28 jun 2011

Cigarettes VI

Había una vez dos partes de una misma historia, dos corazones entrelazados y palabras de tinta que se fundían en el mar. Había una vez dos pares de ojos grandes que jugaban a imaginar. 
Alma había soñado con aquel momento tantos meses, tantos años, que no sabía si de verdad era real. Cada varios minutos debía de pararse a pellizcar su mejilla sonrojada para estar segura de que no tenía que despertar, pero no, allí estaba él, prendiéndole la cintura, con el sombrero borsalino de paja que le hacía parecer un explorador intrépido, místico y oculto en si mismo. De repente, en aquella puesta de sol junto a la calita en la playa, Alma se preguntó cuantos lugares había explorado antes de aquel momento, cuantas veces había pensado en ella y si en algún momento le había dicho su nombre a las estrellas. 
(Ella sí que lo había hecho, tantas veces que seguro que sus palabras habían dejado estelas en la Vía Láctea). 

Gigarettes no empieza aquí. 

24 jun 2011

Repartían felicidad en forma de caramelos.


Le volvía loca la trenza sabor a fresas de Samanta, los abrazos a corto plazo y la mirada azul que siempre le lanzaba. Cuando se encontraba mal ella le limpiaba las lágrimas, sonreían y se besaban.
- Vamos a bailar. 
- Ya sabes que se me da fatal. 
- Da igual, me gusta ver la imperfección en lo perfecto. 
Bailaban y bailaban, los pies de una sobre la otra al ritmo de la elegia de los pianos de Bach, y cuando se cansaban apagaban el reproductor de música y se sentaban en el sofá vintage lleno de estampados con una bolsa de palomitas de mantequilla en el regazo. 
Hay quien dice que estaban locas, que lo que ellas tenían no podía ser amor, pero ¿sabéis qué? Claudia y Samanta alargaban la vida con cada sonrisa, repartían felicidad en forma de caramelos y cuando alguien les decía que estaban enfermas y que debían de arreglarlas contestaban que no eran muñecas de trapo fáciles de manejar y que si se les rompían las costuras ya se tenían la una a la otra para reparárselas.

Participo en esto, ¿por qué 
no  te unes tú también?

18 jun 2011

He subido a hombros de gigantes.

-Sentirlo aún más-
No puedo mentirte. Es cierto. Soy un soñador. Un soñador en este mundo de perfectos, de cuadrículas infinitas. Cuando era pequeño me creaba un tarrito de deseos y los iba depositando dentro poco a poco, como si así pudiese comprar la felicidad. Me gusta leer y vivir historias imposibles porque creo en la magia de las letras. Escribo para desahogarme, para mostrar a los demás un pedacito de mí y no cerrarme entre muros de papel que al final nunca sirven para nada. Por la noche vuelo en el barco de Peter Pan sobre la ciudad y empapelo las paredes de mi casa con Campanillas de colores. Odio a los superficiales; critican lo que no se puede cambiar y son ciegos a la verdadera belleza. Me esfuerzo por vivir, no por sobrevivir y me gustan me encantan las estrellas.
No puedo mentirte. Es cierto. Soy un soñador. 
Y si he logrado ver más lejos ha sido porque he subido a hombros de gigantes*.

* Isaac Newton.

10 jun 2011

Cigarettes V


Cigarettes ha empezado unos cuantos atardeceres atrás. 

No era Alma. Era su hermana. Su hermana gemela. 
Dean tenía ganas de mirar hacia el cielo sin nubes, de no coger el teléfono y dejar que sonaran los tonos. De sonreír. La miró con aquellos ojos que se habían tragado la mitad del mar y quiso cogerla de la mano y regresar de nuevo a la realidad (porque se había estancado en un mundo de perfectos momentos).
Salieron a la calle para que el aire les reconciliara, armados con gafas de sol y un atardecer entre las casas labradas y viejas. Caminaron largo y pausado entre setos y adoquines por los que fluía el agua y charlaron, hablaron tanto que hubo un momento en el que se les trataban las palabras y, para no hundirse en un silencio incómodo, se besaron. 
- ¿Sabes que yo voy a ser astronauta? 
- ¿Ah, sí? ¿Y que harás cuando pises la luna?
- Gritaré que nos amamos, y seguro que el universo está de acuerdo.
- ¿El universo entero?
- El universo entero y su infinito.

3 jun 2011

Desaparece.

