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8 sept. 2020

Una historia sobre el dolor

Hijo, no has nacido aún, pero necesito contarte una historia. La historia de cada uno de los seres vivos de este enorme planeta. Una historia de sufrimiento.
Cuando uno nace, y se abre paso entre las carnes de la madre, experimenta por primera vez el dolor y también, el primer verso de la muerte. Experimenta el duelo de la pérdida del hogar.
Es cierto que desde esa primera bocana comienza uno a sufrir. También comienza a vivir. Respira y el mundo se le antoja gigante. Hijo, no conocerás un sentimiento más común a todos los seres que el dolor, y sin embargo tampoco habrá ningún otro que nos haga más egoístas. La rabia, la tristeza, la soledad, el hambre, todos van atados al sufrimiento como el collar de un perro a su amo. 
Harás el mal en nombre de este negro amigo. Te justificarás rezándole por las noches y, si no mantienes la cabeza fría y el ego en silencio, se apoderará de ti como el más letal virus. Esta sociedad, en gran medida, ya está envenenada de él. Lo utiliza para excusar, continuamente, la sangre con la que se tiñen las manos. 
Pero no es para eso para lo que sirve sufrir. Y si te traigo a este mundo, hijo, no es para que te hundas en su fango, sino para que lo uses para impulsarte, porque esa es su verdadera y única finalidad. El dolor es parte de la vida porque es lo único que le da sentido. Porque solo se puede llegar al final de camino abriendo sufrido, y solo puede uno morirse en paz cuando uno enfrenta al dolor y  puede sostenerle la mirada. 
Y cuando hay seres humanos capaces de no dejarse corromper por él, cuando hay gente que del fango saca la más pura de todas las sustancias, cuando veas ese milagro, hijo, entonces entenderás porque te traje a este mundo. 
Porque este es, y será, mi único legado.

5 jul. 2020

Un olor

Hay un olor a madera por toda la habitación. Sentada en el taburete, paso los dedos por la mesa y se me quedan en los dedos virutas de una escultura a medio hacer. Siento que nada volverá a oler igual que eso nunca más. Que nada volverá a ser como las tardes entre cojines rosas en el sofá de la abuela, pintando con las primas. La puerta de cristal a través de la cual el seis de enero se entreveían las siluetas de los regalos. 
Nunca pasarán mis dedos igual por la puerta tosca del pueblo y nunca volveré a tenerle miedo a las avispas del peral. Y por las noches, todas en el mismo dormitorio, la abuela no me rascará la espalda mientras cuenta historias alucinantes de su vida porque ya no se acuerda. No volveré corriendo a casa, refugio eterno del exterior, y me acostaré en la cama a leer a escondidas mis libros. No soñaré con magia, ni será papá un escudo nocturno contra los monstruos. 
Ahora el mundo es un poco distinto. Más gris y más oscuro. Y la mente, animal salvaje, parece dominada por el miedo. Sola en esta ciudad, sola en esta casa, miro a través de la ventana y llamo a mis padres. Su voz es como un bálsamo que me hace sentir a salvo. Porque es solo cuando recuerdo que están ahí que adquiere el presente el dulzor de los días pasados y me doy cuenta de que esto que vivo ahora será también, en algún momento, un bonito recuerdo. 
Hay un olor a madera por toda mi habitación...


