30 ago 2010

Ya no quiero saber nada más de historias de amor...

Bueno, anunciaros que "Ni en el blanco de los ojos" se acabó por el momento y que dentro de poco aparecerá "La chica del paraguas azul"... y que la imagen, por supuesto, es de Norae Lebowski.

"Ya no quiero saber nada más de historias de amor." Se dijo una mañana, nada más levantarse "todo lo que dicen no son más que cuentos." Por entonces no tenía más de ocho años y soñaba con Peter Pan, con Campanilla y con no crecer nunca.
El problema era que no sabía que uno crece, avanza, y que el amor se encuentra. No se dio cuenta hasta que lo tuvo delante, hasta que ya no podía huir de él ni de sus problemas. Todos sus miedos se reflejaron en sus iris pardos. 
No sabía lo que era el amor, nunca había tenido que enfrentarse a él, ni experimentarlo... y cuando lo hizo gritó al cielo llena de rabia por fuera y por dentro.
La vida la había estafado, la había engañado. Había crecido y Peter Pan se alejaba corriendo, con prisas. Ahora no era más que una Wendy adulta, que iba alejándose del País de Nunca Jamás... y ese jamás se convertía en siempre. 
La vida nos da regalos, nos invita, y nada más que hay que saber aceptarlos.

27 ago 2010

Ni en el blanco de los ojos (5)

Dani tiene un padre del que se siente orgulloso. No es rico, no tiene fama y ni siquiera ha salido nunca en la televisión. Algunos niños de su clase se ríen de él a carcajadas y le dicen que se deje de tonterías y de presumir de algo que es penoso. Hay veces que Dani se tiene que morder el labio inferior para no llorar e impedir que las lágrimas broten de sus ojos. Su padre ha llorado muchas veces, a escondidas, porque no quiere que la gente le vea frágil e impotente, pero su hijo se asoma por la rendija de la puerta sin que él se de cuenta y lo ve casi todas las noches. Allí solo, tirado en la cama como un niño pequeño que no sabe más que patalear.
Al principio, cuando las cosas acababa de suceder, todo el mundo los miraba con respeto y agachaba la vista como si les diera miedo mirar aquellos ojos llenos de dolor. De repente los profesores, los niños y muchas personas que apenas conocía se volcaron con él y le dieron ánimos falsos de los que pronto se olvidaron. Ahora él no es más que un niño que estudia en un colegio como todos los demás.
Su padre se desahoga con lágrimas y él lo hace a través de versos y párrafos en las servilletas de los hostales en los que duermen. 
Y si ya no nos queda nada dime porque te fuiste,
ahora somos dos sombras en lo oscuro de la noche...
Solos, sin nada, caminando sobre el barro de la lluvia de un ayer lejano.
Deja que cuente estrellas como lo hacíamos los dos
una, dos, tres, cuatro... y tengo la esperanza
la vana esperanza... de que tú seas una de ellas
mamá.

Álvaro tiene un padre del que está más que harto. Cada año, por su cumpleaños, le hace regalos que él ni siquiera quiere. Por su doceavo cumpleaños le regaló un coche teledirigido color rojo... ¡Color rojo! Y mira que le dijo veces que lo quería azul. Pero es que a Álvaro nadie le hace caso. Su madre anda de aquí para allá, siempre liada, con miles de trabajos por delante. Está en Dublín, en Edimburgo, en Kyoto, en Pekín, en Tolouse, en Roma, en Venecia o en Washington... pero nunca en casa. Era el día de la madre y ni siquiera le pudo dar el regalo que le había comprado. 
Sus amigos y compañeros le miran con envidia. Vive en una bonita mansión a las afueras de la ciudad y va al colegio en un perfecto coche caro que todo el mundo se queda mirando. Álvaro sueña algunas noches que del coche sale su padre y le lleva al colegio. Como todas las mañanas el que sale del coche es Roger, el mayordomo tan viejo y tan clásico que es más padre que el de verdad. 
Las mañanas del sábado hace fiestas en su casa e invita a todos los niños populares de la clase. Están siempre Anton, Claudia, Cristina... y el ego de cada uno les acompaña. 
- Esta es mi casa-explica-el cuarto está en la tercera planta y se puede subir en ascensor. 
No hacen falta más de dos segundos para que todo el mundo esté dándole a los botones de este y subiendo y bajando. 
Pero a Álvaro nada de esto le hace feliz, no todo lo feliz que desearía estar. Por eso exige, exige tanto. Por eso pide siempre cosas caras que después no usa u obliga a sus padres a apuntarle a deportes que deja en pocos meses. Y en realidad le daba igual que el coche fuera rojo o azul, o amarillo o blanco... solo quería que él y su padre fueran juntos a comprarlo. 
Pero él nunca entró en la tienda de juguetes, y al final fue Roger quien lo encargó para que se lo trajeran a casa.

