2 sept. 2017

Al son de la cumbia

El espacio estaba lleno de carcajadas. Diego bailaba cada vez más rápido, a su alrededor las palmas se seguían las unas a las otras, coreaban sus pasos y los de otros tantos más. Un corro en el centro tocaba diversos instrumentos, y el notaba el pañuelo rebotándole en la barbilla, el suelo desapareciendo de sus pies. Se cruzaba los ojos con Pam, ella los tenía chiquitos por la risa, arrugados en los bordes, y se cogían del brazo, una y otra vez, separándose de nuevo. Con las miradas cruzadas, cantaban solo el estribillo, y se sentían amparados por el resto de la sala, y reían sin razón cuando este llegaba, y todo el mundo lo cantaba a la vez, y reían con ellos. Eran un solo pueblo alrededor de una sola canción.
El corazón a Diego le latía muy rápido, sentía la sangre caliente latirle por las venas, la felicidad en la garganta, gritaba, rodaba, se tocaba con Pam, enredaba los pelos en su dedo de manera efímera, luego sus cuerpos se separaban de nuevo y el contacto con ella desaparecía. La falda de ella se movía al ritmo de la música también, le sudaba la frente y tenía las mejillas coloradas, el pecho le subía rápido porque no era capaz de respirar con normalidad. 
La cumbia les hacía olvidar, todo lo que horas antes persistía en sus mentes y ahora era lejano como un sueño. 

25 ago. 2017

El reflejo del espejo de José

Desde la decisión, José había sido feliz. Ahora se habían ido la presión en el pecho, la insuficiencia. Ahora se miraba al espejo y estaba él. 
Él con su pelo rizado y moreno, él con sus ojeras, con sus pecas, con sus granos en la frente, con su nariz casi perfecta, con su diente torcido, con el piercing de la oreja, con los labios secos, con la barba con canas -pese a que no llegaba a los veinticinco-, con su chicha de más, con sus pestañas largas, con todo el exceso de pelos de sus cejas. Con los pantalones rotos, con cinco arañazos en el brazo, con los codos secos, con la piel tostada, con la cicatriz al lado del pecho izquierdo, con sus dedos elegantes, con sus uñas bien recortadas, con el bigote despeinado, con el dolor en la pierna, con la camisa roja de su padre -que le quedaba grande, porque su padre pesaba veinte kilos más que él-, con la sonrisa. Con las mejillas y la nariz siempre coloradas, con las orejas frías, con el moratón en el ojo derecho.
Estaba él. Solo. 
La decisión le había llevado a:
los cinco arañazos
el dolor en la pierna
el ojo morado.
Pero no importaba. No importaba porque los cinco arañazos, y el dolor, y el morado, se irían. Para siempre. Y después de eso quedaría todo lo demás. De todo lo demás había cosas buenas, y cosas malas. Pero el espejo no le fallaba. Porque todo lo demás era suyo, era de su camino, era de él. No pertenecía a ningún hombre más.
Y las cosas malas de uno, los codos secos, el mal humor, la terquedad, la falta de memoria, son mejorables con un poco de crema hidratante y paciencia. Uno se aplica sus remedios sobre si mismo, uno habla con sus propios monstruos, uno se sonríe delante del espejo. No es fácil, pero ahí está.
Por eso José era feliz desde la decisión. Por eso José seguirá siendo feliz, solo, rodeado de todas sus cosas, que no tiene que justificar ni luchar ni cambiar por ningún hombre más que no sea él.
En el cuarto de baño, José y el reflejo de José en el espejo se sonríen. Tienen suerte de volver a ser una misma cosa.

Reinicio.

A la una y dos de la madrugada/del día veinticinco de agosto/de dosmildiecisiete/reinicio
mis penas/mis alegrías/mis pasiones y mis esperanzas.
Reinicio mi placer, para mi sola, para nadie, o para todos,
y me propongo no abandonarme nunca más, aunque me cueste
pues escribir/es la única forma/de que la voz/siga resonando/en medio del túnel.
Y no se pierda.

25 abr. 2017

Extranjero.