15 mar. 2020

El duelo del 15 de marzo de 2020

El abuelo decía "La vida es corta, pero ancha. Uno tiene tiempo para todo". Y ahora, confinada en este espacio oscuro, sin más compañía que mis propios silencios, me gustaría que estuviese aquí y pudiese decírmelo a la cara. 
Sí, es cierto. En la vida hay tiempo para llorar, para reír. Tiempo para viajar, para leer, para pelear, para hablar, y sobretodo para amar. He amado a mucha gente en mi vida, y todos han pasado por mis días con la suavidad de las cosas rutinarias. Pero ahora la rutina ha desaparecido. O peor aún, se ha convertido en algo sentenciado. Ha mutado y, de alguna forma, su nueva silueta se parece mucho a la de un monstruo. 
No sabía que había gente a la que no deseaba perder hasta hoy. No sabía que había gente a la que quería hasta hoy. Porque, de repente, te quitan el calor de un cuerpo humano y todo lo demás es tan irrelevante que duele. 
En la vida hay tiempo para muchas cosas. También para la soledad. Esa soledad que ronda siempre en la recámara del cerebro, que sientes en el corazón y que apagas todos los días, llenándote de conversaciones banales, de relaciones banales, hablando sin parar para acallar al silencio. Es fácil creer que uno sabe estar solo cuando no tiene que enfrentarse a esa sensación de verdad. Cuando mira hacia delante y no sabe si podrá ver a su familia y amigos en dos semanas o en dos meses. Cuando te asomas a las ventanas y ves a la gente, en sus casas, rodeada de los demás, pero tu no tienes a nadie.
Porque ahora, aquí, todo lo que queda es una habitación vacía, en una casa vacía, donde solo estoy yo. Yo, que llevo tanto tiempo odiándome, que llevo tanto tiempo huyendo, con el corazón doliéndome a cada paso, incluso ahora.

Sí, abuelo, llevabas razón. En la vida hay tiempo para todo.
Y tal vez este sea el tiempo de dejar que los silencios hablen y escuchar.

26 ene. 2020

Negra muerte


Tat enciende el cigarrillo, y la luz del mechero ilumina la sala, vacía. Está sola. 
La puerta recién cerrada, aún puede oír los pasos de Pam bajar las escaleras. Tiene en su nieta un enlace con la realidad, al que se aferra con tal fuerza que a veces le tiemblan las manos. Hace tiempo que lo perdió todo. A sus hijos, a su marido, a sus amigos. Desaparecieron de repente, y mire a donde mire de ellos solo queda un rastro que se desvanece como el humo que expulsa de sus pulmones.
Tat se pone de pie con esfuerzo. Abre la persiana y la luz ilumina la estancia. Es un espacio vacío de cosas, que ha ocupado con silencios. Fuera, el mundo exterior fluye. Ve a Pam salir por la puerta, con las manos metidas en los bolsillos; luego la pierde entre la multitud y sonríe. En dos horas, su nieta cogerá un avión. Tiene todo el futuro por delante.
Dando la espalda a la ventana, Tat vuelve a fumar e inspira hondo, pasando los ojos por la habitación. El dolor le golpea el pecho, pero lo saluda como a un viejo amigo. Apura el cigarro hasta la última calada, luego lo apaga sin prisas. Se sienta en su hamaca y estira la mano para coger el libro que está leyendo. Piensa en lo bonita que es la imagen que sus ojos ven: sus venas a través de la piel arrugada, las páginas amarillentas, un dedo manchado de tinta. Reclina la cabeza hacia atrás y suspira. Un mechón de canas blancas le tapa la frente. 
-Ha sido una buena batalla -suspira, y una carcajada se le escapa de entre las manos -Ha sido una buena batalla -repite -Gracias por haberme dejado lucharla.
Luego cierra los ojos y no vuelve a abrirlos más.



21 ene. 2020

Auto-Encierro

Encerrada en una burbuja de cristal, presa de las paredes invisibles, los techos intocables, grito. Hago caso a mi instinto, o debería. Huir una vez más, y salir de esta vorágine que me creo, como un niño que ha inventado su propio laberinto pero olvidó la salida al entrar.
Hay una soledad que alivia, y hay otra soledad que duele, en la burbuja de cristal. Y son inseparables, como dos gemelos. Si coges la una debes coger también la otra, son la llave. La clave para escapar.
Pero dentro se está cómodo y no hace frío.
No sé que hacer. Las ganas de vomitar se me acumulan en la garganta y nadie viene a rescatarme ¿Voy a quedarme aquí hasta la muerte?

19 dic. 2019

Invierno

Invierno, eres denso pero calientas el alma.
Eres azul, negro, y blanco. Contigo el viento suena suave, como una manta que te arropa. Atrás quedó la alegría del verano, los gritos, las carcajadas con los pies en la arena, las siestas al sol, el vivo color de los árboles en flor. Él ahora duerme y tú hablas de una manera distinta, trasmites otros mensajes; lo haces en voz baja, y hay que saber escucharte.

