Escribo sentada en la mesilla de noche, con los pies apoyados sobre la cama. La libreta en mi regazo, los papeles mecidos por el viento del aire acondicionado. El bolígrafo gasta tinta, fugazmente, simplemente, como si no tuviera nada más que hacer.
Con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes.
Fragilidad entre cojines, mi definición perfecta. El espumillón de la fiesta de fin de año aún sigue decorando mis balcones, celebrando una navidad inexistente que pasó hace ya meses. Escribo con el bolígrafo negro, que parece derramar tinta líquida por todos lados, como si fuera petróleo. De repente aparece una A, después la E, describiendo el vocabulario, la vida... cuesta tan poco escribir, no es más que coger un poco de aquí, un poco de allá, hacer un cocido, una ensalada de palabras. ¿Te imaginas? Comerte la sabiduría, la cultura, lo real o lo imaginario. Mi cuarto está a oscuras, pero yo sigo escribiendo, no me hace falta ver. Me dejo llevar por la imaginación, y subo, y subo en un tren que vuela por los cielos de nubes blancas.
Con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes.