
Costosamente, arrastra su cuerpo fuera de la habitación, y sus ojos observan el pasillo. No tiene miedo, pero siente su corazón latir con fuerza. Miles de posibilidades estallan en su cabeza e impiden que los pensamientos desfilen correctamente y en orden. Su parte racional dice que no debe temer nada. Su otra parte, esa indefinida, tiene ganas de gritar.
Entonces descubre que si que tiene miedo. Un miedo infernal por lo que pueda suceder.
Margueritte está acostumbrada a una vida perfecta, sin interrupciones. Todos los hechos se desarrollan ligeramente, con cierto desdén en ocasiones. Cada uno puntual y en su momento. La vida de Margueritte es, tal vez por desgracia o por suerte, perfecta. Los pensamientos se enredan en su mente de nuevo. ¿Un ladrón?¿Un animal?. No quiere pensar en nada más extraño. Cierra los ojos, inspira hondo y da un paso hacia adelante. Y otro. Entonces descubre una sombra al otro lado del pasillo, pero su agonía dura solo unos segundos.
David. Es solo David.
Y vuelve de nuevo a llegar tarde.