Invierno, ayúdame a encontrarme.
Cuéntame en silencio todas tus enseñanzas.

16 dic. 2018

Mi maldición

Me reformulo la coraza como si me sirviese de algo, como si no me la destrozase a mí misma continuamente. Dejo a la gente entrar y me gustaría tener otro tipo de defensas, helarme el alma y no encendermela por cada mirada, por cada sonrisa, por cada cariño, pero una y otra vez rompo mi indeferencia y los ojos me brillan. Vivo en la pasión incluso cuando la pasión está al borde del precipicio y es sinónimo de caída inminente.
Voy a encerrarme en las cuatro paredes de esta habitación y a escribir. Escribirme la sangre en las líneas y a leer a los que, siglos antes que yo, ya padecían mis mismos males. El folio en blanco me da pavor, pero es un miedo más asumible que el de sentirme un astronauta ajeno, flotando en el espacio, en medio de una calle abarrotada. 
No sé leer a la gente. Ojalá supiera, pero no sé. Y a su manera, todos ellos son también una hoja en blanco. Hojas en blanco en las que no puedo escribir porque hace tiempo que nadie nuevo me deja dedicarle unas cuantas letras.
Mi coraza, mi coraza inexistente, es vaho, es aire, es penetrable por sentimientos y espadas. No sirve de nada. No soy una persona dura, no soy una persona fría, no soy una persona racional. Esa es la maldición con la que nací, y esa es la maldición con la que voy a morirme.
Vuelvo a rendirme una vez más (Ojalá pudiese ser de otra forma).

16 abr. 2018

Parvulario V

Han pasado dos meses, y vuelvo a cambiar la forma. Muto como un animal, eso soy, un regurgitar continuo de ideales. Abandonada, vuelta a encontrar, me he recluido a este espacio cerrado, acompañada solo de tres almas. A veces cuatro. Muchas cinco.
Nada más.
Escribo y dibujo, sueño, invento mundos y personas que no existen de verdad, y a veces me duele el pecho de pensar que solo vivirán dentro de mi alma y en la de otros pocos. 
Es mi universo igual que yo, y yo estoy viva y respiro y sé que tengo sentido. Pero al final, vivo también solo en la mente de unos cuantos. En la de los demás, para el resto de la humanidad, estoy muerta. 
Somos mis personajes, mis paisajes y yo la misma cosa, y todos moriremos a la vez. Pero para eso queda mucho todavía. 

2 sept. 2017

Al son de la cumbia

El espacio estaba lleno de carcajadas. Diego bailaba cada vez más rápido, a su alrededor las palmas se seguían las unas a las otras, coreaban sus pasos y los de otros tantos más. Un corro en el centro tocaba diversos instrumentos, y el notaba el pañuelo rebotándole en la barbilla, el suelo desapareciendo de sus pies. Se cruzaba los ojos con Pam, ella los tenía chiquitos por la risa, arrugados en los bordes, y se cogían del brazo, una y otra vez, separándose de nuevo. Con las miradas cruzadas, cantaban solo el estribillo, y se sentían amparados por el resto de la sala, y reían sin razón cuando este llegaba, y todo el mundo lo cantaba a la vez, y reían con ellos. Eran un solo pueblo alrededor de una sola canción.
El corazón a Diego le latía muy rápido, sentía la sangre caliente latirle por las venas, la felicidad en la garganta, gritaba, rodaba, se tocaba con Pam, enredaba los pelos en su dedo de manera efímera, luego sus cuerpos se separaban de nuevo y el contacto con ella desaparecía. La falda de ella se movía al ritmo de la música también, le sudaba la frente y tenía las mejillas coloradas, el pecho le subía rápido porque no era capaz de respirar con normalidad. 
La cumbia les hacía olvidar, todo lo que horas antes persistía en sus mentes y ahora era lejano como un sueño. 

25 abr. 2017

Extranjero.