25 ago 2010

Ni en el blanco de los ojos (4)

Yo soy como tú, aunque no te des cuenta...ambos somos lo mismo, pero también somos diferentes. Nos unen muchas cosas y nos separan otras, pero no por eso yo soy peor y tú mejor, pero no por eso yo tengo menos derecho que tú, menos vida, menos elecciones... 

Carla era de esas mujeres que siempre llevaban un cigarrillo entre el dedo índice y el corazón. Por costumbre tenía el cinturón desabrochado y unos pantalones vaqueros a los que se empeñaba en llamar Jeans. Su archivador estaba repleto de dibujos que ella misma hacía y que después solía pegar por las paredes de su apartamento compartido. Llevaba el pelo suelto, apenas sujeto por una enorme cinta roja que le caía por el hombro y se fundía con las camisas de manga corta llena de estampados superfluos. Cuando entraba en la universidad no se molestaba en mirar a nadie, solamente caminaba erguida y recta, sin titubeos ni temores. 
Por las tardes se reunía con Molly en el café y hablaban. 
- No seré un jarrón caro en una casa pija, amor-y daba una calada a su cigarro-nací en una familia con dinero y no permitiré que mi carrera sea la de florero perfecto. 
Casi nadie la apoyaba y todo el mundo la miraba por encima del hombro ¿Pero sabéis qué?
Lo consiguió. 
Ahora trabaja de profesora en un colegio a las afueras de la ciudad. Algunos dicen que es feliz, otros que es una amargada. A ella le dan igual los comentarios.

Raúl llega del trabajo tarde, por eso todos dicen que es un buen padre de familia. Tiene una hija de ojos color del mar y un niño casi perfecto. Su mujer lo espera por las noches con un pijama de lino que él le compró por su cuarto aniversario de casados. Ambos cenan junto a la ventana, pero ni uno ni otro giran la cabeza para admirar la inmensidad de la luna, la luz y el alo perfecto que hace que la oscuridad se convierta en magia. Se levanta temprano, coge su maletín oscuro, de esos que solamente son capaces de transportar cosas importantes, y sale por la puerta después de darle un beso a su mujer. Ella le despide sonriente y se vuelve a acostar. Poco después lleva a los niños al colegio. Una vez los deja en la puerta corre hacia el supermercado y compra pan, leche, huevos y patatas para hacer una tortilla. Carga con las bolsas hasta su casa y se mete en la cocina. Coge la plancha y baja del primer piso montones de ropa que han quedado acumuladas encima de la cama. Son las doce de la mañana cuando hace la cama de los niños y la suya propia, se agacha y le duele la espalda. Baldea el patio, friega las baldosas del pasillo y riega las plantas de la azotea. Prepara la comida para los niños mientras hace una llamada de teléfono a su marido, que se ha dejado la cartera en casa. 
- Ven tú a traérmela-le dice.
- Cariño, que estoy muy ocupada y los niños van a salir ya. 
- Encima... no digas chorradas. Tú allí en casa y yo trabajando aquí que ya no puedo más.
Unos segundos de silencio y el teléfono está colgado.
Pi. Pi. Pi. Pi. Es lo único que se escucha.

