2 nov. 2014

Lucidez, que poco duras.

Pam se levantó una mañana y descubrió que el mundo se había vuelto gris. No es que el anterior día no lo estuviese. Simplemente, había abierto los ojos aquel día y había tomado consciencia de repente, como una bofetada sin previo aviso que llega por la espalda.
Y cuando se dio cuenta, sintió que se ahogaba. Porque es fácil vivir con los pesos cotidianos a la espalda, como una hormiga que es capaz de ver un grano de maíz en el suelo pero no al humano que lo ha ocasionado. Pero una vez nos aislamos de esa pequeña burbuja de realidad en la que vivimos, una vez somos capaces de mirar más allá, nos damos cuenta de los grandes problemas que nos rodean y nos inunda la impotencia. 
Así que Pam se tuvo que agarrar al borde de su cama y respirar.
Una, dos, tres, cuatro veces.
Contó hasta que su cerebro se acostumbró a la información e hizo lo que estaba educado para llevar a cabo: olvidarse, evaporar la información hasta que se perdió en algún lugar de su cabeza.
Y al dejar de pensar, el mundo recobró todos los colores.

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