Camino, en la hoja en blanco, a la espera de poder definir la soledad, el hastío de aquellos días, que ahora contemplo en la lejanía como un recuerdo astillado. 
El acostarse muy temprano o muy tarde, el levantarse con pesadumbre, otro día más. A través de la ventana se cuela un rayo de luz, una vez cada veinte días, que rebota en la cama, en el que meto los dedos y del que me alimento. El único alimento posible del espacio. Fuera, el resto del tiempo, todo es gris y tan pesado que me duele la cabeza, la garganta, y las entrañas. Hace frío y salir es encarcelarme en los espacios abiertos, desconocidos, ásperos y enladrillados que aunque sepa recorrer nunca serán míos. Me da miedo el exterior, tan desastroso, tan bajo, tan falto de gente y de historias. Recorro las calles, movida por el impulso humano, a veces, al mirar todo el verde, los cisnes en el río, me permito ser feliz, en la inmensa soledad que hay entre ellos y yo. 
Un día, asfixiada en la opresión de la casa, en los diez metros cúbicos en los que he vivido, encerrada, todo el tiempo, salgo de noche, bajo las escaleras del río, pero está oscuro y no me muevo de allí, de la barandilla. Debajo de mis dedos, colgantes del metal, algunos patos se acercan a verme. Una pareja baja tras de mí, se internan en la oscuridad, juntos. Los patos me miran un rato. No me miran, no están junto a mí para ampararme, solo quieren comida. Pero lo cierto es que me amparan. 
Bajo, a la rutina, todos los días. Me acuesto tarde y me levanto tarde, lo más tarde que me deja el cuerpo. Hay un día en el que salir de la cama se me hace algo mortal. Me encuentro tan fuera de lugar. Salgo de mi habitación. Pero la casa, fuera de mi habitación, tampoco es mía. No es mi hogar. Solamente siento añoranza por la cama, por los colores, por el árbol que se ve a través de la ventana. Regreso a la cama, me fundo entre las sábanas, como si fuera la matriz de mi madre, me zambullo dentro del espacio, sintiéndome terriblemente sola, faltándome el alma, del sol, de una voz conocida, de mi madre abrazándome, haciendo una matriz de verdad con sus besos. Y no esto.
Intento disfrutar de los espacios, del ocio, pero todo es escaso y todo está frío. Y me llena, pero como lo hace un líquido viscoso, negro y desagradable, que esta apunto de hundirte en él para siempre. Camino, camino todos los días, para una cosa u para otra, con el líquido viscoso alrededor, y miro al cielo, espero al sol para que me lo derrita, pero el sol, que ha decidido no aparecer, ha dejado solos a todos los habitantes de este mundo. Y no les da luz, y son tenebrosos, todos pálidos, blanquecinos, parecen sacados de un cómic en blanco y negro sobre la segunda guerra mundial, de esos de trazos gruesos y precisión despreocupada. Fuman, duermen en la calle, hablan unos con otros, pero no parecen almas humanas. Ahora los recuerdo, recuerdo esas calles, esas personas, ese tiempo, y no soy, por mucho que me esfuerzo, de recordar nada en color.
He vivido con el corazón adormecido, todo este otoño, y parte de este invierno. Encerrada en diez metros cuadrados, con una ducha y un baño que no eran un hogar, y con una cocina que me asqueaba cada vez que entraba, con personas que me interrumpían cortando berenjenas, tomates, zanahorias. Personas que no me importaban ni entonces ni ahora y con las que tenía que mantener conversación. Ser tratado siempre como un extranjero.
Extranjero sempiterno, aunque al final, 
solo fueran,
cuatro meses.
Eso fue lo más horrible de todo.

2 jun. 2016

Rasgar de do menor.

Escúchalo en audiorelato.

