son espectadores de nuestra escena. 
Te digo adiós con la mano. Pero tu no me ves, pedaleas sin mirar atrás porque si giras la cabeza, perderás el equilibrio. Eres cada vez más pequeño, una mota de negro en el fondo del paisaje, y te me entrecortas por los coches, por el semáforo, hasta que se pierde la luz roja y eres solo un color de recuerdos, más en el pecho que en la vista. A veces, cuando te vas con la bici, me cuesta trabajo dejar de mirar el último punto donde te vi, y me quedo unos segundos quieta, guardando ese instante, como si aún siguieras ahí, la luz roja en medio del horizonte. Hasta que me doy cuenta de que ya no estás y al dar la vuelta me reflejo en los cristales del edificio que hay al lado del paso de peatones. Y los reflejos son la imagen, de los dos en la habitación, y es un recuerdo silencioso y sencillo como tú. 
Porque no hay nada más perdurable en mi mundo que esa forma en la que se bambolea la bicicleta cuando te vas, y la luz roja titilando. Titila diciendome adiós, como una parte fragmentaria de ti, que se despide casi sin quererlo.
Adiós.
Adiós.
Adiós.

O mejor aún, hasta la próxima.

El placer de no llevar sujetador.

Este blog me hace darme cuenta de como pasan los años, de como paso yo. Siempre hay, al fondo, la esencia de mi misma, pero es una esencia que varía igual que lo hace mi cerebro, mi pelo o mi piel. 
Me doy cuenta, ahora (y espero seguir dándome cuenta de cosas como estas en el futuro) de todo lo que nos viene asumido. El hacer porque hay que hacer. Cosas que no varían como hace el resto del mundo. Así que he olido, al fondo del estanque, lo estático. Y me ha olido un poco mal. 
En este caso, lo que me ha cruzado por la vida ha sido el sujetador. Sonará a novela de ficción el decir "el sujetador me ha cambiado la vida". Pero es verdad. O "darme cuenta de el sujetador" me ha cambiado la vida, lo cual es bastante más acertado. 
Llevo con sujetador desde que tenía, no sé, doce años. Me empezaron a crecer los pechos, y me lo puse. Como uno se coloca la ortodoncia cuando tiene los dientes torcidos o se pone el brazo en cabestrillo cuando se lo rompe. Jamás me cuestioné si debía o no llevarlos. 
Os contaré un secreto. Algo muy tabú, que no se debería decir porque, en general, hablar de tetas en público está feo (de tetas femeninas, perdonenme la errata): tengo los pechos grandes. No es que me guste más o menos, es que es un hecho físico. Y esto, más que aportarme grandes ventajas, me fastidia bastante. Me duele la espalda, camino menos recta de lo que debiera, y sobretodo me puedo olvidar de más del cincuenta por ciento del sector de ropa. Pero vamos, que no me voy a quejar por un par de problemas de primer mundo como los modelitos que no me puedo comprar.
Sin embargo, si que me preocupaba mi salud. Cada vez que me cargaba el sujetador a la espalda, el dolor me atizaba. No soy una persona que tienda a sentir mucho dolor físico, pero la espalda me tenía muerta. No me daba un solo día de respiro. Hasta que me di cuenta de que no era mi talla de pecho. Era el sujetador. 
Pensé:
Tendré que comprarme sujetadores más buenos. Sujetadores caros. Probé de todo. Tirantas cruzadas, tirantas por delante, tirantas por detrás, de quince euros, y de cincuenta. Y nada. Más o menos dolor, días más buenos y más malos, pero siempre ahí. Y mi madre me dijo: "Si te molesta el sujetador, deja de ponertelo". ¿Qué obvio, verdad? Pues yo le contesté: "Si claro, mamá. Antes aguanto el dolor de espalda". Y ahí se quedó la cosa.
Hasta que algo me hizo click. Ya os digo. El fondo del estanque. Y me planteé ¿Por qué? ¿Por qué narices llevo sujetador? Pensé: porque me da miedo no llevarlo.
¡Miedo! ¡Miedo a no llevar sujetador! Ni que el sujetador fuese un arma nuclear. Me di cuenta de lo absurdo de mi pensamiento. No llevaba sujetador porque fuese más cómodo, o más práctico, o porque me ayudase en mi salud. Llevaba sujetador por esta serie de razones con las que sé la mayoría de mujeres se sentirán identificadas: El sujetador me ponía los pechos derechos, me realzaba la figura en la ropa. Me cubría los pezones. Impedía que las tetas me bailaran libres debajo de la ropa. Impedía las miradas. Y los juicios. 
Llevaba sujetador para el resto del mundo, y no para mí. Si sois hombres, a lo mejor no entendéis bien lo que estoy diciendo. El vacío del que se apodera el cuerpo cuando te planteas dejar de usar sujetador. ¡Madre mía, romper el pedestal inamovible! Pues lo hice.
El primer día, fatal. No fatal físicamente. Físicamente me encontraba como una reina. Fatal por la inseguridad. Fatal porque los pechos se me veían más caídos, fatal porque sentía que estaba desnuda, fatal porque se me marcaban, de vez en cuando, los pezones. Qué terror, que manera de sentirse expuesta. Y el bamboleo del pecho ¿era yo, o todo el mundo miraba como se movían mis tetas por la calle? La gente se está dando cuenta de que no llevo sujetador. Estoy segura.
Aún me estoy acostumbrando, y eso que llevo cosa de un mes. Aún no soy capaz de ir sin sujetador con ropa apretada ¡y qué alguien se apiade de mí en verano, con las blusas transparentosas y las camisetas finas! Pero lo voy a hacer. Lo voy a hacer porque llevo yendo al fisioterapeuta tres semanas, sin llevar sujetador, y ayer me lo coloqué otra vez, y me ha vuelto el dolor de espalda y los músculos pillados, y no estoy dispuesta. 
En este mes de experimentación, llevo muchas anécdotas. Amigas, compañeras, gente muy inteligente, independiente, moderna y reivindicativa que no tiene narices a dejarlo de lado. Los comentarios siempre son los mismos "es que me da vergüenza" "es que me da cosa" "yo a lo mejor lo intento, pero más adelante" o esa reinterpretación de la contestación a mi madre "pues pese a todo, yo lo voy a seguir llevando". Nunca he oído a nadie decir: "a mi me gusta llevar sujetador porque me favorece física y psicologicamente". Y tiene sentido. Porque no lo hace. 
Es curioso como estamos en un mundo que dice condenar tanto el machismo, donde escuchar "yo hago lo que dice mi novio" pone los pelos de punta, y los medios ¡el grito en el cielo! Pero después es perfectamente aceptable ser sumisa al consumo y a imposiciones de hombres como es el llevar sujetador, y nadie se escandaliza. Te das cuenta de lo lejos que estamos de estar en una sociedad igualitaria. La de verdad, no la que dicen que ya tenemos tantos inconscientes...
Cuando una se libra de las cadenas que le impone la sociedad, y remueve el estanque, el reflejo que se vuelve a formar es más nítido y está libre de mierda. Así, el no llevar sujetador me ha cambiado a mi misma, la esencia. Me ha ayudado también a quitarme del maquillaje, de la tintura del pelo, y de las falsas maneras. Porque de falsas amistades, nunca he sido.
Ah, sí. Se me olvidaba. Respecto al bamboleo de pechos... que todos los problemas del mundo sean ese tipo de bailes.

