Quédate conmigo en la playa.

Como describir la sensación en lo hondo del estómago. Tengo una especie de ansiedad cuando pienso en ti de manera profunda, un dolor en el corazón que no es dolor. Mi actividad favorita es jugar al cíclope contigo. Jugar como lo hacía Julio Cortazar, con tu ojos. No sé cuantas veces te he dicho ya que me pierden tus ojos. Cuando los miro, hay una serenidad, se me instaura una marea en el pecho, como de no querer retirarla de ahí jamás.
No me quites ese mar. No me lo quites. 

A quién le importa, joder.

Todos los días me levanto y me preguntó en qué me diferencio de los demás. Los seres humanos tendemos a sentirnos diferentes por naturaleza. Creemos que nuestras ideas son diferentes a las del resto, que son únicas, que somos únicos.
¿Hasta que punto es cierta esta afirmación? ¿Hasta qué punto no existe alguien con el mismo don que tú, en algo en lo que te consideras el mejor? ¿Hasta que punto importa la belleza, cuando hay tanta? ¿Hasta que punto importa la inteligencia, la excentricidad, si hay miles de personas iguales de inteligentes que tú, iguales de raros que tú, que te superan en todo, que llegan más alto que tú, que viven más, sueñan más, rien más, lloran más? 
¿Hasta que punto importa el propio individio, la personalidad? Lo seres humanos nos empeñamos en desarrollar toda una complejidad de emociones y de relaciones, que nos alimentan, pero a la vez no alimentan nada en concreto. Hay miles de mensaje de esfuerzo, de esperanza, mensajes que te impiden hundirte en la miseria, pero ¿a quién le importa que te hundas en la miseria? Dentro de cien años, cuando te mueras, cuando todos los que te conocieron esten muertos, habrás llorado para nada, te habrás reprimido para nada, y dejarás de existir como si nunca hubieses nacido. 
¿Por qué estamos aquí, entonces? ¿Por qué somos todos iguales y nacemos y morimos igual, creyendonos únicos en nuestro recorrido? 
Y que importas tú, que importa tu familia, tu país, tus ideales, tus sueños, la Tierra. Qué importamos siendo tan finitos, tan vulnerables, tan cortos en comparación con la inmensidad del Universo, con su inabarcable fin. 

Qué importamos. 
Y a quién.
(Maldito existencialismo).

Satélite.

Escucha Satelline-Guster mientras lees este relato.

Flotando sobre la Vía Láctea, estás tú.
Y si intento encontrarte en medio del universo, me topo con un asteroide que se aproxima más rápido de la cuenta a mi pecho.

Dime por favor, que podría hacer sin ti.
Sin tu cuerpo hecho de polvo y Big Bang recorriendo mi piel hecha de estrellas.
Eres como un satélite, alrededor de mi cabeza, todo el día flotando, todo el día observandome. La Luna pero hecha de arterias.

Me muero por  tocarte y abrazarte como los anillos hacen con Saturno.
Pero tu no eres Saturno, no eres Marte, no eres Júpiter. Eres mi sátelite.
(Selo para siempre, por favor).

Amor debajo del de Olimpo.


 Pam se había enamorado de su rostro porque había conocido lo que había dentro de él.
Y si no descubría sus terminaciones nerviosas detrás, la fibrosidad de los músculos en las mandibulas, la manera en la que hablaba, lo que expresaba en las palabras seseantes como serpientes, la magia de los ojos de Apolo perdía su sentido.

Porque no era el rostro de Apolo sin su personalidad. 
Sin eso, dejaba de ser Dios y se convertía en humano.
(la imagen es de mi propiedad, así como los textos). 

Cuantas cosas ha pasado Pam ¿verdad? 


Nuevo Audio Blog.



Nuevo audiorelato de la mano de Cristina Argou.
Lee el relato aquí: http://globosagua.blogspot.com.es/2014/08/mi-lobulo-occipital.html
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Hijos de un mismo dios.

"Si somos hijos
hijos de un mismo dios
por qué siempre caen los mismos
por qué".
Macaco.

Quiero un mundo donde no haga falta denunciar la libertad. Un mundo donde estar cuerdo no sea un reto. Y poder querer si restrinciones, sin normas, sin parámetros que nos obligan a decidir hasta que punto lo estamos haciendo bien o mal.
Nos dicen que tenemos que aguantarnos con lo que tenemos, que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Nos dicen incluso que hemos amado demasiado.
¿Cuál es el secreto para ser feliz en un espacio y un tiempo dónde creces y vives dentro de cuatro paredes tan pequeñas que si queremos salir de ellas solo puede ser con la mente?

Rechazan la imaginación,
rechazan la voz,
porque es lo único que el pueblo tiene.
Lo único que no nos pueden quitar.

Para qué poner títulos a cosas que nadie lee.


¿Qué es la vida?
A veces pienso en ella como en un torbellino de sensaciones. Quiero aspirar cada uno de sus aromas y fundirme en su aire. La disfruto a cada segundo, me parece un motor incansable de felicidad, la única forma de ir hacia adelante.
Otras, la vida es algo incontenible, que explota. Un abismo insalvable en el que en algún momento se ha de caer, y se estrella uno en él sin medida, sin seguridad, sin tiempo para agarrarse a las paredes.
En ese abismo no hay final, pero al mismo tiempo es el final para todos. Y la vida es el abismo pero también es el cielo y tienes que tener cuidado porque no se sabe muy bien cuando empieza uno y termina el otro.
O si no empiezan ni terminan ¿por qué cuando empieza y termina la vida? ¿Es cuando nacemos y morimos de manera física, o es cuando lo hacemos de manera mental, en el cerebro de otros?

No entiendo porque me hago preguntas,
porque al final,
termino formulando aún más
y me explota la cabeza.
¡PUM!

Me quito el cráneo ante usted.

 MAX: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO: Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX: Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta, Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO: ¿Y dónde está el espejo?
MAX: En el fondo del vaso.
DON LATINO: ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
Luces de Bohemia, Valle-Inclán.

La sombras están sentadas en la puerta de casa. Salgo y las veo ahí, tumbadas sobre el suelo, siempre mirando al cielo, sabiéndolo inalcanzable.
En la calle, al lado de las sombras y del silencio, hace frío. Es invierno en las aceras y el viento sopla cortante partiéndonos en dos la cara y el cerebro. La gente camina evitando los charcos porque no quieren verse en ellos, perdidos dentro de una pantalla de móvil, una conversación banal o preocupaciones que solo les importan a ellos. 
Y si los miras a los ojos, puedes ver quienes han leído a George Orwell o a Valle-Inclán, y a veces me gustaría quitarme el sombrero ante ellos. Me gustaría quitarme el cerebro porque han viajado a lo más profundo y negro de la sociedad y aún se levantan y siguen queriendo cambiarla.



Uno.

Mejor
tenerle miedo a la soledad,
que a las personas
-me dijo.

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