8 sept. 2020

Una historia sobre el dolor

Hijo, no has nacido aún, pero necesito contarte una historia. La historia de cada uno de los seres vivos de este enorme planeta. Una historia de sufrimiento.
Cuando uno nace, y se abre paso entre las carnes de la madre, experimenta por primera vez el dolor y también, el primer verso de la muerte. Experimenta el duelo de la pérdida del hogar.
Es cierto que desde esa primera bocana comienza uno a sufrir. También comienza a vivir. Respira y el mundo se le antoja gigante. Hijo, no conocerás un sentimiento más común a todos los seres que el dolor, y sin embargo tampoco habrá ningún otro que nos haga más egoístas. La rabia, la tristeza, la soledad, el hambre, todos van atados al sufrimiento como el collar de un perro a su amo. 
Harás el mal en nombre de este negro amigo. Te justificarás rezándole por las noches y, si no mantienes la cabeza fría y el ego en silencio, se apoderará de ti como el más letal virus. Esta sociedad, en gran medida, ya está envenenada de él. Lo utiliza para excusar, continuamente, la sangre con la que se tiñen las manos. 
Pero no es para eso para lo que sirve sufrir. Y si te traigo a este mundo, hijo, no es para que te hundas en su fango, sino para que lo uses para impulsarte, porque esa es su verdadera y única finalidad. El dolor es parte de la vida porque es lo único que le da sentido. Porque solo se puede llegar al final de camino abriendo sufrido, y solo puede uno morirse en paz cuando uno enfrenta al dolor y  puede sostenerle la mirada. 
Y cuando hay seres humanos capaces de no dejarse corromper por él, cuando hay gente que del fango saca la más pura de todas las sustancias, cuando veas ese milagro, hijo, entonces entenderás porque te traje a este mundo. 
Porque este es, y será, mi único legado.

5 jul. 2020

Un olor

Hay un olor a madera por toda la habitación. Sentada en el taburete, paso los dedos por la mesa y se me quedan en los dedos virutas de una escultura a medio hacer. Siento que nada volverá a oler igual que eso nunca más. Que nada volverá a ser como las tardes entre cojines rosas en el sofá de la abuela, pintando con las primas. La puerta de cristal a través de la cual el seis de enero se entreveían las siluetas de los regalos. 
Nunca pasarán mis dedos igual por la puerta tosca del pueblo y nunca volveré a tenerle miedo a las avispas del peral. Y por las noches, todas en el mismo dormitorio, la abuela no me rascará la espalda mientras cuenta historias alucinantes de su vida porque ya no se acuerda. No volveré corriendo a casa, refugio eterno del exterior, y me acostaré en la cama a leer a escondidas mis libros. No soñaré con magia, ni será papá un escudo nocturno contra los monstruos. 
Ahora el mundo es un poco distinto. Más gris y más oscuro. Y la mente, animal salvaje, parece dominada por el miedo. Sola en esta ciudad, sola en esta casa, miro a través de la ventana y llamo a mis padres. Su voz es como un bálsamo que me hace sentir a salvo. Porque es solo cuando recuerdo que están ahí que adquiere el presente el dulzor de los días pasados y me doy cuenta de que esto que vivo ahora será también, en algún momento, un bonito recuerdo. 
Hay un olor a madera por toda mi habitación...


15 mar. 2020

El duelo del 15 de marzo de 2020

El abuelo decía "La vida es corta, pero ancha. Uno tiene tiempo para todo". Y ahora, confinada en este espacio oscuro, sin más compañía que mis propios silencios, me gustaría que estuviese aquí y pudiese decírmelo a la cara. 
Sí, es cierto. En la vida hay tiempo para llorar, para reír. Tiempo para viajar, para leer, para pelear, para hablar, y sobretodo para amar. He amado a mucha gente en mi vida, y todos han pasado por mis días con la suavidad de las cosas rutinarias. Pero ahora la rutina ha desaparecido. O peor aún, se ha convertido en algo sentenciado. Ha mutado y, de alguna forma, su nueva silueta se parece mucho a la de un monstruo. 
No sabía que había gente a la que no deseaba perder hasta hoy. No sabía que había gente a la que quería hasta hoy. Porque, de repente, te quitan el calor de un cuerpo humano y todo lo demás es tan irrelevante que duele. 
En la vida hay tiempo para muchas cosas. También para la soledad. Esa soledad que ronda siempre en la recámara del cerebro, que sientes en el corazón y que apagas todos los días, llenándote de conversaciones banales, de relaciones banales, hablando sin parar para acallar al silencio. Es fácil creer que uno sabe estar solo cuando no tiene que enfrentarse a esa sensación de verdad. Cuando mira hacia delante y no sabe si podrá ver a su familia y amigos en dos semanas o en dos meses. Cuando te asomas a las ventanas y ves a la gente, en sus casas, rodeada de los demás, pero tu no tienes a nadie.
Porque ahora, aquí, todo lo que queda es una habitación vacía, en una casa vacía, donde solo estoy yo. Yo, que llevo tanto tiempo odiándome, que llevo tanto tiempo huyendo, con el corazón doliéndome a cada paso, incluso ahora.

