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Recuerdo la nieve pura y blanca.

No recuerdo el momento exacto en el que Caleb dejó de sonreír. Por mi mente sólo se dignan a aparecer imágenes sueltas, esas que se quedan grabadas ahí y no son capaces de irse [...]. En mi caso, la imagen es un día de nieve, ni tan siquiera una mota de suciedad en el ambiente. Los abetos, las casas, el río congelado, la hierba de la pasarela, el puente, las carreteras, el puesto de Holly y los jardines. Sí. La imagen que se quedó grabada en mi mente fue un día de nieve blanca, limpia, perfecta y pura. Ella y la sombra de alguien en medio de aquel mundo como si la ceniza se hubiese levantado, creando una figura humana.
Yo jugaba tranquilamente junto al puente. Formaba pequeños muñecos de nieve que después destrozaba con los guantes. No reparé en la figura hasta que se acercó a mí. La paz que sentía se fue de repente y huyó donde yo no fui capaz de alcanzarla. Alcé la cabeza, tiritando. Recuerdo los siguientes movimientos como fotografías: el hombre se agacha, sonríe de forma desmesurada, se quita el sombrero y me hace una pregunta [...] Sin responderle, me levanté costosamente y le indiqué el camino a casa. Apenas me di cuenta de que por la calle las personas se paraban, nos miraban y acto seguido cuchicheaban entre ellas. Poco después, muy poco, supe porque razón lo hacían. 
En casa, mamá cocinaba trozos de pollo en una cacerola oxidada. Cuando llegamos nos miró a ambos. Sus ojos verdes, aterrorizados, pasaron del hombre a mí y viceversa. Corrí a mi cuarto, llena de frío y, poco después, oí las voces. Las voces y los gritos. Aún hoy los oigo, el latido de mi corazón desenfrenado. Tardaron un rato en encontrarle. Le había dado tiempo a esconderse bien. Tardaron un rato, pero lo encontraron.
Nor no era mi padre, pero cuando desapareció tras la puerta sentí una punzada de dolor en el estómago, sentí como me escocían los ojos y poco después no pude ver más que siluetas, manchas de colores [...]
De ese día recuerdo la nieve blanca. El bien. Recuerdo como los niños hicieron muñecos de nieve aquella misma tarde, que días después el sol salió y lo derritió absolutamente todo, y el mundo volvió a ser de color. Recuerdo de ese día me quedé encerrada en casa, tumbada en la moqueta. Muerta. Vacía por dentro. Recuerdo que ese día lloré, lloré tanto que se me gastaron  las lágrimas y desde entonces nadie ha visto una en mi rostro. Recuerdo el rostro pétreo de mi madre, la mirada perdida de mi hermanastro y, por encima de todo, recuerdo aquel traje negro, aquel traje marchito, aquella mustia sonrisa que ahora no quiero más que olvidar.
Maldito Diciembre de 1934*. 

*desde 1933 hasta 1945 reinó en Alemania la ideología y el régimen nazi.

Espiar horizontes abrazados.

"Lo que me conmueve tanto en este principito dormido es su 
fidelidad a una flor, la imagen de una rosa que resplandece en
él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme"
Y lo adivinaba aún más frágil. Hay que proteger bien a las 
lámparas; una ráfaga de viento puede apagarlas...
Le Petit Prince, Antoine De Saint-Exupery

Se han quedado bajo la cama tus sonrisas imperfectas, tus ojos azabaches, tus manos largas de pianista, el sonido de tu voz serena, tu frágil estructura de huesos y carne, el hablar con las estrellas -Orión en las noches de verano- , las lágrimas saladas que se confundían con el océano, espiar horizontes abrazados, las galletas de chocolate en los bolsillos de la chaqueta, el vestido rojo para los atardeceres y el azul para un solo amanecer. 
Ahora que te has ido, ahora que tu vacío late en mi sien, me doy cuenta de que es verdad, que me rescataste de mi mundo de penas y me llevaste a un lugar, incluso, más allá de la segunda estrella a la derecha, de que sin ti no soy nada y de que cuando me decías: cuando desaparezca, me olvidarás, no estabas en lo correcto. 
¿Ves? Estaba tan enamorado de ti que conservo todos y cada uno de tus recuerdos

Un puñado de estrellas.

