1 may. 2015

La tinta con la que escribo es mi pasión, porque no tengo otra cosa.

He perdido la fe en el mundo con dieciocho años. 
Y es triste de decir. Pero es así. 
No quiero sonar dramática. Ni siquiera sé si esto se puede considerar un relato. Si esto lo va a leer alguien. Ya sé que mi opinión no va a cambiar nada, pero me siento tan impotente que este es el único medio que tengo de expresarme. 
Hace meses tenía fe. Fe en la gente. Ahora sé que nadie se va a levantar por nada. Ocurre que de repente te das cuenta con una lucidez absoluta del mundo. Es terrible esa visión. Terrible. Y cuando la tienes. No sé como explicarlo. Es como perder la esperanza.
Yo. De verdad. Quiero cambiar el mundo. A lo mejor soy una ilusa. Quiero influir en las personas con mi obra, con mi denuncia, quiero emocionar, hacer reflexionar, intentando construir algo mejor o, al menos, más sabio. 
Pero a nadie le importa ya. A nadie le importa que el mundo vaya bien, porque nadie siquiera se plantea lo que puede ocurrir o haber más allá de sus narices. Hemos creado un mundo de alienación, donde cada día perdemos más humanidad, donde ya las noticias no nos importan, no nos conmueven, no nos hacen llorar. Y en nuestra humanidad somos capaces de soportar una inhumanidad absoluta.
El trabajo es recompensado con burla. Los que intentamos sacarnos una carrera, los que luchamos por el futuro, nos damos de bruces con una sociedad que nos escupe a la cara. "Una juventud sin futuro" "Estudias para trabajar en el McDonald" "Buen viaje a Alemania". ¿Cómo pretenden que vivamos así? ¿Cómo pretenden que sigamos luchando por nuestros sueños, por nuestras vidas, cuando a cada paso que damos nos dan una patada que nos hace retroceder dos?
No sé para qué escribo esto. De verdad que no lo sé. Pero tengo que hacerlo. 
Charles Chaplin hizo un discurso en su película el Gran Dictador. En su momento me emocioné con sus palabras. Ahora veo que son solo una utopía. Toda esa gente que ha luchado ¿qué han cambiado? Valle Inclán, George Orwell, Kafka, Clara Campoamor, Mario Benedetti, Saramago, Antonio Machado, Unamuno, Arthur C. Clarke. 
Que importan ya, si todos están muertos. Si la mayoría de la gente no los conocen, y sus palabras, sus alientos de esperanza, se han ahogado en los problemas del mundo. Que importa la cultura cuando vale más el dinero que la palabra, el odio antes que la amistad. Cuando preferimos sentarnos delante de un televisor a ver como la gente se lincha antes que encojernos el corazón con un buen libro. 
He perdido la fe en el mundo con dieciocho años.
Es una pena. 

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