Me dejo llevar por la brisa que me mece, suavemente, lentamente. El viento frío no es cortante, solamente se atreve a acariciarme los mofletes, hoy sonrosados. El sol se alza en lo alto, contrastando las temperaturas, creando un clima casi imposible que, realmente, me encanta.
Cuento mis pasos, sin darme cuenta, casi haciendo de trapecista en un circo ante millones de espectadores ansiosos de ver mi caída; no les voy a dar tal gusto. El borde de la acera se acomoda a mí, pese a que al escucharlo resulte casi imposible.
El acero de la farola deja relucir el sol, y las nubes en estos instantes no son más que algodones que un niño ha esparcido por el cielo. Me encanta este día, esta mañana tan extraña, esos ojos que me miran. Me encanta ese viejito que camina con su bastón, casi como si fuera un hombre pegado a él, haciendo este de soporte.
Y pienso una cosa, una cosa que no sé si me atreveré a decir en voz alta algún día, por miedo a que me llamen loca, histérica de la verdad o, tal vez, optimista...
Hoy soy feliz... y la vida me parece un circo lleno de momentos, de experiencias y de ¿cómo nombrar tal redundancia? Vida.
Aunque claro, yo solo soy un trapecista en una cuerda ante un esplendoroso público expectante ante mi caída, pero por mucho que lo quieran, no les voy a dar tal gusto.