Cuento los pasos que doy, y el tiempo se me hace eterno.
Uno, dos, tres, cuatro... mis calcetines de rayas negras aparecen cada tres segundos. Mi pelo rojo caído y yo mirando hacia el suelo, obteniendo solamente la visión de la madera pintada de negro.No me doy cuenta de que salgo del dormitorio, y que la luz se va extinguiendo poco a poco. La puerta entornada no impide que siga dando pasos... de forma que esto no se acabe nunca. Como si fuera un vals desafortunado, los pasos de la vida que andamos casi sin querer, casi sin darnos cuenta. Izquierda, derecha... Esquivo el cojín, los libros abiertos y desparramados, la lluvia de zapatos... y al fin la luna alumbra mi cara.
Las converse de adolescente parecen ya corroídas y viejas. Y aunque ya no estoy en casa, ¡vamos! como si estuviera. Y sigo hacia adelante, caminando a duras penas por la acera, esperando cruzarme con alguien en aquella noche oscura y pesada, pero la luz de la farola es la única que responde a mis quejas.
De repente otros pies, y levanto la cabeza, y te encuentro a ti. Ahora solamente soy capaz de quedarme anonada, cansada, mirando sus ojos somnolientos. Y en ese instante soy capaz de decir "gracias" con un simple gesto.