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2 sept. 2017

Al son de la cumbia

El espacio estaba lleno de carcajadas. Diego bailaba cada vez más rápido, a su alrededor las palmas se seguían las unas a las otras, coreaban sus pasos y los de otros tantos más. Un corro en el centro tocaba diversos instrumentos, y el notaba el pañuelo rebotándole en la barbilla, el suelo desapareciendo de sus pies. Se cruzaba los ojos con Pam, ella los tenía chiquitos por la risa, arrugados en los bordes, y se cogían del brazo, una y otra vez, separándose de nuevo. Con las miradas cruzadas, cantaban solo el estribillo, y se sentían amparados por el resto de la sala, y reían sin razón cuando este llegaba, y todo el mundo lo cantaba a la vez, y reían con ellos. Eran un solo pueblo alrededor de una sola canción.
El corazón a Diego le latía muy rápido, sentía la sangre caliente latirle por las venas, la felicidad en la garganta, gritaba, rodaba, se tocaba con Pam, enredaba los pelos en su dedo de manera efímera, luego sus cuerpos se separaban de nuevo y el contacto con ella desaparecía. La falda de ella se movía al ritmo de la música también, le sudaba la frente y tenía las mejillas coloradas, el pecho le subía rápido porque no era capaz de respirar con normalidad. 
La cumbia les hacía olvidar, todo lo que horas antes persistía en sus mentes y ahora era lejano como un sueño. 

20 may. 2015

La barriga del monstruo.

El reloj hace tic tac en medio de la noche. Y en la ventana, amenaza con aparecer un monstruo. Las sábanas a la altura de los ojos, la respiración silenciosa, el foco de brillo tembloroso en el borde de la cuenca de los ojos. 
Se oye un crujido. Pam se acurruca entre las sabanas, le dan miedo los dedos por encima de la tela, al borde del peligro, lejos de la seguridad cálida de los huecos de la cama. Ya no respira. Espera atenta la próxima señal. Siente que le araña la garganta, pero es más por el miedo que por el monstruo. 
Ay. No sabe si cerrar los ojos o dejarlos abiertos, porque el corazón le bombea igual de rápido de las dos formas. 
-Papá. 
Pam tiene miedo. El monstruo va a aparecer por la ventana, y se la va a comer con patatas fritas, y tendrá que vivir en la barriga del monstruo, y no quiere. 
Se oyen unos pasos por el pasillo. Y entra. La silueta. En la habitación. Pero Pam no le tiene miedo a la silueta. Porque es grande y fuerte y puede con todos los mostruos del mundo. 
-¿Qué te pasa?
-Tengo miedo.
La silueta se acuesta con Pam, y en su calidez, en el hueco que hacen sus grandes hombros, en los que cabe ella entera, cierra los ojos y se queda dormida. 
El monstruo mira por la ventana enfadado. Contra papá no puede hacer nada.
-Maldita sea -exclama -Con lo rica que parecía.

que también es una mujer digna de mil cuentos.

5 mar. 2015

Amor debajo del de Olimpo.


 Pam se había enamorado de su rostro porque había conocido lo que había dentro de él.
Y si no descubría sus terminaciones nerviosas detrás, la fibrosidad de los músculos en las mandibulas, la manera en la que hablaba, lo que expresaba en las palabras seseantes como serpientes, la magia de los ojos de Apolo perdía su sentido.

Porque no era el rostro de Apolo sin su personalidad. 
Sin eso, dejaba de ser Dios y se convertía en humano.
(la imagen es de mi propiedad, así como los textos). 

Cuantas cosas ha pasado Pam ¿verdad? 


2 nov. 2014

Lucidez, que poco duras.