Somos exploradores herejes. 
Ya nadie nos cree.
Y entre los arrabales, donde no existe el llanto absurdo, donde no hay mota de polvo sin camino, cargamos una guitarra a la espalda, como si fuera un saco, y dentro guardamos trozos de papel mojados, que estropean la madera, que distorsionan el sonido. 
En medio de todas las chabolas, las sombras se esconden a nuestro paso, y miran a través de las ventanas ¿Seremos o no parte de ellos? Esnifan entre persianas, entre las luces que se cuelan por las persianas, trozos de tiza con la que, en otros lugares, lejos de aquí y de ahora, enseñan. 
Ay, niña. Entre los arrabales no hay sitio para la música preconcebida y formal, no hay sitio para la quietud. Siempre se esconde en el paraje la agonía de una piel oscura, de un rostro deformado, la calamidad de todas las cosas silenciosas que deberían decirse. 
Caminamos en sandalias, o en pies delcazos, cuando el calor, y vemos tantas cosas... por eso somos exploradores, y por eso somos herejes. Porque lo que hemos contemplado en nuestro camino, está tan lejos de lo que contemplan los otros, que la realidad termina convirtiéndose en un cuento de hadas, en una historia de locos.

30 abr. 2016

El placer de no llevar sujetador.

Este blog me hace darme cuenta de como pasan los años, de como paso yo. Siempre hay, al fondo, la esencia de mi misma, pero es una esencia que varía igual que lo hace mi cerebro, mi pelo o mi piel. 
Me doy cuenta, ahora (y espero seguir dándome cuenta de cosas como estas en el futuro) de todo lo que nos viene asumido. El hacer porque hay que hacer. Cosas que no varían como hace el resto del mundo. Así que he olido, al fondo del estanque, lo estático. Y me ha olido un poco mal. 
En este caso, lo que me ha cruzado por la vida ha sido el sujetador. Sonará a novela de ficción el decir "el sujetador me ha cambiado la vida". Pero es verdad. O "darme cuenta de el sujetador" me ha cambiado la vida, lo cual es bastante más acertado. 
Llevo con sujetador desde que tenía, no sé, doce años. Me empezaron a crecer los pechos, y me lo puse. Como uno se coloca la ortodoncia cuando tiene los dientes torcidos o se pone el brazo en cabestrillo cuando se lo rompe. Jamás me cuestioné si debía o no llevarlos. 
Os contaré un secreto. Algo muy tabú, que no se debería decir porque, en general, hablar de tetas en público está feo (de tetas femeninas, perdonenme la errata): tengo los pechos grandes. No es que me guste más o menos, es que es un hecho físico. Y esto, más que aportarme grandes ventajas, me fastidia bastante. Me duele la espalda, camino menos recta de lo que debiera, y sobretodo me puedo olvidar de más del cincuenta por ciento del sector de ropa. Pero vamos, que no me voy a quejar por un par de problemas de primer mundo como los modelitos que no me puedo comprar.
Sin embargo, si que me preocupaba mi salud. Cada vez que me cargaba el sujetador a la espalda, el dolor me atizaba. No soy una persona que tienda a sentir mucho dolor físico, pero la espalda me tenía muerta. No me daba un solo día de respiro. Hasta que me di cuenta de que no era mi talla de pecho. Era el sujetador. 
Pensé:
Tendré que comprarme sujetadores más buenos. Sujetadores caros. Probé de todo. Tirantas cruzadas, tirantas por delante, tirantas por detrás, de quince euros, y de cincuenta. Y nada. Más o menos dolor, días más buenos y más malos, pero siempre ahí. Y mi madre me dijo: "Si te molesta el sujetador, deja de ponertelo". ¿Qué obvio, verdad? Pues yo le contesté: "Si claro, mamá. Antes aguanto el dolor de espalda". Y ahí se quedó la cosa.
Hasta que algo me hizo click. Ya os digo. El fondo del estanque. Y me planteé ¿Por qué? ¿Por qué narices llevo sujetador? Pensé: porque me da miedo no llevarlo.
