24 may 2012

La página dónde quedan los recuerdos.

Zimbané vivía enterrada en un mundo de bibliotecas, alejada del cielo, de la tierra, de todo lo tangible. Hundía la nariz en la tinta del papel y cerraba los ojos a la espera de que las sensaciones subieran por toda su espina dorsal y estremecieran a su cerebro. Creía que en los libros se encontraba su felicidad y, en parte, estaba en lo cierto, pero estaba sola. Y la soledad nos vuelve amargados, apesadumbrados y locos. 
Sin embargo, un día Zimbané descubrió los rayos de sol sobre la piel, el aire rozando las mejillas y el beso del amor, y corrió fuera de aquella habitación oscura, dejando la silla vacía y el libro abierto por la página trescientos seis, dónde desde entonces se acumulan todos sus recuerdos.

17 may 2012

La señorita que estaba enfadada con el mundo.

Me sé de una señorita llamada Plisplas que está enfadada con el mundo. Enfadada porque nadie deja de contaminar, porque se ríen de nosotros, porque nos manejan. Y sobre todo porque nos influyen. Plisplas odia que le digan lo que tiene que hacer, o que le metan las cosas en la cabeza a presión. Si tiene que estudiarse veinte páginas de evolución y catorce de letras perfectamente escritas, pues se pone de morros y se enfada. Plisplas piensa que, para aprender, ya están los libros, y que a la cultura no hay que forzarla porque al final pasa lo que pasa, y es que como todo lo que se hace sin ganas, termina siendo una losa en vez de una pluma, y nadie quiere saber. Plisplas llega a clase y le meten una letra detrás de otra. Le hablan de miles de nombres, de lugares impronunciables, y le dicen que se tiene que aprender la tabla del 523. Pero no le cuentan los sueños de esos nombres, ni porqué hacían lo que hacían, o de si sus ojos brillaban cuando sonreían. Tampoco relatan historias de esos páramos desiertos, las pesadillas que sufrió el explorador intrépido que los descubrió, ni desmenuzan ese número, juegan con él a las cartas y lo vuelven del revés.
Por eso, entre otras cosas, Plisplas sigue enfadada con el mundo. 
Ojalá que las cosas cambien, y se le pase.

13 may 2012

El niño de Júpiter.

El niño de Júpiter olía a menta y tenía mucho imaginación. Llegó como llegan los mejores, con una sonrisa en la cara y un poco de hollín en las mejillas. Cuando aterrizó en el parque, bajó de su nave espacial como un héroe, pero no vio a nadie que fuera a recibirlo. El niño de Júpiter vagó durante horas por las calles desiertas de la ciudad, tocó los árboles desnudos, la hierba al pie de la escalera de metal y la bombilla de una farola que daba calor. Y cuando estaba a punto de darse por vencido, vio al final de los adoquines unos ojos tan intensos que se removió todo su interior. Quiso acercarse a ellos, explorar la cuenca de aquellos iris chocolate, pero empezó a llover, parpadeó y, cuando quiso darse cuenta, ya no estaban.
Desde entonces, El niño de Júpiter ha buscado por todos los países, los planetas y las estrellas que ha podido, pero no ha vuelto a encontrarlos.

5 may 2012

Hay algo en el corazón de hielo de Pam.

Y entonces, Pam se enamoró. Fue como si una chispa se abriera en sus ojos, una luz que se reflecto en sus pupilas y desapareció tan rápido como había venido. Un momento antes no sentía nada, y ahora había algo en su estómago. Algo que todos llamaban mariposas. Dentro, muy dentro de la pequeña Pam, allá donde el corazón guarda sus más íntimos secretos, la muralla de hielo se convirtió en escombros, se derritió, y las mariposas volaron dentro de ella, se mezclaron con su sangre y la hicieron sonreír.

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