Pam se levantó una mañana y descubrió que el mundo se había vuelto gris. No es que el anterior día no lo estuviese. Simplemente, había abierto los ojos aquel día y había tomado consciencia de repente, como una bofetada sin previo aviso que llega por la espalda.
Y cuando se dio cuenta, sintió que se ahogaba. Porque es fácil vivir con los pesos cotidianos a la espalda, como una hormiga que es capaz de ver un grano de maíz en el suelo pero no al humano que lo ha ocasionado. Pero una vez nos aislamos de esa pequeña burbuja de realidad en la que vivimos, una vez somos capaces de mirar más allá, nos damos cuenta de los grandes problemas que nos rodean y nos inunda la impotencia. 
Así que Pam se tuvo que agarrar al borde de su cama y respirar.
Una, dos, tres, cuatro veces.
Contó hasta que su cerebro se acostumbró a la información e hizo lo que estaba educado para llevar a cabo: olvidarse, evaporar la información hasta que se perdió en algún lugar de su cabeza.
Y al dejar de pensar, el mundo recobró todos los colores.

12 sept. 2014

Como se siente el amor de verdad.

Tat no sabía que pasaba cuando pensaba en él. A veces, tenía ganas de matarlo y otras de comérselo a besos. Si pensaba en sus gestos le latía el corazón más deprisa de lo normal y las neuronas en su cerebro colisionaban. Y claro que lo odiaba. Lo odiaba tanto como lo amaba, por hacerle sentir tantas cosas a la vez, hacerla sentir humana.
Se hubiese comparado con la luna y el sol de no haberse sentido tan pequeña a su lado. Y era una paradoja porque era ese sentimiento de vulnerabilidad lo que los unía. Él tenía su corazón, el corazón de una chica con mil y una murallas.
Murallas que había destrozado una y otra vez solo para recordar el olor de su pecho.
 

27 jun. 2014

Inspira, huele a ti.

El verano le recordaba a Tat porque olía a ella. Mil y una historias se contaron llenos de paja y heno en el trigal, y mil y una caricias se dieron también bajo la luz de ese sol cálido que solo se pone en los pueblos.
El verano era la época de las bicicletas, las casas de madera agrietadas y los paseos por la ladera del monte, al lado de gatos negros que los observaban con alevosia. Ella en su traje cian de flores estampadas, el sombrero de ala ancha siempre a punto de cáersele al suelo. Era la típica mujer que perfilaba sus labios de rojo pero se dejaba las uñas sin pintar, natural, sencilla y, a la vez, terriblemente femenina. 
El verano olía a Tat. 
La época donde todo se siente más y al respirar el aire llega más hondo.

16 dic. 2013

El mundo caduco.

Tat se iba a morir. No importaba lo que hiciese. Se iba a morir y lo sabía.
La gente pasaba a su lado hablando entre sí, incluso algunos reían. Los coches, las luces, las nubes, los pájaros, ninguno se paraba. El sol seguía su camino por encima de su cabeza y en los escaparates luces de neón anunciaban ofertas de más del cincuenta por ciento. En los televisores, daban las noticias. Y Tat no salía en ellas. Pero se iba a morir.
Miró a su alrededor. La gente estaba cansada. Cansada de vidas que no les interesaban y de trabajos que odiaban. No reparaban en ella ni en su pobre muerte porque no les importaba. Suficiente tenían con tener que llegar a fin de mes. Es curioso como tenemos solo una vida y decidimos vivirla para agradar a los demás, cuando nadie nos dará una segunda oportunidad para agradarnos a nosotros mismos.
Tat se iba a morir. No importaba lo que hiciese. Se iba a morir y lo sabía. Pero era libre. En medio de aquel mundo caduco, dio una calada al aire y sonrió. Las arrugas alrededor de su ojos desaparecieron.

31 dic. 2012

El ciervo en el jersey de lana 2.

(El final de la historia. Para 
leer la primera parte click). 

Avec le music.