¡Miedo! ¡Miedo a no llevar sujetador! Ni que el sujetador fuese un arma nuclear. Me di cuenta de lo absurdo de mi pensamiento. No llevaba sujetador porque fuese más cómodo, o más práctico, o porque me ayudase en mi salud. Llevaba sujetador por esta serie de razones con las que sé la mayoría de mujeres se sentirán identificadas: El sujetador me ponía los pechos derechos, me realzaba la figura en la ropa. Me cubría los pezones. Impedía que las tetas me bailaran libres debajo de la ropa. Impedía las miradas. Y los juicios. 
Llevaba sujetador para el resto del mundo, y no para mí. Si sois hombres, a lo mejor no entendéis bien lo que estoy diciendo. El vacío del que se apodera el cuerpo cuando te planteas dejar de usar sujetador. ¡Madre mía, romper el pedestal inamovible! Pues lo hice.
El primer día, fatal. No fatal físicamente. Físicamente me encontraba como una reina. Fatal por la inseguridad. Fatal porque los pechos se me veían más caídos, fatal porque sentía que estaba desnuda, fatal porque se me marcaban, de vez en cuando, los pezones. Qué terror, que manera de sentirse expuesta. Y el bamboleo del pecho ¿era yo, o todo el mundo miraba como se movían mis tetas por la calle? La gente se está dando cuenta de que no llevo sujetador. Estoy segura.
Aún me estoy acostumbrando, y eso que llevo cosa de un mes. Aún no soy capaz de ir sin sujetador con ropa apretada ¡y qué alguien se apiade de mí en verano, con las blusas transparentosas y las camisetas finas! Pero lo voy a hacer. Lo voy a hacer porque llevo yendo al fisioterapeuta tres semanas, sin llevar sujetador, y ayer me lo coloqué otra vez, y me ha vuelto el dolor de espalda y los músculos pillados, y no estoy dispuesta. 
En este mes de experimentación, llevo muchas anécdotas. Amigas, compañeras, gente muy inteligente, independiente, moderna y reivindicativa que no tiene narices a dejarlo de lado. Los comentarios siempre son los mismos "es que me da vergüenza" "es que me da cosa" "yo a lo mejor lo intento, pero más adelante" o esa reinterpretación de la contestación a mi madre "pues pese a todo, yo lo voy a seguir llevando". Nunca he oído a nadie decir: "a mi me gusta llevar sujetador porque me favorece física y psicologicamente". Y tiene sentido. Porque no lo hace. 
Es curioso como estamos en un mundo que dice condenar tanto el machismo, donde escuchar "yo hago lo que dice mi novio" pone los pelos de punta, y los medios ¡el grito en el cielo! Pero después es perfectamente aceptable ser sumisa al consumo y a imposiciones de hombres como es el llevar sujetador, y nadie se escandaliza. Te das cuenta de lo lejos que estamos de estar en una sociedad igualitaria. La de verdad, no la que dicen que ya tenemos tantos inconscientes...
Cuando una se libra de las cadenas que le impone la sociedad, y remueve el estanque, el reflejo que se vuelve a formar es más nítido y está libre de mierda. Así, el no llevar sujetador me ha cambiado a mi misma, la esencia. Me ha ayudado también a quitarme del maquillaje, de la tintura del pelo, y de las falsas maneras. Porque de falsas amistades, nunca he sido.
Ah, sí. Se me olvidaba. Respecto al bamboleo de pechos... que todos los problemas del mundo sean ese tipo de bailes.

10 ene. 2016

Parvulario I.

Me teneis harta
con vuestras inseguridades
y vuestras predisposiciones
y las etiquetas
que colocais
dentro de cerebros
que ni son vuestros
ni quieren.

21 oct. 2015

Muerto como el arte.

No existe la forma de recuperar lo muerto.
El destrozo es más fácil y más rápido que la construcción. Uno nace en nueve meses y muere en un segundo. Pero ¿no es acaso el destrozo otra forma de creación? Y es la muerte el inicio de un nuevo principio de vida, donde se queda uno en el recuerdo, en los lienzos y en las páginas. 
La muerte nunca deja su trabajo a medias, nunca se salva uno de ella. Muere la imagen, muere la reputación, muere el dinero, muere el sentimiento, muere hasta el recuerdo. 
Así que no. No existe la forma de recuperar lo muerto.
A quién le importa.