Me habían golpeado en la boca. Pero no me  sangraba. Me habían pegado en el estómago. Pero no vomitaba. Me habían dado en el corazón. Pero seguía latiendo como si nada. Habían pataleado en cada una de las partes de mi cuerpo y yo seguía llena de vacío, ahogada sin agua. Muerta en los recuerdos.
Eso pasa por contar las cosas. Me dije. Por intentar arrimar a mi alma aquello que está dañado. Por consolarlo. Confié en uno y al final mil me devolvieron la gracia. Ya no me miraran. Al menos no de la misma forma. El rumor/ se esparcirá/ más rápido/ que el viento.  
Soy estúpida. Una maldita e idiota estúpida. Dicen que las estocadas van por la espalda, pero no es cierto. Te dan por todas partes. Se ríen de ti. Te acuchillan a mentiras y al final siempre te matan.

Lo siento, pero ya no tengo
  ninguna gana de 
resucitar.

30 may 2011

Babedú no era gris.

Cuando Raquel estaba sola, cuando no le gustaba la compañía o cuando le reñían siempre dejaba salir a Babedú. Era como su parte fuerte, su otro nombre. Una chica atrevida, infatigable, que cruzaba abismos de un salto, se enfrentaba a dragones de nueve cabezas y no le tenía miedo a nada. Una chica sin gris.
Raquel se sentaba en una esquinita, cerraba los ojos, abría la mente y se imaginaba una escena digna de cualquier novela de aventuras en la que ella era la protagonista. Era su forma de aislarse de aquello que no podía soportar. Así, cuando los mayores la veían distraída, siempre decían: ¡ay esta niña, todo el día pensando en las musarañas! Pero no. Pensaba en Babedú, que no tenía nada que ver con las musarañas y además era mucho más bonita.
A ella todo el mundo le hacía caso. Era una heroína. Cada vez que regresaba de una misión imposible la aclamaban, envidiaban y deseaban. ¡Viva Babedú!¡Viva Babedú! Gritaban manteándola y llenos de sonrisas.
Pero Raquel tenía que regresar a la realidad, y entonces todo su mundo desaparecía y volvía a ver de nuevo la cara de su primo llena de granos, sentía los insoportables pellizcos de su tío en las mejillas y las riñas de sus padres por estar todo el día en las nubes. Al menos. Pensaba Raquel en esos momentos. Aún puedo regresar con Babedú y seguir viviendo sus infinitas historias.


El blog va a alcanzar los 1.200 
seguidores dentro de poquísimo 
y he hecho un vídeo de 
agradecimiento que  espero 
que podáis ver. Una vez más
MILES DE GRACIAS.


19 may 2011

Un puñado de estrellas.

María estaba harta de los niños buenos, del "te quiero", de ser paciente con todo el mundo y recoger la basura de los otros, de que por cada paso que diera le pusieran tantas zancadillas que al final se le desollara las rodillas. María estaba harta de deshojar la verdad con la mirada y de sonreír tan fuerte que al final siempre terminaba bebiéndose el mar. Últimamente no había brillo en su mirada ni corazones en las camisetas a rayas. Antes soñaba con cambiar el mundo y al final este dio tantas vueltas en tan pocas veinticuatro horas que llegó la noche antes de que se pudiera dar cuenta.
María fingía que le hacían gracia las personas que crecían con los insultos a los otros, pero lo cierto era que le dolían tanto que lloraba antes de dormir y al final siempre se levantaba en lagunas. Sentía como el mundo se le venía encima, que vivir era como caminar contra una ventisca con nieve, que el corazón le sangraba y se sentía una barco a la deriva. 
Pero una tarde de heridas recordó que levantarse era obligatorio, empezó a ir hacia arriba, avanzando lento, muy lento, y borró el punto y final para dejar su historia sin finalizar. Cuando iba a tropezar se levantaba con la cabeza bien alta, sonriente, y al final nunca terminaba por llorar por no haber visto el sol porque recordaba que, si lo hacía, no podría admirar la inmensidad de las estrellas. 

8 may 2011

Cigarettes IV

Alma y Dean no quieren que empieces por el final.

Alma abrió los ojos -casi como platos- y sonrió. Sonrió tanto que al final aquellos sonidos se convirtieron en carcajadas e inundaron toda la habitación. Dean, sin entenderlo, seguía plasmado en la puerta, desafiante, tenso, revelador de su propio secreto. 
- Pero que tonto que eres - se tapó la boca con la mano y gimió. Varias lágrimas cayeron por sus mejillas, pero se las secó antes de que resbalaran por el mentón - ay Dean, ay Dean... - repitió, mirándolo a los ojos - ¿de dónde te he sacado yo? 
El chico se acercó a ella sin entender lo que ocurría y se encogió de hombros vacío en palabras. 
- No entiendo Alma, lo siento pero no entiendo nada. 
La chica abrió la boca, pero el sonido de alguien en la puerta hizo que ambos giraran la cabeza. Una réplica de Alma fumaba mirándolos. Llevaba los ojos pintados de negro y parecía rebelde, mucho más rebelde que su hermana. Un chico apareció a su lado y los miró.
- He venido a recogerla, le prometí un día en la playa después de tantos meses fuera de la ciudad. 
Dean miró a Alma, que aún sonreía con lágrimas en los ojos. La chica se llevó una mano a la boca y soltó otra carcajada. De repente, todo era tan claro como el agua. Aquella era la hermana gemela de Alma y el chico de su lado el recibidor de sus besos.
- ¡Y yo que me preguntaba quien se había tomado mi tazón de cereales! - exclamó Alma, sonriendo.
Todo aquello había quedado, por suerte, en una terrible confusión.