Cuenta la leyenda que en los buenos momentos se juntan las almas, y que cuando esto ocurre el mundo se ilumina un poquito más. Así que aquella noche, sentadas en un sofá frente a un televisor, y rodeadas de mayores abandonados por el mundo, Pam y Tat arrojaron un haz de luz al lugar y contagiaron a hombres y mujeres con sus sonrisas.
La joven miró a su abuela con cariño y recordó un día en la playa, cuando bajaron a la arena y construyeron un castillo enorme que después se llevaría la marea. (Quién sabe si algún pez acabó viviendo en él). Entonces tenía la cabeza en perfecto estado, era capaz de memorizar una lista entera de teléfonos y decirlos al revés, y jugaba con su nieta a leer párrafos al azar de sus libros favoritos.
-Abuela -susurró mientras terminaba de pelar la última de las uvas para que Tat no se atragantara. -¿Sabes que he conocido a un chico? 
Se sonrieron pícaras, la experiencia y la impaciencia una al lado de la otra. Dos mundos contrapuestos que se compenetraban a la perfección. La enfermera ayudó a la anciana a sentarse en el sofá y fue a atender a un hombre que la llamaba.
-Bonito año este ¿verdad? -preguntó la abuela Tat. Lo cierto es que apenas lo recordaba, pero seguro que había sido esplendido. Porque seguía viva. Porque podía hablar. Porque miraba a su nieta y sabía que ella lo había disfrutado más que nadie.¿Cuántos años tendría ahora? ¿Diecinueve, quince, treinta? Ya no recordaba como variaban los rostros con la edad. Solo tenía la certeza de que ella era vieja, muy vieja.
-Pues no ha ido muy bien, abu. Muchos recortes, el pobre cada vez más pobre y el rico cada vez más rico. Miras las noticias y te entran ganas de gritar: "¡Paren el mundo, me quiero bajar!" Guerras, desahucios, robos, violaciones, asesinatos... 
Los cuartos de campanada empezaron a sonar. Los del asilo se inclinaron en sus asientos y cogieron la primera uva para llevársela a la boca.
-Y sin embargo, tú aún eres capaz de sonreír. No tengo idea de lo que ha pasado, Pam, porque apenas veo las noticias, pero ¿Sabes qué? Seguro que alguien ha pintado un cuadro, ha bailado bajo la lluvia, ha tenido un hijo o se ha enamorado -le dio un cozado e imitó al resto de sus compañeros de hogar. Pero antes de que sonara la primera campanada, ella ya se había llevado la uva a la boca. Siempre fue un poco tramposa.
-Lo que pasa es que eres una soñadora, abuela.
-¿Eso? - Cogió la tercera y se la tragó sin masticar. Qué más daba si se atragantaba. - Eso lo seré siempre.
Doce. Ellas. Once. En un asilo. Diez. Alejadas del mundo. Nueve. De la realidad. Ocho. Como dos almas gemelas. Siete. Llenas de esperanza. Seis. De ilusión. Cinco. De felicidad. Cuatro. De deseos. Tres. De ansias. Dos. De vivir. Uno. Y de soñar.
-Feliz año nuevo Tat.
-Feliz año nuevo Pam.
Se abrazaron y supieron que todo iría bien. Porque estaban juntas.
Y eso era lo más importante.

27 dic. 2012

El ciervo en el jersey de lana 1.

(La segunda y última parte la 
leeréis en fin de año). 

Avec le music.


El niño se monta encima del patinete y empieza a correr detrás de su madre. Ella lleva unos pantalones rojos y un abrigo de lana negro que oculta su silueta. Está bebiendo un batido de chocolate y tiene las uñas de las manos pintadas de marrón. Un marrón oscuro y ceniciento. Se gira para apremiar a su hijo, y el pelo rubio se mueve con ella (es tan largo que parece una cascada de oro cayendo sobre sus hombros). Pronuncia algo, pero no se oye. Seguramente estará regañándolo por lo lento que va.

