17 may. 2012

La señorita que estaba enfadada con el mundo.

Me sé de una señorita llamada Plisplas que está enfadada con el mundo. Enfadada porque nadie deja de contaminar, porque se ríen de nosotros, porque nos manejan. Y sobre todo porque nos influyen. Plisplas odia que le digan lo que tiene que hacer, o que le metan las cosas en la cabeza a presión. Si tiene que estudiarse veinte páginas de evolución y catorce de letras perfectamente escritas, pues se pone de morros y se enfada. Plisplas piensa que, para aprender, ya están los libros, y que a la cultura no hay que forzarla porque al final pasa lo que pasa, y es que como todo lo que se hace sin ganas, termina siendo una losa en vez de una pluma, y nadie quiere saber. Plisplas llega a clase y le meten una letra detrás de otra. Le hablan de miles de nombres, de lugares impronunciables, y le dicen que se tiene que aprender la tabla del 523. Pero no le cuentan los sueños de esos nombres, ni porqué hacían lo que hacían, o de si sus ojos brillaban cuando sonreían. Tampoco relatan historias de esos páramos desiertos, las pesadillas que sufrió el explorador intrépido que los descubrió, ni desmenuzan ese número, juegan con él a las cartas y lo vuelven del revés.
Por eso, entre otras cosas, Plisplas sigue enfadada con el mundo. 
Ojalá que las cosas cambien, y se le pase.

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