[A quién le importa si el deceso es arte, y el arte es eterno porque ya está muerto.

14 sept. 2015

Voy a dejar de hablar en medio del túnel.

Estoy en la cuerda floja, pero no voy a sufrir más por ti. No quiero mirar más veces abajo y ver el vacío, y sentir que voy a caer porque voy tirando de ti.
Si no fuera por ti.
Si no fuera por ti estaría pisando tierra firme.
y si no fuera por mí,
si no fuera por mi estarías en lo hondo del precipio.
Así que estoy en la cuerda floja, pero ya no más. Esta es tu última oportunidad, la oportunidad de darme la mano en vez de arrastrarme por ella. La oportunidad de que me dejes llevarte a tierra firme de una vez. Porque si no me ayudas, no seré yo la que caiga contigo.
O te estabilizas ahora,
o es adiós.

PD: Y que rabia de adiós.

3 sept. 2015

La línea circular.

Regina Spektor - Us ♫.
Imagínatelo.
Tú y yo dando vueltas, cogidos de la mano, en un círculo interminable y algo inexacto. Tu cara. Mi cara. El mundo.
Imagínatelo.
Perderse en las vueltas
en el equilibrio
y no caer.

No caer.

6 ago. 2015

Ahí va mi disculpa.

Sabes, no sé por qué, ayer fue un buen día. Discutimos (o discutí yo) pero fue un buen día. 
A ti no te importa que yo esté mal, no de esa manera a la que todo el mundo importa. Tú no te rindes, y no sé porque. Es como que escuchas y olvidas, aunque no lo hagas de verdad, siempre le restas esa importancia de más a los asuntos. 
Y digo que fue un buen día porque atardecía, y se veían las cosas en ese blanco y negro que causa la ausencia de luz. Era un negro como azulado, romántico. Y tu piel se veía tan blanca contra todo lo demás, y tus ojos tan mar. Eran casi verdes ayer, esperanza. 
Es que, no sé como lo haces, que siempre representas la esperanza. 
Maldita sea, como separarme de ti cuando te quiero tanto que me duele la garganta solo de pensar en tus silencios. Silencios que no miran a ningún lado, que no esperan nada, que no se impacientan ni parecen forzados. Silencios que a día de hoy solo he podido ver en ti. 
No quiero perderlos, no quiero perderte,
como me cuesta contra el ruido.

3 jul. 2015

Memorias.

Me escribo a mi misma para no olvidarme del pasado. Escribir es una manera de retener cosas que no sabes si existen o no de verdad. El amor, las ganas, el sueño. Cosas que se evaporan, que cambian con el tiempo, que son inestables como la vida, porque son consecuencia de ella. 
Me gusta echar la vista atrás y ver lo que escribí, porque sé que lo que escribí es lo que era. A veces, sobre todo en las noches (tiendo a pensar mucho por las noches últimamente, horas eternas), me planteo como hay gente que puede vivir sin arte. Sin expresar en un par de brochazos, en un par de líneas de grafito, toda la emoción interior. Y la ira, cuando sale en forma de verbo, es exquisita, elegante, se curva como las letras.  Llorar con las letras de una canción, hasta temblar. Llorar sin motivos, en una muestra de que se es un ser enteramente pasional. 
Así que me escribo a mí misma para que, dentro de muchos años, cuando me tropiece con este texto, pueda sonreír, y recuerde el momento exacto, la sensación de la lágrima al borde de los ojos, el amor que sentí y las esperanzas que siempre tuve. Para que quién quiera que lea esto sepa que fui, que sentí, aunque en ese momento ya no sea, aunque en ese momento no exista en lo físico. 
Nunca se deja de existir en lo mental 
si se ha esforzado uno lo suficiente 
para ser recordado con bondad.

Gracias por cosas como esta. Gracias.

16 jun. 2015

A lo mejor ser soñador es ser iluso. Mejor ser iluso que conformista.

Música.

