28 nov 2025

El libro roto

El libro roto, como las cuencas de los ojos del bosque, contiene muchas cosas aunque ya no esté; nuevo, brillante, recién sacado de la imprenta como un niño del vientre de su madre.

En la tendencia al rechazo de lo imperfecto, tendemos a ver el libro roto como una presencia defectuosa en medio de la habitación. Queremos cambiarlo, arreglarlo, deshacernos de él. Nos incomoda. Y al ser abandonado o, lo que es lo mismo, no escogido de manera voluntariosa, un libro deja de ser un libro. Pasa a formar parte de un montón de cosas más, y la banalidad le cubre todas las entrañas.  

Pero, si uno quiere al libro roto pese a todo, y lo puede tocar con la emoción y el intelecto, si este puede encontrar su casá -sofá y manta- entre otros tantos de la estantería, y residir ahí mezclando sus historias, entonces los golpes y fisuras podrían ser su nueva piel. Porque al final, qué es la herida, sino una consecuencia de existir. Como la manzana que se pudre, como el caudal del río que cambia, como la cuenca de los ojos de un bosque que, inmutable durante siglos, cambia en cada segundo un ápice de sí mismo, para seguir estando vivo.  

11 oct 2025

El desprendimiento

"y si un glaciar, se desprende así, no quiero pensar, que será de mí" Xoel López.

Es sábado y fuera las nubes caen a plomo sobre la casa. Sentada en mi estudio, recibo un mail de papá en el ordenador. Le he pasado una canción bonita y él me acaba de responder hablandome de que está escribiendo un artículo basado en su tesis de cuanto tenía treinta y seis años. Reflexiona sobre el pasado y de como permanecemos siendo los mismos pese a la constante mutación del interior y del entorno. 

Me levanto y miro por la ventana, cubierta de gotas de lluvia, la calle mojada. Me gustan estos días desenfadados, sin propósito particular, en los que solo se escucha el silencio y puedes mascar ideas sin prisas. Entonces el hogar se convierte en una prolongación de la mente y uno puede pensar casi en voz alta. Son en esos instantes cuando conecto profundamente con la vida.

Sí. Mi padre lleva razón. Así, tumbada en el suelo mirando el techo en medio de la habitación, como abandonada después del k.o en un ring, siento tirando de mi un hilo que conecta con todos mis anteriores "yo" y nos convierte en una sola cosa. Observo con total lucidez todo lo que nos diferencia, pero no importa. Es como un cristal empañado a través del que, pese a todo, se ve. No soy la misma persona que era hace cinco años. Tampoco hace diez. Y las reflexiones y preocupaciones de mi adolescencia se me antojan lejanas, superficiales, disipadas como vaho, pero pese a todo, hay una consistencia. En todos mis textos, en todas mis maquinaciones, en todos mis lloros, en todos los momentos igual que este que he tenido en tantas ocasiones. 

Así tumbada miro a la Alicia de ocho años. La conozco muy bien. Especialmente a ella vuelvo muchas veces. Es una niña melancólica, reflexiva, vehemente y algo cínica. Por entonces aún lo oculta, supongo que debido a la poca aceptación social que tienen todos esos atributos en los infantes. Un niño no debería ser ninguna de esas cosas. Son adjetivos un poco triste y demasiado serios. Pero Alicia lo es y por eso mismo se siente abandonada, desapegada de sus compañeros como un trozo de plastina blanda  arrancada de la masa principal. Hay algo en ella que difiere de los demás. Es como si estuviera, en el tablero, un paso más cerca del borde. Como si de solo estirar los dedos pudiera tocar el vacío, y el vacío la tocara a ella a la misma vez. Es un frágil equilibrio que a ratos encuentra poder manejar y a otros, la vence por completo. 

Eso es. Ahí está el hilo que nos une a todas. En el borde del abismo. Sale de mi piel y no hay manera de arrancarlo. No, pero ¿por qué debería hacerlo? ¿No es acaso ese hilo el único que mantiene mi cordura? ¿no es lo único que me conecta con mi pasado, con mi razón? Pero a la misma vez, si no lo arranco, tal vez termine volviéndome loca. 

Espera. Sé lo que necesito. Necesito esa canción bonita que le he pasado a papá. Me levanto del suelo, adiós al contacto con la fría baldosa, busco el correo, accedo al link. La música empieza a sonar. Y de la punta de los dedos me sale un cosquilleo, que camina por los brazos hasta el resto del cuerpo, y en el cristal de las estanterías de la librería, recortada por la luz de la ventana mojada, veo mi silueta bailar. Y entonces me brota a la misma vez, como una flor regada por la lluvia, la lágrima y la risa. Y ahí en esa habitación vacía, sin nadie observándonos, danzamos las dos. Yo y la Alicia de ocho años. Y entre nosotras, en los huecos que dejamos entre los movimientos, ahí están también, como diapositivas de una película antigua, todas las demás.

