5 jul. 2020

Un olor

Hay un olor a madera por toda la habitación. Sentada en el taburete, paso los dedos por la mesa y se me quedan en los dedos virutas de una escultura a medio hacer. Siento que nada volverá a oler igual que eso nunca más. Que nada volverá a ser como las tardes entre cojines rosas en el sofá de la abuela, pintando con las primas. La puerta de cristal a través de la cual el seis de enero se entreveían las siluetas de los regalos. 
Nunca pasarán mis dedos igual por la puerta tosca del pueblo y nunca volveré a tenerle miedo a las avispas del peral. Y por las noches, todas en el mismo dormitorio, la abuela no me rascará la espalda mientras cuenta historias alucinantes de su vida porque ya no se acuerda. No volveré corriendo a casa, refugio eterno del exterior, y me acostaré en la cama a leer a escondidas mis libros. No soñaré con magia, ni será papá un escudo nocturno contra los monstruos. 
Ahora el mundo es un poco distinto. Más gris y más oscuro. Y la mente, animal salvaje, parece dominada por el miedo. Sola en esta ciudad, sola en esta casa, miro a través de la ventana y llamo a mis padres. Su voz es como un bálsamo que me hace sentir a salvo. Porque es solo cuando recuerdo que están ahí que adquiere el presente el dulzor de los días pasados y me doy cuenta de que esto que vivo ahora será también, en algún momento, un bonito recuerdo. 
Hay un olor a madera por toda mi habitación...


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