¿Qué estamos haciendo con el mundo?
Quisiera creer que las cosas va a mejor. Que el sudor de la frente de tanta gente, que levantarse del asiento, son acciones que en algún momento mereceran la pena.
Escribir esto aquí no sirve de nada. Ya lo sé. Nada de lo que yo haga va a servir de nada, porque no tengo la fuerza suficiente, de manera individual, como para cambiar nada. 
Pero no por eso voy a parar. No por eso voy a rendirme. Hace muchos años, en el colegio, vi un documental sobre el calentamiento global. No sé cuantos años tendría. Ocho quizás. Le dije a un par de compañeros de clase; hagamos algo. Vamos a poner carteles por las calles, vamos a intentar protestar. Todos dijeron que no serviría de nada, porque solo teníamos ocho años, y nadie hace caso a los niños de ocho años. Y es verdad. Pero que importan la verdad, la razón, la posibilidad, cuando se tienen las ganas de un soñador. 
No puedo dejarme arrastrar por la idea de que no voy a servir de nada, porque entonces sería como dejarme morir. Y si algo es la vida, es una lucha contra la muerte. Hay que vivir luchando. Porque si no luchas, si no tienes esperanza, habrás desaparecido del mundo antes de empezar.
Nunca pierdas la esperanza de cambiar al mundo porque se puede.
Te juro que se puede.

1 may. 2015

La tinta con la que escribo es mi pasión, porque no tengo otra cosa.

He perdido la fe en el mundo con dieciocho años. 
Y es triste de decir. Pero es así. 
No quiero sonar dramática. Ni siquiera sé si esto se puede considerar un relato. Si esto lo va a leer alguien. Ya sé que mi opinión no va a cambiar nada, pero me siento tan impotente que este es el único medio que tengo de expresarme. 
Hace meses tenía fe. Fe en la gente. Ahora sé que nadie se va a levantar por nada. Ocurre que de repente te das cuenta con una lucidez absoluta del mundo. Es terrible esa visión. Terrible. Y cuando la tienes. No sé como explicarlo. Es como perder la esperanza.
Yo. De verdad. Quiero cambiar el mundo. A lo mejor soy una ilusa. Quiero influir en las personas con mi obra, con mi denuncia, quiero emocionar, hacer reflexionar, intentando construir algo mejor o, al menos, más sabio. 
Pero a nadie le importa ya. A nadie le importa que el mundo vaya bien, porque nadie siquiera se plantea lo que puede ocurrir o haber más allá de sus narices. Hemos creado un mundo de alienación, donde cada día perdemos más humanidad, donde ya las noticias no nos importan, no nos conmueven, no nos hacen llorar. Y en nuestra humanidad somos capaces de soportar una inhumanidad absoluta.
El trabajo es recompensado con burla. Los que intentamos sacarnos una carrera, los que luchamos por el futuro, nos damos de bruces con una sociedad que nos escupe a la cara. "Una juventud sin futuro" "Estudias para trabajar en el McDonald" "Buen viaje a Alemania". ¿Cómo pretenden que vivamos así? ¿Cómo pretenden que sigamos luchando por nuestros sueños, por nuestras vidas, cuando a cada paso que damos nos dan una patada que nos hace retroceder dos?
No sé para qué escribo esto. De verdad que no lo sé. Pero tengo que hacerlo. 
Charles Chaplin hizo un discurso en su película el Gran Dictador. En su momento me emocioné con sus palabras. Ahora veo que son solo una utopía. Toda esa gente que ha luchado ¿qué han cambiado? Valle Inclán, George Orwell, Kafka, Clara Campoamor, Mario Benedetti, Saramago, Antonio Machado, Unamuno, Arthur C. Clarke. 
Que importan ya, si todos están muertos. Si la mayoría de la gente no los conocen, y sus palabras, sus alientos de esperanza, se han ahogado en los problemas del mundo. Que importa la cultura cuando vale más el dinero que la palabra, el odio antes que la amistad. Cuando preferimos sentarnos delante de un televisor a ver como la gente se lincha antes que encojernos el corazón con un buen libro. 
He perdido la fe en el mundo con dieciocho años.
Es una pena. 

2009-2017. Todos los derechos reservados a Ali Alina.