-Vamos, señora Tat. 
La mujer aparta los ojos de la ventana y los clava en la enfermera. No recuerda su nombre. No recuerda que hace allí ni que día es. Pero no le importa. A veces es feliz sin saber las cosas.
-¿Señora Tat?
Esa es ella. Es una de las pocas cosas que recuerda. Asiente, se levanta y sigue a la enfermera hasta una sala enorme, con un suelo de madera en el que puede deslizar las zapatillas sin problemas. Hay más personas allí,  algunos duermen con la boca abierta y otros juegan a las damas, pero todos la miran cuando entra. Incluso después de tantos años, Tat irradia algo especial que hace que la gente se vuelva a observarla. La enfermera espera a que la mujer llegue a su lado y le habla de nuevo.
-Tiene visita. 
La visita lleva un jersey de lana ancho (igual de ancho que el abrigo de la mujer de los pantalones rojos) con un ciervo marrón en el centro, un gorro con orejeras y una nariz enrojecida por el frío. Su pelo también es rubio, pero está corto, tanto que apenas le tapa las orejas. 
-Esta es Pam, señora Tat ¿La recuerda?
Tat sonríe y sus ojos relucen por primera vez en muchos meses. Claro que sí. Como olvidar aquella mirada de hielo que tan pocos han logrado penetrar. Es Pam, su niña, su dulce sol, su alegría. 
-He traído unas uvas para las campanadas de fin de año, abuela -dice, y sus labios color carmín sonríen en un gesto que solo le dedica a ella.
La abuela Tat ha rejuvenecido más de treinta años. Porque cuando se pensaba abandonada entre aquellas mentes arrugadas, olvidada en un lugar recóndito de la memoria, su nieta ha decidido pasar el fin de aquel año con ella. No hay nada que pueda hacerla más feliz.

3 dic. 2012

Las calles de Diciembre.

Pam había soñado cantidad de verces con estrecharlo entre sus brazos entre las luces de navidad, y ahora podía. A su alrededor la gente pasaba mirando al horizonte, con las mejillas coloradas, las manos enfundadas en guantes de lana y una bolsa cargada de ilusión. Levantó la vista y se encontró con él -sus ojos color caramelo observándola con ansias- y lanzó al aire las palabras que tantas veces había guardado en su corazón. A su alrededor, el vapor se extendió y le nubló la vista como si acabara de pegarle una calada a un cigarro. El frío le erizó el bello de la piel, o bien podía ser sus labios, que descansaban en su boca con tanta dulzura que sentía la calidez que emanaba de ellos. Ni abrigos rojos y enormes de lana, semejante a los de Papá Noel, podían separar sus cuerpos en aquellos momentos. Porque estaban conectados por algo más allá de lo físico.
-Feliz Navidad, Pam.
Se sonrieron el uno al otro. No había regalo más preciado que aquel.

19 jun. 2012

Pam era tan pequeña y el mundo tan grande...

Pam esta harta de ansiar la perfección, porque sentía que, cuanto más tenía, más se ahogaba. Algo se asfixiaba dentro de ella, algo que le estrujaba los sesos y le creaba grandes nudos en el estómago. Así que un día se armó de valor y decidió que iba a probar. Probar a ver que pasaba cuando se rompían un puñado de normas, probar a no salir con todos los pelos perfectos a la calle, ni con la falda que se llevaba de moda. Porque estaba harta de fingir ser cosas que no era. Delante de sus padres fingía, delante de los profesores fingía, hasta cuando iba por la calle, dónde nadie la conocía, fingía ¿Y qué si no era guapa, o obediente, o no hacía lo que estipulaban todos? ¿Por qué tenía que aprenderse una lista de nombres de los que no sabía nada, o ser una falsa para triunfar? 
Pam prefería explorar en los universos por las noches, cerrar los ojos y escuchar las notas musicales de un millón de canciones, y que le relataran historias para que pudiera soñarlas. Pero no había nada de eso, y cuando despertaba tenía que ir al colegio, y escuchar una barbaridad de sandeces, y aprendérselas después, y por las tardes, cuando ya era libre, recordaba las palabras de unos cuantos superficiales y se miraba al espejo y se decía ¿Quién mierda soy?
Porque ni ella lo sabía.