2 may 2011

Cigarettes III

Dean y Alma un poco más atrás.

- Maldita sea, Dean, habla ya - gritó Alma, sintiendo el silencio en cada poro de su piel. 
Pero el chico no contestó y siguió leyendo el libro de astronomía. Con un nudo en la garganta, la chica cogió uno de los cojines y se lo tiró a la cara, pero el joven siguió sin inmutarse - ¿Pero que se supone que te he hecho yo? - gimió, tapándose la cara para que no la viera llorar. Todas las tardes muriéndose por Dean, todas las tardes deseando una mirada suya, una palabra suya, un abrazo suyo. Lanzando sonrisas que al final él nunca correspondía. Pensando que no podía ser, que él no la quería, que nunca jamás lo haría. Dean levantó la mirada del libro y la observó. Sus ojos estaban gélidos como el hielo y parecían llenos de dolor. 
- Ese es el problema. Que no me has hecho nada. Que me ignoras, que pasas de mí y nunca me dices ni media palabra. Que voy a la cocina y te encuentro allí, besando a un don cualquiera con el tazón de cereales que yo te preparé en la mano. Pensé, no sé... - tenía los ojos vidriosos, pero se recuperó de repente- pero ya da igual, estoy cansado de tus miradas de niña buena, de tus sonrisas... de que juegues conmigo de esa forma. 
- Ay, Dean... - murmuró Alma, llevándose una mano a la boca. Se acercó a él lento, muy lento, hasta que estuvieron labio frente a labio.
Entonces Dean se levantó, dejó el libro encima del sofá y ambos se miraron.
- Basta de tonterías, Alma. O te aclaras o esto se ha acabado incluso antes de empezar. 

26 abr 2011

La pequeña gran historia de la pequeña gran Pam.

Pam le tiene miedo a los cuentos de monstruos y a las avellanas. Detesta las cosquillas. Ama los besos con la nariz y las sonrisas. Desde que sabe leer, lo hace siempre debajo de la almohada. Ha cogido prestada una linterna del enorme armario y seguro, seguro, que nadie la echa de menos.  En las vacaciones de verano, pone dos sillas -una frente a otra- y se crea su propia  tienda de campaña. - La verdad es que Pam es un poco miedica, y en vez de acampar en el exterior, lo hace en su cuarto, con el ventilador encendido y mangas cortas, a salvo de cocos y animales de orejas anchas-. 
Es una chica un poco especial, escucha jazz y, muy de vez en cuando, se permite el placer de la música clásica. Dice que es azul, como el mar, como el cielo, como las cosas bonitas, que tiene poderes mágicos que le  permiten internarse en mundos inimaginables y cuando se siente mal, con ganas de llorar, crea a leones que hablan, a estrellas caídas del cielo y a ella sin lágrimas.
(porque le gusta mucho imaginar)

20 abr 2011

Como un pirata de verdad.

Hacía maquetas de barcos pero no las encerraba en botellas de cristal. 
Soñaba con convertirse en navegante de mares, en corsario o solo, si no le quedaban más opciones, en pirata. Tenía un mapa de navegación que había hecho con su compás de las clases de plástica y papeles pintado con acuarelas color marrón, para asemejarse más a los pergaminos que ellos utilizaban. Le gustaba quemar los bordes y dejarlos secar en un rincón de la azotea, con las pinzas de plástico de mamá. 
Cuarenta años después, una tarde de trabajo en casa, de componer historias de barcos -para rellenar ese hueco de las ilusiones que nunca se habían cumplido-, pasaron ante su ventana dos niños con pañuelos en el pelo, un barco pirata de juguete y dos papeles pintados de marrón con acuarelas.
Y le hizo tanta ilusión, y volvieron tantos recuerdos, que salió ya para todos viejo y maltrecho y empezó a jugar junto a ellos sin reparar en edades ni en tiempo.
Después de tantos años, aún Neptuno le recuerda.