24 ago 2010

Ni en el blanco de los ojos (3)

Nora Wells es una viejita que siempre está sentada a la puerta de la chocolatería las tardes de invierno. Lleva por abrigo una toquilla que ella misma se ha cosido y se mece sin prisas, hacia adelante, hacia atrás... Hace punto mientras inventa vidas. Aquel hombre que pasa corriendo seguro que tiene prisas porque llega tarde al trabajo. Su mujer no le ha despertado de la siesta debido a que ayer tuvieron una pequeña discusión y andan bastante enfadados. Su hija había llegado después de un largo viaje a Nueva York (cosas del negocio) y fue la que lo despertó. 
Aquella de las enormes gafas de sol es una pija arruinada. Se gastó todo el dinero que tenía en una enorme mansión a las afueras de la ciudad y en chalecos de pieles que resultaron ser falsas. Le gustaría comprarse un buen coche para no tener que ir caminando a todos lados, pero apenas le queda para sobrevivir al día a día. 
Cuando termina el jersey para su hija se levanta sin ayuda y se encamina hacia su casa. Sube las escaleras y ve como el sol se empieza a poner. Un bonito atardecer desde la ventana de su dormitorio mientras alguien toca el piano en el piso de abajo.
Mi, do, re, sol, la, do...
Sin prisas, con pausa.

Jessica Swan tiene un buen trabajo de abogada en el centro de la capital. Entre sus idas y venidas ha conocido a un muchacho cuyo nombre se le viene cada dos por tres a la cabeza. Llega del trabajo a las dos de la tarde, deja las llaves sobre la mesa que hay junto a la puerta de entrada y se tumba en el sofá a descansar. No es capaz de estar relajada más de diez minutos por lo que cuando el reloj da la y diez se levanta como un resorte y se pone a dar vueltas por la casa. Son las cinco y cuarto de la tarde cuando entra en su estudio y empieza a remover papeles y archivadores. Se sienta en la silla, se cruza de piernas y muerde la punta del bolígrafo con ansias. Poco después empieza a escribir. Toca el reloj las siete en punto y el ordenador acaba de encenderse. Se oye la musiquita de bienvenida por todo lo alto y después solamente acompaña al silencio el pulsar de las teclas. 
Lo que Jessica no tiene planeado es que a las nueve esa noche tiene una cita en un hotel romántico de cinco tenedores ¿Será por eso por lo que está tan nerviosa? 
A las ocho menos cuarto es cuando se relaja. Baja las escaleras enfundada en sus zapatillas de estar por casa y cierra los ojos. Alza las manos y empieza a tocar el piano. 
Mi, do, re, sol, la, do...
Sin prisas, con pausa.

23 ago 2010

Bicicletas y flores de papel.

Gracias a Natt por este premio tan lindo: Blog un pedacito de cielo. Las reglas en este link.

Cogieron las bicicletas y salieron a dar un paseo cuando la marea estaba alta. Ella se llamaba Pamela y él se apodaba Matii. No tenían idea de quien eran el uno para el otro y sin embargo sabían que algo más que tardes y puestas de soles los unían.
Pamela decoró aquella tarde su bicicleta con una flor de papel de periódico, llena de letras ilegibles y distorsionadas por gotas de café. Matii sacó un cigarro de su cartera y empezó a fumarlo lentamente, haciendo arcos de humo que se escapaban en el aire.
Uno odiaba el silencio, el otro lo amaba. Uno ansiaba la soledad y el otro era incapaz de soportarla.
Tan diferentes, tan distintos, pero capaces de fusionarse y convertirse en una sola cosa, capaces de soltar carcajadas a la vez por temas sin sentido y que ni siquiera hacen gracia.
Efímera coincidencia, efímero destino.
Hechos el uno para el otro.