5 may. 2012

Hay algo en el corazón de hielo de Pam.

Y entonces, Pam se enamoró. Fue como si una chispa se abriera en sus ojos, una luz que se reflecto en sus pupilas y desapareció tan rápido como había venido. Un momento antes no sentía nada, y ahora había algo en su estómago. Algo que todos llamaban mariposas. Dentro, muy dentro de la pequeña Pam, allá donde el corazón guarda sus más íntimos secretos, la muralla de hielo se convirtió en escombros, se derritió, y las mariposas volaron dentro de ella, se mezclaron con su sangre y la hicieron sonreír.

19 feb. 2012

Y es que nadie le pone etiquetas a Pam.

Me llamo Pam, soy alérgica a las nueces, y no soporto a los falsos. Mañana cumplo trece primaveras, pero por mí como si cumpliera veinte, porque al mundo le da igual. Desde que nací, supe que nadie me impondría etiquetas, que nadie me impediría llegar a la cima y cumplir mis sueños. Ni el más astuto de los zorros podrá conmigo. Ni los zorros, ni las zorras. Mi música favorita es el jazz, y mi cantante, Bessie Smith. Amo a los Beatles y no soporto a Rihanna, ni a todos los que tratan de imitarla. Como hobbies, me decanto por leer bajo las sábanas, al amparo de una linterna medio gastada, e imaginando peripecias e historias acabo por cerrar los ojos y dormirme. Esa soy yo, esa es Pam, y si no te gusto siempre puedes mirar hacia otro lado.
La chica rubia sonrió a la clase vacía, estrujó el papel y lo tiró a la basura. "Una lástima" Se dijo mientras le pegaba un mordisco a su bocadillo "Que no se puedan decir estas cosas en la realidad, y al final tenga que escribir una redacción típica de mi edad, llena de rosas y bazofia". 

3 ene. 2012

La abuela Tat y la música llena de historia.

Con la música de ese piano aprendí a andar. Me apoyaba en una de sus patas oscuras y daba pasos cortos en busca de alcanzar el rostro de mis seres queridos, de imitarlos para poder entrar en su círculo y no tener que quedarme apartada en un lugar desolado de la habitación. Aprendí a escuchar, y los oídos se abrieron como libros y dejaron que la música entrara y embargara mis sentimientos y se los llevara lejos de mí porque no pude pagar el último mes por falta de sonrisas. Con la música de ese piano aprendí a recordar, a ver esos instantes perfectos de mi pasado que jamás podría borrar de mi mente, y de mano de Mozart, de Bach, del gran Beethoven tocados por la abuela Tat en las teclas puras y blancas viajé a mundos en los que ya había estado, pero a los que me moría por regresar. Y aprendí a amar, a llorar, a susurrar, a recapacitar, a vivir, a soñar.
Pero la abuela desapareció, y cuando yo ya era mayor tiraron el piano por miedo a los recuerdos, como si ellos pudieran hacerles daño, el banco embargó la casa y viajamos lejos, para huir de algo que nos perseguiría hasta el infinito y más allá. Y mi dolor era más grande que toda la tierra, el mar y el cielo juntos, porque cuando las cosas nos hacen felices pensamos que serán para siempre.
Y solemos equivocarnos.

