La respiración entrecortada hace que mi pecho suba y baje al son de la música que sale por los altavoces. Me tumbo en la cama y cierro los ojos. Dejo que el silencio me invada, que los latidos de mi corazón sean todo lo que se escuche, pero el sonido estridente de la guitarra hace que abra de nuevo los ojos. Los timbales de la canción 13 me impiden conciliar el sueño.
Ando en zapatillas por la casa, dejando arrastrar los pies casi al mismo tiempo que mis suspiros. Creo que todo se va a acabar aquí y me tumbo el el suelo. El frío me aserta de lleno. Estoy cansada, solamente quiero descansar, tumbarme en mi cama. Entiendo que la soledad son astillas que se clavan poco a poco en el corazón... y que ya no pueden salir más. Y yo estoy sola, cansada de la rutina diaria, de la vida... así que me levanto y me dirijo al teléfono. ¿Estás ahí, María? Pero el contestador me hiere como un caramelo dulce.
El número al que llama no está disponible, si lo desea puede dejar su mensaje después de oír la señal.
Y ahí me veis, seca y agarrotada, impasible por fuera, rota por dentro. Apostillada en el sofá, de nuevo pensando entre las mantas en mi Babia particular.