20 ago 2010

Ni en el blanco de los ojos (2)

Jacob es judío. Guarda debajo de la cama un libro que contiene palabras extrañas y que jamás ha leído. Su padre lo lee siempre al despertar y dice que le ayuda a empezar el nuevo día. Él lo ha intentado varias veces, pero las palabras son tan pesadas y difíciles que sus ojos se cierran poco a poco y el sueño le juega malas pasadas.
A media mañana cierra la ventana de la buhardilla y empieza a recitar la lección de cada martes convirtiéndolo en una rutina diaria. El verano y el invierno pasan para él como trenes que se pierden en el horizonte poco a poco. La oscuridad le rodea y hace que se sienta ciego a veces y sin saber hacia donde debe de ir.
Algunas noches, cuando oyen ruidos extraños allá fuera deben dejar de cenar y esconderse rápido debajo de la cama. Quietos, muy quietos... y saldrán después de que el ruido se haya silenciado, solo después de estar seguros.
Es Mier la que les da la comida. No tiene más que abrir el armario y la pequeña puerta cuadrada por la que se cabe a rastras.
Jacob es judío. Lleva sin ver la luz del sol más de dos años.

María es atea, pese a que sus padres digan siempre lo contrario. Guarda debajo de la cama un libro que contiene textos vulgares e ideas fantasiosas e imposibles. Su padre no lee nada al despertar porque dice que no quiere estresarse nada más empezar un nuevo día. Ella, en cambio, debe leer siempre algo... sino los ojos se les cierran poco a poco y el sueño le juega malas pasadas.
A media mañana se toma el bocadillo y sale al recreo. Poco después tendrá que presentarse a un examen de matemáticas para el que apenas ha estudiado. El verano y el invierno son estaciones siempre deseadas. La luz le da en la cara y hace que a veces parezca que ha ido a la playa.
Algunas noches, cuando oye ruidos extraños allá fuera cierran las ventanas y el silencio se apodera de nuevo de la habitación. Cuando terminan de cenar ella se va a la cama a leer un buen libro con una tenue luz de fondo y sus padres se acuestan en el sofá a ver la televisión.
Es Matilda la que les da la comida. No tiene más que abrir la nevera y dejar carne, pescado y fruta para la mañana siguiente.
María es atea. La luz del sol la despierta cada mañana.

18 ago 2010

Tarde de verano.

Recuerdo que quedamos en la estación de trenes que iban hacia el norte. Tú con aquella motocicleta llena de barro de los años sesenta y yo con las sandalias que Aura me dejó un año pasado y que ni siquiera pude devolver. Cada vez que me las veías puestas decías que tenía un pedacito de ella pegado a la tierra.
Nos sentamos en aquellos incómodos asientos y empezamos a contar las nubes que éramos capaces de ver por encima de aquel techo ya casi opaco. Algunas hojas acumuladas danzaban de un lado para otro y nos tapaban la vista. Entonces tu parabas de decir números al azar y me mirabas... aún siento tus ojos verdes recorriendo mi rostro, tu sonrisa y tus dientes blancos.
- Ya no tengo ganas de contar nubes-me decías.
- Yo tampoco. Contemos esta vez pájaros.
- Por aquí no pasan pájaros.
Yo te miraba ofuscada y miraba hacia el cielo por si veía a alguno pasar. El sol me daba en los ojos y tú cogías tu gorra y me la ponías en la cabeza... ya no sé si puedo contar las veces que hicimos aquello, las veces que nos mirábamos y reíamos durante minutos prolongados.
- Por aquí no pasan pájaros-repetías, pero yo y mi orgullo ni te hacíamos caso.
Caía el sol de la tarde y ambos nos levantábamos. Cogías la chaqueta, te montabas en tu motocicleta y me mirabas, esperando que yo hiciera lo mismo. Justo entonces bufaba, miraba el reloj-las ocho y cuarto-y me sentaba tras de tí.
- Por aquí no pasan pájaros-sonreías.
- Ya lo sé, ya lo sé, pero siempre es bonito tener esperanza.

