16 jun 2023

Disociación

 Es como estar detrás de la puerta, y oir los sonidos de los altavoces amortiguados. 

Tal vez no vaya a parar nunca, esa sensación. De huecos sonoros, espacios ficticios, de capas traslúcidas entre el yo y el alrededor. 

Desconexión.

Algo me ocurre y no sé que es. Esos son los peores momentos. Intento enfocar, el origen, pero los pensamientos son movedizos y se desplazan, se escurren entre los dedos, no puedo dirigirlos no sé a donde van, los pierdo en la distancia. Hay algo dentro, lo sé. Algo que es como una luz parpadeante pero no soy capaz de avistarla más que unos segundos, camino pero nunca llego a ella. 

A mi alrededor todo es como un sueño. Imperceptible pero nítido. Quiero racionalizar pero la irrealidad se impone. No puedo decidir, solo dejarme llevar por la corriente, una corriente que no es de agua sino de nada, de silencios que me hacen querer callar. 

Teniéndolo todo pero hueca. Movida siempre por la melancolía, por la negatividad, movida siempre por la sensación de que ya no hay más, que detrás de la puerta que no se abrir solo hay otra montaña de cosas como estas. Más días como este, más sensaciones a intercambiar como cromos, más luchas contra los vacíos que aunque a veces desaparecidos siempre regresan de nuevo.

A este aletargamiento nada le importa. No va de tus amigos, ni de tu familia, ni de tu pareja. No, me he dado cuenta. Tampoco consiste en tu casa, en el dinero, en desarrollar un buen trabajo, ni en ser buena persona. No consiste en el altruismo ni en la belleza. Nada acalla la sensación, la disociación, la extrañez ante el reflejo del espejo. Nada lo ha acallado durante ya mis casi veintisiete años. 

Si yo solo pudiese, si solo pudiese dejar de sentir tanto vacío, tanta desconexión, tanta ansiedad ante el alrededor, el teatro. Si solo pudiesen ser la mayoría de los días una calma finita, una vigilia de cerrar los ojos antes de dormir. Si solo pudiese mirarme a mi misma y no discutir con el espejo. Si solo pudiese... yo...

Ojalá.

2 jun 2023

La importancia de mi soledad

Me han crecido las piernas y los dedos de la mano, me ha cambiado el rostro y las circunstancias, pero nada de eso importa. En el recuerdo, tumbada en la cama, mirándome los pantalones vaqueros, en medio de un espacio indefinido, sin edad, que se aleja de mí en el tiempo, las sensaciones son exactamente las mismas. 

Perdida, sin saber leer mi papel en esta obra de teatro, sin saber donde empieza el párrafo y donde acaba, sin poder fundirme homogéneamente en el conjunto como una gota de agua. Vapuleada, agarrándome al filo de la superficie, con los dedos blancos y resbaladizos, creyendo una y otra vez que voy a caer pero logrando sostenerme a pesar de todo, en una sucesión de días que me atenazan la garganta y me la atoran. 

Mirando hacia atrás, buscando en una infancia llena de tormentosos recuerdos pero pese a todo cálida. Recordando los espacios de un hogar seguro, donde el ruido de fuera desaparecía, donde la crudeza del exterior era solo un mal al cual podía ponerle barreras invisibles. Pero ahora, ahora el miedo se cuela entre las rendijas de mi casa, entre los ladrillos de las paredes, los vidrios de las ventanas, y llega a mi piel y se funde con ella. Ya no puedo esconderme dentro de la cama ni dentro de un libro ni dentro de un abrazo. 

Son en momentos como este, en espacios de silencio y vacío, donde puedo parar de representar el papel de la obra de teatro, es cuando al fin el aire me entra en los pulmones y soy capaz de respirar. Es entonces cuando encuentro la fuerza para darme impulso, salir del agujero y avanzar. 

Esa es 

la importancia

de mi soledad.

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