Camino, en la hoja en blanco, a la espera de poder definir la soledad, el hastío de aquellos días, que ahora contemplo en la lejanía como un recuerdo astillado. 
El acostarse muy temprano o muy tarde, el levantarse con pesadumbre, otro día más. A través de la ventana se cuela un rayo de luz, una vez cada veinte días, que rebota en la cama, en el que meto los dedos y del que me alimento. El único alimento posible del espacio. Fuera, el resto del tiempo, todo es gris y tan pesado que me duele la cabeza, la garganta, y las entrañas. Hace frío y salir es encarcelarme en los espacios abiertos, desconocidos, ásperos y enladrillados que aunque sepa recorrer nunca serán míos. Me da miedo el exterior, tan desastroso, tan bajo, tan falto de gente y de historias. Recorro las calles, movida por el impulso humano, a veces, al mirar todo el verde, los cisnes en el río, me permito ser feliz, en la inmensa soledad que hay entre ellos y yo. 
Un día, asfixiada en la opresión de la casa, en los diez metros cúbicos en los que he vivido, encerrada, todo el tiempo, salgo de noche, bajo las escaleras del río, pero está oscuro y no me muevo de allí, de la barandilla. Debajo de mis dedos, colgantes del metal, algunos patos se acercan a verme. Una pareja baja tras de mí, se internan en la oscuridad, juntos. Los patos me miran un rato. No me miran, no están junto a mí para ampararme, solo quieren comida. Pero lo cierto es que me amparan. 
Bajo, a la rutina, todos los días. Me acuesto tarde y me levanto tarde, lo más tarde que me deja el cuerpo. Hay un día en el que salir de la cama se me hace algo mortal. Me encuentro tan fuera de lugar. Salgo de mi habitación. Pero la casa, fuera de mi habitación, tampoco es mía. No es mi hogar. Solamente siento añoranza por la cama, por los colores, por el árbol que se ve a través de la ventana. Regreso a la cama, me fundo entre las sábanas, como si fuera la matriz de mi madre, me zambullo dentro del espacio, sintiéndome terriblemente sola, faltándome el alma, del sol, de una voz conocida, de mi madre abrazándome, haciendo una matriz de verdad con sus besos. Y no esto.
Intento disfrutar de los espacios, del ocio, pero todo es escaso y todo está frío. Y me llena, pero como lo hace un líquido viscoso, negro y desagradable, que esta apunto de hundirte en él para siempre. Camino, camino todos los días, para una cosa u para otra, con el líquido viscoso alrededor, y miro al cielo, espero al sol para que me lo derrita, pero el sol, que ha decidido no aparecer, ha dejado solos a todos los habitantes de este mundo. Y no les da luz, y son tenebrosos, todos pálidos, blanquecinos, parecen sacados de un cómic en blanco y negro sobre la segunda guerra mundial, de esos de trazos gruesos y precisión despreocupada. Fuman, duermen en la calle, hablan unos con otros, pero no parecen almas humanas. Ahora los recuerdo, recuerdo esas calles, esas personas, ese tiempo, y no soy, por mucho que me esfuerzo, de recordar nada en color.
He vivido con el corazón adormecido, todo este otoño, y parte de este invierno. Encerrada en diez metros cuadrados, con una ducha y un baño que no eran un hogar, y con una cocina que me asqueaba cada vez que entraba, con personas que me interrumpían cortando berenjenas, tomates, zanahorias. Personas que no me importaban ni entonces ni ahora y con las que tenía que mantener conversación. Ser tratado siempre como un extranjero.
Extranjero sempiterno, aunque al final, 
solo fueran,
cuatro meses.
Eso fue lo más horrible de todo.

6 ene. 2017

La soledad de Hokusai.

Hokusai era una joven japonesa con nombre de hombre. Con el nombre del pintor que muchos años atrás había pintado las olas, y los cielos, y los barcos en frente de todo ello.
Pero ella no se sentía el pintor. Ella se sentía las olas, y el mar, y el barco. Se sentía las olas porque se atizaba contra sí misma, se hundía, se vomitaba la sal, los peces, las lágrimas. Y era también el barco porque era su madera la que se rompía, su interior el que sangraba, el que iba a parar al fondo del mar. Y era ese mar porque era el que lo acogía todo, el que se solapaba a sí mismo, el que se redescubría en las algas, en la oscuridad del fondo del abismo, donde no había nada más que silencio.
Hokusai estaba sola en el mundo, pero tenía una casa grande, y un kimono de flores, y un obi rojo que se ataba a la cintura cuando sentía que tenía demasiado aire en los pulmones, y se le acababan las ganas de respirar con pausa. Y tenía un padre y una madre que todos los días la despertaban de su cama, y le besaban la frente, y ponían comida en su plato con el sudor de su frente. Tenía una hermana, viva y avispada, que bajaba todos los días el río con un grillo como Mulán, escondido en la manga, y al que le cantaba canciones que luego con ella compartía, como un trozo de cielo que se desprendía de su voz. Por tener, Hokusai tenía hasta un apuesto pretendiente, un novio con el que salía todos los días por los cerezos, por los puentes, con el que cruzaba los riachuelos hablando de temas interesantes, que le hacían olvidarse de todo lo que le había preocupado siempre.
Pero pese a todo, Hokusai seguía sola. 
Seguía sola porque nadie entendía que ella era las olas, y el mar, el barco. Porque todo el mundo creía que era solo un nombre, una cara, una sonrisa, unas ganas de más. Porque todo el mundo menospreciaba cada uno de sus sentimientos, como si fuesen roca, como si fuesen comprensibles dentro de razonamientos ajenos, como si fuesen siquiera razonables, palpables, moldeables de alguna forma.
Hokusai era como el arte, el arte de los cuadros de Katsushika que con su mismo nombre, dos siglos antes que ella, pintaba todo lo que ella era ahora.
Era como el arte. Incompresible, criticable, y eternamente solo, perenne en una hoja de papel. 

