
Quedaron en la plaza, donde los viejos jugaban con canicas plateadas. El piar de los pájaros les recordaba un pasado que se diluía poco a poco en las aguas. Niños jugaban a saltar la comba, pintaban el suelo con tiza blanca. No eran más que inocentes sonrisas, inocentes miradas.
Todos eran los mismos, incluso los edificios, ahora corrompidos. Rostros surcados por arrugas, gastados por el tiempo. Podían distinguir aún las sonrisas adolescentes de los que ahora eran mayores, que fumaban pipa con manos llenas de tierra. Con boinas que cubrían sus cabezas calvas.
Quedaron en la plaza, se sentaron sobre los bancos oxidados, cogidos de la mano. Retrocedieron , a una tarde de abril, cuando contaban letras en un libro ahora perdido. Él decía A, ella E, O, Y, L, T, R, W, M, Q, S, D, H, L... y se pasaban horas deletreando miles de veces el abecedario.
Las arenas del tiempo los consumió poco a poco, aspirando aquellas virtudes, aquella agilidad, aquellas ganas de vivir. Ahora son dos viejos más en esa plaza, que cuentan de nuevo el abecedario, rememorando tiempos antiguos. Él dice E, ella dice A, y todo se resume a sus vidas, a sus palabras y a sus sentimientos.