Sí, abuelo, llevabas razón. En la vida hay tiempo para todo.
Y tal vez este sea el tiempo de dejar que los silencios hablen y escuchar.

24 feb. 2020

Conversación nocturna

-Moriré sola -le dijo Pam, y los ojos se le achicaron. -Moriré sola y eso me asusta. 
Él no supo qué responder. Era de noche y en la calle solo había silencio. El pelo de ella se perdía en la oscuridad de los espacios que no alumbraban las farolas. Pam le dio una calada al pitillo, mascaba lo que iba a decir tan lentamente que sentía que las palabras se le derretían en la boca. 
-Lo sé por la abuela. Cuando le miro a los ojos me doy cuenta de que en ellos solo queda ya el cariño. Se ha olvidado de todo lo demás y repite, como si rebobinase, una y otra vez las mismas frases. Morirá sin recordar los últimos años de su vida, sin ser capaz de ver la última cerveza que nos tomamos juntas, las últimas palabras de amor que le dediqué, el regalo que le hizo mamá por Navidad. Morirá sola y sin recuerdos.
-Llevo más de veintitrés años de vida queriendo atarme a un lugar seguro, para que nada me haga desaparecer. Para no sentir que soy una subjetividad continua, algo inexistente que se evapora cuando pasa. Tal vez sea por eso por lo que escribo. La realidad es que siento que solo soy cuando estoy reflejada en alguien más. Sola, me es tan fácil perderme...
Él sonrió.
-Tal vez ahí esté la esencia. En ese caos.
-Pero vivir continuamente en el caos es agotador. A veces, siento que necesito un refugio. Algo que me haga sentir como en casa. 
-¿Y no estás teniendo ese refugio ahora? 
Esta vez fue ella quien calló. Sí, sí que lo estaba teniendo. En los remansos de tranquilidad que le daban aquellas conversaciones, él era un refugio. Cuando salían a pasear, cuando se miraban, los dos estaban a salvo. 
-¿Sabes, Pam? Tú también eres un refugio para mí. Pero aún no sé si quiero acomodarme aquí para siempre. A veces también me gusta salir fuera y dejar que el frío me de en la cara. Uno no se hace un hogar en dos días. Si este tiene que ser el lugar, nos lo haremos con el tiempo.
-¿Y si no?
-Si no, habremos tenido una agradable calidez que nos hará afrontar el camino con más fuerza. Yo no lo olvidaré. No olvidaré jamás todos los refugios por los que he pasado, y las cosas que cada uno de ellos me han enseñado. 
Los dos se miraron, tan limpiamente como el agua, y esbozaron una sonrisa a la vez.
-Creo que puedo aprender a caminar sola, si regreso a estos espacios de vez en cuando. Si también puedo aprender a valorar el frío de fuera, cuando no hay nadie. 
Él le pasó una mano por el pelo, retirándoselo de la frente. Ella terminó el cigarro y lo tiró al suelo, donde se apagó porque el viento había dejado de soplar.
-Moriré sola -repitió, pero esta vez ya no tenía tanto miedo como antes.
En medio de la noche, habían prendido una hoguera.

26 ene. 2020

Negra muerte


Tat enciende el cigarrillo, y la luz del mechero ilumina la sala, vacía. Está sola. 
La puerta recién cerrada, aún puede oír los pasos de Pam bajar las escaleras. Tiene en su nieta un enlace con la realidad, al que se aferra con tal fuerza que a veces le tiemblan las manos. Hace tiempo que lo perdió todo. A sus hijos, a su marido, a sus amigos. Desaparecieron de repente, y mire a donde mire de ellos solo queda un rastro que se desvanece como el humo que expulsa de sus pulmones.
Tat se pone de pie con esfuerzo. Abre la persiana y la luz ilumina la estancia. Es un espacio vacío de cosas, que ha ocupado con silencios. Fuera, el mundo exterior fluye. Ve a Pam salir por la puerta, con las manos metidas en los bolsillos; luego la pierde entre la multitud y sonríe. En dos horas, su nieta cogerá un avión. Tiene todo el futuro por delante.
Dando la espalda a la ventana, Tat vuelve a fumar e inspira hondo, pasando los ojos por la habitación. El dolor le golpea el pecho, pero lo saluda como a un viejo amigo. Apura el cigarro hasta la última calada, luego lo apaga sin prisas. Se sienta en su hamaca y estira la mano para coger el libro que está leyendo. Piensa en lo bonita que es la imagen que sus ojos ven: sus venas a través de la piel arrugada, las páginas amarillentas, un dedo manchado de tinta. Reclina la cabeza hacia atrás y suspira. Un mechón de canas blancas le tapa la frente. 
-Ha sido una buena batalla -suspira, y una carcajada se le escapa de entre las manos -Ha sido una buena batalla -repite -Gracias por haberme dejado lucharla.
Luego cierra los ojos y no vuelve a abrirlos más.



21 ene. 2020

Auto-Encierro

Encerrada en una burbuja de cristal, presa de las paredes invisibles, los techos intocables, grito. Hago caso a mi instinto, o debería. Huir una vez más, y salir de esta vorágine que me creo, como un niño que ha inventado su propio laberinto pero olvidó la salida al entrar.
Hay una soledad que alivia, y hay otra soledad que duele, en la burbuja de cristal. Y son inseparables, como dos gemelos. Si coges la una debes coger también la otra, son la llave. La clave para escapar.
Pero dentro se está cómodo y no hace frío.
No sé que hacer. Las ganas de vomitar se me acumulan en la garganta y nadie viene a rescatarme ¿Voy a quedarme aquí hasta la muerte?

19 dic. 2019

Invierno

Invierno, eres denso pero calientas el alma.
Eres azul, negro, y blanco. Contigo el viento suena suave, como una manta que te arropa. Atrás quedó la alegría del verano, los gritos, las carcajadas con los pies en la arena, las siestas al sol, el vivo color de los árboles en flor. Él ahora duerme y tú hablas de una manera distinta, trasmites otros mensajes; lo haces en voz baja, y hay que saber escucharte.

Invierno, ayúdame a encontrarme.
Cuéntame en silencio todas tus enseñanzas.

2 abr. 2019

Echo de menos mi kasa


Echo de menos salí e ir pal parque de los perdigones con la Vicky, a comer pipas. O pasar debajo del arquito de la Macarena, tirando pa San Luis a buscarme a la Julia. En San Luis también está la Revo, con la puerta tapiá diciéndome que ya no podré aprender más cosas entre esas paredes okupas. Luego tiro palante y llego a casa de la abuela, a llevarme un par de besos y bollito de leche.
Otras veces me viene el Andrés desde Triana, y nos recorremos filosofando tol Guadalquivir y luego a sentarnos en un banquito de la Alameda, sabiendo que me voy a encontrá a mi hermana y a volverme a casa con ella a las tres de la madrugá por la calle Feria porque a ella no le gusta tirar por mis calles xicas.
Ar dia siguiente voy con la mama pal centro, y le cuento mis dramas pa que me escuche con paciencia, y después nos recoge el papa, que no podía salir antes porque estaba metio en una pila de libros. Nos sentamos en la esquinita de Barqueta y les reflexiono la vida mientras comparten las cervezas.
En el centro, al laito de las Setas, me meto en Bellas Artes con mucha nostalgia, me bajo a los sótanos pintaos, a los debates de arte en las puertas del baño, y me queo sentaita en el patio saludando a la gente al pasar. Y a la vuelta esta recién cerrá pa siempre mi librería favorita, y el Mercao huele a pescao y a flores.
Y ya en el kelo, antiguo patio de vecinos con fachá blanca, me tiro en el suelo y miro dos pisos parriba, a la montera, donde por er día está la sombra del toldo de la azotea y por las noches me reflejo. Y mi tortuga Lechuguita asoma la cabeza y yo le arrasco, porque sé que le gusta.
Sevilla, niña mía, que me hueles distinta al resto del mundo y ay
Ay como echo de menos mi kasa.

6 feb. 2019

La lavandería

Vivo en vorágines. Se me mueren las palabras al borde de la lengua, incapaz de expresar. No sé si lo que siento es alegría o tristeza, solo sé que es profundo y que dentro, se demora. Que da vueltas y vueltas y se remueve como una lavadora traqueteando en un local de lavado rápido.
Vivo echando de menos las sensaciones, queriendo tenerlas otra vez, retorciendome por ir un paso más allá, por sacar la ropa sucia del plato y sentirla mojada entre los dedos, con olor a detergente, vainilla artificial de cuatro euros en el supermercado.
Tras el cristal está oscuro y solo existen los reflejos. No hay luces de neón anunciando los precios, ni los azulejos están limpios. Todo tiene un aire a ciencia ficción, de no existir, vacío como la traquea por donde se me cuela el aire oscuro. 
Vivo en vorágines, en una lavandería inexistente, viendo dar vueltas a ropas que sé que no me pondré jamás. Fuera, el viento canta melodías en silencio.

16 dic. 2018

La muerte

A veces la muerte se parece tanto a una amiga
que dejaría que me arropase con su manto
y que hiciese todo este caos cesar.
Luego se me pasa, me peleo con ella,
la temo me ansía y la ignoro.
Vuelvo a tener ganas de respirar.
Pero ay, esas veces,
esas veces me quedaría dormida en sus brazos
y dejaría el mundo abajo
y podría respirar tranquila
por primera vez en años.

A veces la muerte, se parece
tanto
tanto
tanto
a una amiga...

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