11 oct. 2016

La combustión del pájaro solar con el pájaro lunar.

Música: Birds of Flims -Sun Kil Moon.

Pájaro ingrávido, pedazo de sol, déjame salir, que quiero ver la luna.Que quiero verla en medio de la noche, en lo alto, y que me de un trozo de ella, de esos que se le caen cuando muda la piel y aparece mediana y desnuda.
Ay, pájaro solar, que si te acercas más me van a arder las plumas de mis alas, que no estoy hecha más que de retazos de noches de luna nueva. Ay, pájaro, no. Que me hago cachos, que me deshago si no puedo ver a mi bella luna, si aparece el sol y no estoy dormida. Si te acercas más, y tocan mi piel tus rayos amarillos, se me librarán las ataduras que mantienen mi estructura, y me desvaneceré, y seré viento, pero nunca más carne y roca.
Si te acercas más, guardián solar, tus plumas arderán con las mías, y la combustión será enorme y olerá a ceniza. Y ya no podremos volar, porque no seremos materia, porque volar para siempre significa, al final, olvidar el placer de batir las alas después de caminar por la tierra. Volar eternamente significa dejar de volar. 
Pero es tarde para mí. Tu abrazo es tan calido que me abrasa las entrañas, y me siento arder. Toda yo. Mis alas que jamás he batido antes de hoy, que son parte ya de un pasado en el que no me reconozco, en el que nunca supe arrancar el vuelo, desaparecen. Y, en secreto, me doy cuenta de las noches en las que olvidaba mirar a la luna para mirarte a ti, del deseo al fondo del estómago por tocarte la piel y salir al sol sin tener miedo a arder como una hoguera. 
Ahora, somos hoguera los dos, y cierro los ojos y decido no tener miedo nunca más, porque no debo temer al sol, porque la luna no teme al sol, y yo soy parte de ella. O ya no lo soy nunca más, porque se me caen los trozos por la arena. Pero no me suelto a recogerlos. La calidad de tu abrazo me rehace. Me rehace de nueva materia, de fuego y de asteroides, del frío de los trozos de luna que he conseguido agarrar, de la noche que iluminas con el eclipse de tus brazos rodeándome la espalda.
Eres el guardian del sol, y te separas de mi, y de repente me invade un frío que estaba allí desde el principio, pero que yo no notaba porque no sabía lo que era el calor. Y ya no tengo alas, y tu no tienes alas, porque se han quemado en la combustión. Y los trozos que me quedan en la piel, las bases de mi nueva persona, se han soldado unos con otros y parecen inamovibles. Y a ti te cruza la cara, un rayo de astro lunar, que se te ha quedado pegado por mis lágrimas. 
No somos los mismos, tú y yo, y no tenemos alas, tú y yo, y ya no perteneceremos nunca más ni al sol ni a la luna porque nos hemos vuelto impuros. Pero a quién le importa si tu me acabas de prometer que juntos nos vamos a volver dejar crecer las alas de nuevo. 
Unas alas más largas, en las que se mezclan la oscuridad de las estrellas y la luz de una puesta de sol.

2 jun. 2016

Rasgar de do menor.

Escúchalo en audiorelato.

Somos exploradores herejes. 
Ya nadie nos cree.
Y entre los arrabales, donde no existe el llanto absurdo, donde no hay mota de polvo sin camino, cargamos una guitarra a la espalda, como si fuera un saco, y dentro guardamos trozos de papel mojados, que estropean la madera, que distorsionan el sonido. 
En medio de todas las chabolas, las sombras se esconden a nuestro paso, y miran a través de las ventanas ¿Seremos o no parte de ellos? Esnifan entre persianas, entre las luces que se cuelan por las persianas, trozos de tiza con la que, en otros lugares, lejos de aquí y de ahora, enseñan. 
Ay, niña. Entre los arrabales no hay sitio para la música preconcebida y formal, no hay sitio para la quietud. Siempre se esconde en el paraje la agonía de una piel oscura, de un rostro deformado, la calamidad de todas las cosas silenciosas que deberían decirse. 
Caminamos en sandalias, o en pies delcazos, cuando el calor, y vemos tantas cosas... por eso somos exploradores, y por eso somos herejes. Porque lo que hemos contemplado en nuestro camino, está tan lejos de lo que contemplan los otros, que la realidad termina convirtiéndose en un cuento de hadas, en una historia de locos.