16 ago 2010

Ni en el blanco de los ojos (1)

Said tiene una sonrisa de oreja a oreja como su nombre indica. El alba le sorprende cada mañana sacando cubos de agua del pozo y cuando ve el sol salir un carcajada escapa de él. Su hermana llora a su espalda, él después llega a casa y tiende la camisa para que se vaya el sudor, las lágrimas y la suciedad. Pero el dolor se adhiere y se adhiere y es muy difícil quitarlo. Su madre dice que hay que restregar con fuerza y con constancia. 
[El sobrevivir no es vivir.

Un alba en Afganistán es un milagro, y los que la ven siempre se sienten afortunados. Solamente algunos necios no lloran ni sonríen cuando aparece. Sus caras serías no sufren cambio alguno. La madre de Said dice que la gente no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde. Pero ella, por supuesto, no llama gente a cualquiera... porque también dice que en el mundo hay gente, gente y personas. 
Said quiere ser una persona... él solito se ha dado cuenta de que en la vida hay mucha gente y muy pocas personas, sí...
[por desgracia...

Miriam tiene lágrimas todo el día en las mejillas. El alba le sorprende cada mañana durmiendo. Hay veces que sueña con conejos rosas y otras veces lo hace con un poni. Su hermana llora, ella suelta una palabrota y su madre la calma meciéndola, después le dice que solamente es un bebé y que llora porque se ha hecho caca y porque no es capaz de hablar. Pero eso ella no lo entiende y le dice a la hermana que se calle y se vaya a freir espárragos.
[El derrochar no es vivir.

Un alba en Europa es otro día que hay que soportar, y los que la ven tienen ojeras y están estresados. Solamente algunos necios lloran y se ríen cuando aparece. Sus caras siempre sufren algo cambio, se les ilumina el rostro. La madre de Miriam dice que hay que rezar por las personas que no tienen casa, después sale de la habitación y se unta una tostada con mantequilla recién hecha. 
Miriam quiere ser una princesa... ella solita se ha dado cuenta de que si es ella la que controla a los demás siempre podrá hacer lo que le de la gana. Hay gente así en el mundo, sí...
[por desgracia...

13 ago 2010

Hablábamos...

De los besos que me distes
de los besos que me dabas
y de las palabras que se te escapaban
entre-ellos. 



Imagen de Varadera

12 ago 2010

Silencio.


Foto de Ibai Acevedo


Burbujas cristalinas, transparentes, suben hacía la superficie impulsadas por una fuerza invisible, pasan ante mí y me hacen cosquillas... poco después explotan.
Pop. Pop. Pop. 
Ya no son nada, el agua vuelve a ocupar de nuevo su lugar y no queda rastro ni huella.
El silencio se extiende y solamente se puede escuchar el leve movimiento de mi cuerpo dentro del agua, los latidos de mi corazón acompasado.
Me voy quedando sin aire y salgo de nuevo a la superficie.
Lo primero que escucho es el canto de un pájaro que, subido en una rama, me observa.

Las cosas vuelven a ser de nuevo como antes.
El silencio
se desvanece 
con prisas. 


10 ago 2010

Donde los problemas se van con un café...

En una calle cualquiera de París, a altas horas de la madrugada:
Una cabina de teléfono llena de pintadas escritas en francés: oh, c'est mon amour, y nombres extraños, firmas... Un coche escarlata cuyo conductor tiene medio cuerpo fuera y grita algo a un taxi que se hace el sordo... En la acera de enfrente un borracho se agarra a una farola que apenas es capaz de dar luz. 
En un café que hace esquina una camarera sirve tazas decoradas con fotos de la Torre Eiffel, una de ellas, escurridiza, resbala y cae al suelo, el café se esparce por toda la acera y crea pequeños ríos que terminan desembocando en la alcantarilla. 
Dos mujeres, mientras, charlan encogidas en una mesita de mármol.
- ¿Quieres un cigarrillo?
- Esta noche no. 
- ¿Por qué?
- No tengo ganas de nada.
La que ha formulado la pregunta da otra calada y el color carmín del pintalabios impregna el papel.