10 sept. 2011

El Violinista de Lágrimas 3

Tener el control de la situación siempre lo tranquilizaba. Por ello, cuando el hombre sacó su violín y empezó a tocar, sintió que todo a su alrededor desaparecía. Y cuando se hacía el silencio y el corazón empezaba a latir con fuerza las cosas no podían salir bien, porque ya no tenía control alguno sobre su cuerpo y la mente, fría, empezaba a calentarse. Al principio fue solo una nota, pero después el ambiente se llenó de sonido, las flores parecían cobrar vida con domisol. Ah sí, el sol, incluso el sol parecía iluminar más fuerte y él allí, observando la escena, sabiendo que si continuaba maravillándose no podría ejercer su trabajo.
Observó sus rasgos orientales, la sonrisa clara y llena de placer, el pelo negro, suelto solo en ocasiones como aquella, la camisa a cuadros medio abierta, los vaqueros rotos a la altura de la rodilla y las nikes negras, gastadas y sucias ¿Qué tenía que ver aquella mujer espigada y perfecta, de guantes blancos indemnes, pelo rubio y mirada despectiva con aquel muchacho joven, que no sobrepasaba los veinte, y que además parecía comerse el mundo a cada pieza de violín que tocaba?

30 ago. 2011

El Violinista de Lágrimas 2

La plaza estaba desierta y solamente varias palomas picoteaban del suelo mojado por las últimas lluvias. Mantenía la capucha sobre su pelo liso y castaño, los ojos abiertos lo justo para observar y una sonrisa que se atisbaba en la comisura de sus labios. 
Al principio había pensado que aquella vez iba a ser diferente, pero había sido solo una corazonada. O eso creía. La mujer le había pagado la suma de dinero correspondiente y había desaparecido sin siquiera dar su nombre, pero él sabía que volvería; siempre lo hacían. La curiosidad, la culpa los obligaba a retroceder de nuevo, así que en menos de dos meses el despacho se llenaba otra vez, los clientes preguntaban que tal, cómo había ido, si estaban a salvo e incluso algunos imploraban, pedían el perdón e intentaban pararlo, pero para la mayoría de ellos ya era demasiado tarde. 
Lo que pasara después no lo preocupaba. Sabía hacer su trabajo en silencio, oculto entre las sombras, y jamás lo descubrían. Nunca daba un nombre real ni enseñaba el rostro, y que decir de los trucos que se guardaba siempre en la manga. 
Seguro que más de un ladrón habría matado por tenerlos. 

20 ago. 2011

El Violinista de Lágrimas 1

Nunca había fallado en su trabajo. Sabía mantener la cabeza fría, bien alta, y llevaba a cabo todas las misiones sin titubear. Había tenido muchos clientes y ninguno había salido insatisfecho, pero sin embargo aquella vez fue diferente. Lo supo desde el momento en el que la chica de labios color carmín entro por su puerta, manos enfundadas en largos guantes de lino y manchadas por un cigarro a medio consumir que desprendía ceniza. Parecía sacada de una novela del siglo XIX, tan peripuesta, perfecta y curvilínea. Tomó asiento sin hablar y lo miró, visiblemente sorprendida. Estaba claro que esperaba algo más, como todos los que habían pisado aquella moqueta alguna vez. 

—Buenos días —dio una calada y, al ver que nadie respondía, prosiguió —he venido aquí para contratar sus servicios. Se trata de un varón, aproximadamente veinte años de edad. Tiene el pelo moreno, rasgos orientales, no demasiado espigado, pero tampoco ba...
—¿Tiene una foto? —interrumpió, inclinándose hacia delante. 
—Sí... sí, claro —balbuceó, rebuscando en su bolso y sorprendida por aquella falta de formalidad. Se la tendió al hombre, que la observó con detenimiento  para tirarla junto a otros papeles a un lado de la mesa —¿puede usted...?
—Claro que puedo, pero no le va a salir gratis ¿sabe?
—Ya lo había supuesto —la mujer le tendió un cheque y el hombre lo miró, sonriendo.
Era más que suficiente.