21 may. 2016

Error 432.

Inserte aquí la enumeración de mil sensaciones que al cabo de un rato llegan a los pies y rebotan hacia el cerebro.
Y del cerebro, al corazón.
(Huele a libro esa insercción).

6 may. 2016

La bicicleta.

Música.
Soy yo, charlando contigo en una habitación. Después, te observo marchar en la bicicleta, con las luces puestas, el rojo marcándose al fondo del camino, todo lo demás en oscuro, amarillo sucio. No escucho nada, solo el color. Y tú te alejas por la acera, con el cuerpo levantado sobre la bici, para coger velocidad. Pasas a través de la parada del autobús, y en un instante de segundo, te distorsionas detrás de los cristales, las letras y los reflejos. Reapareces. Me pongo de puntillas, te distingo entre la gente, las señales que en la orilla del cemento te cubren, convierten tu viaje en bicicleta en una historia de viñetas. Y camino con la espalda hacia atrás, la cabeza vuelta, ya en la otra acera, después de haber cruzado el paso de peatones. Blanco negro y blanco. Los coches parados delante de mí son espectadores de nuestra escena. 
Te digo adiós con la mano. Pero tu no me ves, pedaleas sin mirar atrás porque si giras la cabeza, perderás el equilibrio. Eres cada vez más pequeño, una mota de negro en el fondo del paisaje, y te me entrecortas por los coches, por el semáforo, hasta que se pierde la luz roja y eres solo un color de recuerdos, más en el pecho que en la vista. A veces, cuando te vas con la bici, me cuesta trabajo dejar de mirar el último punto donde te vi, y me quedo unos segundos quieta, guardando ese instante, como si aún siguieras ahí, la luz roja en medio del horizonte. Hasta que me doy cuenta de que ya no estás y al dar la vuelta me reflejo en los cristales del edificio que hay al lado del paso de peatones. Y los reflejos son la imagen, de los dos en la habitación, y es un recuerdo silencioso y sencillo como tú. 
Porque no hay nada más perdurable en mi mundo que esa forma en la que se bambolea la bicicleta cuando te vas, y la luz roja titilando. Titila diciendome adiós, como una parte fragmentaria de ti, que se despide casi sin quererlo.
Adiós.
Adiós.
Adiós.

O mejor aún, hasta la próxima.

30 abr. 2016

El placer de no llevar sujetador.