Melancólicas. Reflexivas. Vehementes. Cínicas.

Profundamente vivas.

 

 

1 jul 2025

La niña

Uno recuerda la infancia como si fuera toda una vida. Y en los momentos condensados de la memoria, sobresalen determinadas imágenes:

Las tardes en casa de la abuela Pilar con las primas, las mañanas de reyes magos donde en la salita de estar se acumulaban los regalos y uno podía verlos a través del cristal traslúcido de la puerta. Las comidas, las magdalenas, las risas y los juegos inventados en largas tardes que parecen retar el espacio tiempo en el cerebro. O las comidas en el Puerto, donde mi hermana y yo mirabamos por la ventana a través de los barrotes de la cocina, con los pies en el fregadero, mientras la abuela Sebas aprovechaba la distracción para meter una cucharada tras otra de una rica comida. Ah sí, y el taller del abuelo Paco, las virutas que acumulaba entre los dedos, el nítido olor a madera que aún hoy vuelve a mi memoria como el golpe de una ola cuando encuentro ese aroma en cualquier otro sitio.

Luego los años pasan y conforme uno crece le crecen también los huecos en lo interno. La magia desaparece, y la rutina cae como un manto pesado sobre la cabeza que hace castañear los dientes. Horas y días de cegera, de existencialidad, de necesidades cubiertas. 

Hasta que, mientras uno va en la bici pedaleando, o tiene un momento de silencio en el salón, con la aguja en la mano y la camisa rota en la otra, de repente pasa; algo da cuerda al subsconciente y uno puede observar el mundo con total claridad. Es como una maquinaría que abre el cerebro, y una vez abierto la apabullante sensación de estar vivo recorre todo el cuerpo hasta la médula. Son esos momentos de los que me alimento hasta rebañar el plato. 

Es que al final, sabes, en esos instantes me doy cuenta de que solo somos eso. Recuerdos y emoción. Construimos nuestra identidad alrededor de estas dos cosas y mientras tanto intentamos asirnos a la racionalidad, como un mástil en un barco a la deriva, sin conseguirlo nunca del todo. En el camino que vamos trazando nos persigue la niña de cuatro, seis, doce años que hemos sido. Nos persigue cargando toda esa época pasada como una nubosidad, ineludible, forjando nuestra personalidad en cada respuesta, en los vínculos con los demás que trabajamos cada día. Hay veces que me gustaría volverme hacia atrás y poder llevar a esa niña de la mano como si fuera mi propia hija, pero es imposible. Porque estamos ambas condenadas a no encontrarnos, en la mutua persecución infinita.

Pero no está todo perdido. Hay momentos en que la puedo ver, como un reflejo, por el rabillo del ojo. En las conversaciones con mi hermana, en la evocación de una anécdota con la prima. En el juguete que me regalaron los tíos, en la cocina de mi casa donde montamos entre mis suegros y mi madre aquella maraña de muebles. Y a media tarde, en la mesa con papá, mamá y la abuela, cuando me llevo un trozo de la tarta a la boca, y la abuela dice una vez más "¿esto lo has hecho tú? Está buenísimo", ahí la niña que he sido vuelve de repente y le puedo ver la cara y los pies y me sonríe, y sé que aunque hayan pasado muchas cosas, dentro de mí, ella sigue bien.  

Sí. Uno recuerda la infancia como si fuera toda una vida. Ojalá poder asir a todo lo que quiero de la mano como hacía con mis peluches cuando cría. Así no lo perdería nunca

nunca

nunca jamás.

 

 

17 jun 2025

El dolor de lo que uno es

Sostener

Sostener el presente como una cuerda que uno asa para no caer

 Y agarrarse a él con la lágrima en el ojo.

En la maldición del sentir, dar la vuelta al hechizo y agradecer

que la fuerza del dolor, del terror, del profundo conmover  

generan en estos momentos la euforia total de la existencia.

Regresar a lo primitivo,  

y entender el regalo de ser con esta piel, con este cerebro, con este 

nudo de cuerpo.

De que salga por la punta de la garganta hacia el exterior

con el aire que uno expira

la más abstracta emoción

pero que llena hasta las fosas nasales de intensidad.  

Darse cuenta del privilegio

que supone poder querer, pensar y sentir 

de esta forma.

Y que la grieta no es lo que rompe

sino lo que libera.

Conocerse tan a lo hondo

escucharse hasta los ecos,

y sentir el rotar de la tierra,

mientras gobierna el alma y la carne

el profundo amor de haber vivido. 

 

Alicia.