2 jul. 2011

La vida de Tat

Tat se montó en el tranvía que recorría toda la ciudad con zapatillas de estar por casa. Fue creciendo entre los asientos llenos de verde, entre las barras a las que se tenía que aferrar de vez en cuando para no caer, entre las personas que entraban y salían, que cruzaban palabras y experiencias con ella. De repente, el tranvía aceleró y fue tan rápido que algunos pasajeros tuvieron que sujetarse los sombreros, amenazantes con salir volando. Tat no sabía a donde agarrarse, a quien sostenerse para no caer. Había pocas caras conocidas y los extraños la miraban ofuscados. Se asomaba a la ventana y veía solo imágenes desfiguradas que desaparecían a los pocos segundos y se fundían con otras. El paisaje cambiaba tan a menudo que ya no sabía ni que pensar, pero como todo, el tranvía volvió a la normalidad, se paró en la siguiente estación y nuevas personas empezaron a subir y a bajar. 
Algunas llevaban maletas para quedarse y otras no aguantaban mucho tiempo, pero Tat hizo tantas amistades y compartió tantos secretos en aquel tren que el tiempo se le pasó volando. Volvió a mirar por la ventana y descubrió que la ciudad había desaparecido, sustituida por un campo lleno de amapolas en un anochecer perfecto. Llena de una paz infinita, Tat se quedó dormida en el tren y despertó a la mañana siguiente con el piar de unos cuantos pájaros. Había llegado a su parada. Bajó lentamente, sin prisas, sin maletas, y anduvo por la estación hasta que se la tragó la niebla.

26 abr. 2011

La pequeña gran historia de la pequeña gran Pam.

Pam le tiene miedo a los cuentos de monstruos y a las avellanas. Detesta las cosquillas. Ama los besos con la nariz y las sonrisas. Desde que sabe leer, lo hace siempre debajo de la almohada. Ha cogido prestada una linterna del enorme armario y seguro, seguro, que nadie la echa de menos.  En las vacaciones de verano, pone dos sillas -una frente a otra- y se crea su propia  tienda de campaña. - La verdad es que Pam es un poco miedica, y en vez de acampar en el exterior, lo hace en su cuarto, con el ventilador encendido y mangas cortas, a salvo de cocos y animales de orejas anchas-. 
Es una chica un poco especial, escucha jazz y, muy de vez en cuando, se permite el placer de la música clásica. Dice que es azul, como el mar, como el cielo, como las cosas bonitas, que tiene poderes mágicos que le  permiten internarse en mundos inimaginables y cuando se siente mal, con ganas de llorar, crea a leones que hablan, a estrellas caídas del cielo y a ella sin lágrimas.
(porque le gusta mucho imaginar)

4 dic. 2010

La chica del paraguas azul (8)

Eva abrió la puerta de su piso. El calor que le había infundido el chocolate se le había subido a los mofletes, que parecían cubiertos por capas y capas de maquillaje. La bufanda azul le calentaba los labios y Max no podía parar de mirarla. Ella no se daba cuenta.
Era como entrar en un mundo diferente. Las paredes color añil daban calma y los cuadros, colocados en desorden, causaban una pintoresca impresión difícil de definir. Se quedó parado en el portal, con varios copos de nieve pegados en el gorro y el abrigo desabrochado. 
- No es mucho, pero he intentado hacerlo mío, personalizar hasta el último detalle.
Sin duda lo había conseguido. 
Max entró después de titubear durante unos segundos, mirando anonadado a su alrededor, intentando no perder el más mínimo detalle de lo que le rodeaba. Era como estar metido en una obra de arte. 
- La casa es... es genial. Me encanta- parecía nervioso.
- ¿En serio? Nadie hasta ahora me había dicho nada de ella- Eva la mira de nuevo, como si tuviese que observarla bien para cerciorarse de que lo que el chico dice es cierto. Después se encoge de hombros-puede que la gente solo diga las cosas cuando están mal, para fastidiar. O puede que, simplemente, no se hallan dado cuenta. 
- Pues entonces la gente esta ciega- murmuró Max, maravillado y asombrado.
- O puede que no vean lo que no quieren ver- y sonrió, sabiendo que había dado en el clavo. 

I,II,III,IV,VIV, IIV

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