Este blog me hace darme cuenta de como pasan los años, de como paso yo. Siempre hay, al fondo, la esencia de mi misma, pero es una esencia que varía igual que lo hace mi cerebro, mi pelo o mi piel. 
Me doy cuenta, ahora (y espero seguir dándome cuenta de cosas como estas en el futuro) de todo lo que nos viene asumido. El hacer porque hay que hacer. Cosas que no varían como hace el resto del mundo. Así que he olido, al fondo del estanque, lo estático. Y me ha olido un poco mal. 
En este caso, lo que me ha cruzado por la vida ha sido el sujetador. Sonará a novela de ficción el decir "el sujetador me ha cambiado la vida". Pero es verdad. O "darme cuenta de el sujetador" me ha cambiado la vida, lo cual es bastante más acertado. 
Llevo con sujetador desde que tenía, no sé, doce años. Me empezaron a crecer los pechos, y me lo puse. Como uno se coloca la ortodoncia cuando tiene los dientes torcidos o se pone el brazo en cabestrillo cuando se lo rompe. Jamás me cuestioné si debía o no llevarlos. 
Os contaré un secreto. Algo muy tabú, que no se debería decir porque, en general, hablar de tetas en público está feo (de tetas femeninas, perdonenme la errata): tengo los pechos grandes. No es que me guste más o menos, es que es un hecho físico. Y esto, más que aportarme grandes ventajas, me fastidia bastante. Me duele la espalda, camino menos recta de lo que debiera, y sobretodo me puedo olvidar de más del cincuenta por ciento del sector de ropa. Pero vamos, que no me voy a quejar por un par de problemas de primer mundo como los modelitos que no me puedo comprar.
Sin embargo, si que me preocupaba mi salud. Cada vez que me cargaba el sujetador a la espalda, el dolor me atizaba. No soy una persona que tienda a sentir mucho dolor físico, pero la espalda me tenía muerta. No me daba un solo día de respiro. Hasta que me di cuenta de que no era mi talla de pecho. Era el sujetador. 
Pensé:
Tendré que comprarme sujetadores más buenos. Sujetadores caros. Probé de todo. Tirantas cruzadas, tirantas por delante, tirantas por detrás, de quince euros, y de cincuenta. Y nada. Más o menos dolor, días más buenos y más malos, pero siempre ahí. Y mi madre me dijo: "Si te molesta el sujetador, deja de ponertelo". ¿Qué obvio, verdad? Pues yo le contesté: "Si claro, mamá. Antes aguanto el dolor de espalda". Y ahí se quedó la cosa.
Hasta que algo me hizo click. Ya os digo. El fondo del estanque. Y me planteé ¿Por qué? ¿Por qué narices llevo sujetador? Pensé: porque me da miedo no llevarlo.
¡Miedo! ¡Miedo a no llevar sujetador! Ni que el sujetador fuese un arma nuclear. Me di cuenta de lo absurdo de mi pensamiento. No llevaba sujetador porque fuese más cómodo, o más práctico, o porque me ayudase en mi salud. Llevaba sujetador por esta serie de razones con las que sé la mayoría de mujeres se sentirán identificadas: El sujetador me ponía los pechos derechos, me realzaba la figura en la ropa. Me cubría los pezones. Impedía que las tetas me bailaran libres debajo de la ropa. Impedía las miradas. Y los juicios. 
Llevaba sujetador para el resto del mundo, y no para mí. Si sois hombres, a lo mejor no entendéis bien lo que estoy diciendo. El vacío del que se apodera el cuerpo cuando te planteas dejar de usar sujetador. ¡Madre mía, romper el pedestal inamovible! Pues lo hice.
El primer día, fatal. No fatal físicamente. Físicamente me encontraba como una reina. Fatal por la inseguridad. Fatal porque los pechos se me veían más caídos, fatal porque sentía que estaba desnuda, fatal porque se me marcaban, de vez en cuando, los pezones. Qué terror, que manera de sentirse expuesta. Y el bamboleo del pecho ¿era yo, o todo el mundo miraba como se movían mis tetas por la calle? La gente se está dando cuenta de que no llevo sujetador. Estoy segura.
Aún me estoy acostumbrando, y eso que llevo cosa de un mes. Aún no soy capaz de ir sin sujetador con ropa apretada ¡y qué alguien se apiade de mí en verano, con las blusas transparentosas y las camisetas finas! Pero lo voy a hacer. Lo voy a hacer porque llevo yendo al fisioterapeuta tres semanas, sin llevar sujetador, y ayer me lo coloqué otra vez, y me ha vuelto el dolor de espalda y los músculos pillados, y no estoy dispuesta. 
En este mes de experimentación, llevo muchas anécdotas. Amigas, compañeras, gente muy inteligente, independiente, moderna y reivindicativa que no tiene narices a dejarlo de lado. Los comentarios siempre son los mismos "es que me da vergüenza" "es que me da cosa" "yo a lo mejor lo intento, pero más adelante" o esa reinterpretación de la contestación a mi madre "pues pese a todo, yo lo voy a seguir llevando". Nunca he oído a nadie decir: "a mi me gusta llevar sujetador porque me favorece física y psicologicamente". Y tiene sentido. Porque no lo hace. 
Es curioso como estamos en un mundo que dice condenar tanto el machismo, donde escuchar "yo hago lo que dice mi novio" pone los pelos de punta, y los medios ¡el grito en el cielo! Pero después es perfectamente aceptable ser sumisa al consumo y a imposiciones de hombres como es el llevar sujetador, y nadie se escandaliza. Te das cuenta de lo lejos que estamos de estar en una sociedad igualitaria. La de verdad, no la que dicen que ya tenemos tantos inconscientes...
Cuando una se libra de las cadenas que le impone la sociedad, y remueve el estanque, el reflejo que se vuelve a formar es más nítido y está libre de mierda. Así, el no llevar sujetador me ha cambiado a mi misma, la esencia. Me ha ayudado también a quitarme del maquillaje, de la tintura del pelo, y de las falsas maneras. Porque de falsas amistades, nunca he sido.
Ah, sí. Se me olvidaba. Respecto al bamboleo de pechos... que todos los problemas del mundo sean ese tipo de bailes.

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