Parvulario III.

Uno va creando cosas que, con el tiempo, solo quedan en el recuerdo. Y se regresa a ellas sin consciencia del acto hasta que se tiene el cuello girado.
Las cosas que ya han pasado tienen un recuerdo dulce, o un recuerdo amargo, pero siempre adquieren ese sabor a viejo que nos hacen evocarlas con añoranza. Pienso en todos los libros que me he leído, en todas las canciones que he escuchado, en cada una de las letras que he plasmado en una página en blanco, en el trazo de una mirada. Todas son yo. Están ahí, para siempre. 
Y no me importa que nadie las recuerde, porque tengo al viento.
El viento que se lo lleva todo, que lo arrastra, que lo convierte en algo que no podemos ver cuando ya lo damos por desaparecido (por vencido). El mismo viento que te hace girar el cuello.
Lo bonito de ese tipo de esperanza es que, como el viento y como el tiempo, están siempre 
en todos lado.

Parvulario II.

Escuchó DAdá ▬ismo entre los teclado▬s.
entre las planchas
y entre los ojos
las cuencas)
y los pozos
de los que deletrean
dadá no es `[nada]

dadá no es harte/
y a quién le importa
no consiste en rACIONALIZACIÓn
en faros☼
y en espejos/soɾǝdsǝ
ni en darle vueltas al oɹqәɹәɔ

consiste en  e s p e c t r o s
que nadie conoce
✄ salvo tú
y en d.e.l.e.t.r.e.a.r, en sacar
a la luz
una serie de sombras
de irregularidades
de funcionamietos del cerebro que la ciencia
(no entiende)

consiste solo en ser dadá
balbucear sin sentido
sin                                      consent
imiento

sin pensar en si es ar╦e o no
porque va a ser arte de todas
formas». 

Parvulario I.

Me teneis harta
con vuestras inseguridades
y vuestras predisposiciones
y las etiquetas
que colocais
dentro de cerebros
que ni son vuestros
ni quieren.

Muerto como el arte.

No existe la forma de recuperar lo muerto.
El destrozo es más fácil y más rápido que la construcción. Uno nace en nueve meses y muere en un segundo. Pero ¿no es acaso el destrozo otra forma de creación? Y es la muerte el inicio de un nuevo principio de vida, donde se queda uno en el recuerdo, en los lienzos y en las páginas. 
La muerte nunca deja su trabajo a medias, nunca se salva uno de ella. Muere la imagen, muere la reputación, muere el dinero, muere el sentimiento, muere hasta el recuerdo. 
Así que no. No existe la forma de recuperar lo muerto.
A quién le importa.

[A quién le importa si el deceso es arte, y el arte es eterno porque ya está muerto.

Errata.

*¿Te acuerdas del relato anterior?
Creo que soy yo la que me caigo
y tú el que me agarras.

Voy a dejar de hablar en medio del túnel.

Estoy en la cuerda floja, pero no voy a sufrir más por ti. No quiero mirar más veces abajo y ver el vacío, y sentir que voy a caer porque voy tirando de ti.
Si no fuera por ti.
Si no fuera por ti estaría pisando tierra firme.
y si no fuera por mí,
si no fuera por mi estarías en lo hondo del precipio.
Así que estoy en la cuerda floja, pero ya no más. Esta es tu última oportunidad, la oportunidad de darme la mano en vez de arrastrarme por ella. La oportunidad de que me dejes llevarte a tierra firme de una vez. Porque si no me ayudas, no seré yo la que caiga contigo.
O te estabilizas ahora,
o es adiós.

PD: Y que rabia de adiós.

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