María estaba harta de los niños buenos, del "te quiero", de ser paciente con todo el mundo y recoger la basura de los otros, de que por cada paso que diera le pusieran tantas zancadillas que al final se le desollara las rodillas. María estaba harta de deshojar la verdad con la mirada y de sonreír tan fuerte que al final siempre terminaba bebiéndose el mar. Últimamente no había brillo en su mirada ni corazones en las camisetas a rayas. Antes soñaba con cambiar el mundo y al final este dio tantas vueltas en tan pocas veinticuatro horas que llegó la noche antes de que se pudiera dar cuenta.
María fingía que le hacían gracia las personas que crecían con los insultos a los otros, pero lo cierto era que le dolían tanto que lloraba antes de dormir y al final siempre se levantaba en lagunas. Sentía como el mundo se le venía encima, que vivir era como caminar contra una ventisca con nieve, que el corazón le sangraba y se sentía una barco a la deriva. 
Pero una tarde de heridas recordó que levantarse era obligatorio, empezó a ir hacia arriba, avanzando lento, muy lento, y borró el punto y final para dejar su historia sin finalizar. Cuando iba a tropezar se levantaba con la cabeza bien alta, sonriente, y al final nunca terminaba por llorar por no haber visto el sol porque recordaba que, si lo hacía, no podría admirar la inmensidad de las estrellas. 

Lista de buenas cosas para tener (siempre) a mano.

Tres puntos, un cero y una coma. Catorce décadas de sonidos de guitarra, ungüento de mantequilla y leche condensada para los malos ratos. Algunas galletas rellenas de chocolate y una lista de deseos. Cinco Dos peluches de osos o una foto tomada junto al parabrisas, lechuga en la ensalada y queso rallado con nueces, Ratatouille, tenedores afilados y pizcas de sal cristalina. Sentimientos (véanse claros ejemplos de locura, verdad, esperanza, alegría y amor), abrigos rojos, mangas cortas con Mickeys plasmados, ojos sin lágrimas, bocas que reparten besos. Una blusa holgada para poder liberarnos, dos medias sin rayas, estuches llenos de lápices diferentes y corazones de gominola para tomárnoslos por las noches.
Tú,
Yo
Y el infinito.
(que tampoco es tan difícil de alcanzar)

En el fondo de la playa

Hemos escarbado en la arena de la playa con el abuelo para ver si llegábamos a la otra punta del mundo. La tierra que sacábamos la hemos guardado en cubos rojos y azules que, según Sisi, no combinaban para nada. Ahora la tierra parece fango por la lluvia que ha caído sobre el balcón en el que los dejé cuando volvimos a casa. 
Mi madre ha venido a recogernos y ha reñido con palabras dulces al abuelo por agacharse para ayudarnos, por meternos ideas locas en la cabeza sobre tareas y misiones imposibles y por hacer que nos llenásemos de tierra las rodillas. 
El abuelo se ha sentado en la silla delante de la ventana y se ha apoyado en el bastón  (El amanecer  alumbrado en sus ojos y el sol poniendose poco a poco hasta que el horizonte se ha llenado de estrellas).
Hay sobre la cama una concha que hemos descubierto los tres en el fondo de la playa.

Tropecientas mil primaveras más

Marylin ha guardado en el bolsillo trece piruletas con sabor a fresa, siete tarritos de mermelada y galletas con leche merengada. Tiene en la mochila tazas de porcelana de todos los viajes que ha realizado y cuadernos llenos de postales y de letras que relatan sus historias.  Ha viajado a más de cincuenta países y nunca se está quieta en ningún lugar. Lleva consigo un paraguas a rayas que se compró una tarde lluviosa en Dublín por si acaso el agua le pillaba desprevenida y cree que la nieve es una capa de tierra que llega cuando hay cosas que enterrar. A Marylin le gustan las cosas interrumpidas. Que halla. Muchos. Puntos. Y ninguna. Coma. Maneja a la perfección quince idiomas entre los que se encuentran el inglés, el francés, el español, el portugués, el italiano, el alemán y el de las sonrisas.
Ahora se tiene de nuevo que marchar y está haciendo las maletas. En  este viaje ha habido pocos puntos y alguna que otra coma, pero no está enfadada (porque ha conocido a alguien especial). Y, aunque ya llegue el verano y tenga de nuevo que emigrar, el recuerdo de las tardes y de las flores quedará en su mente para siempre. Aquella primavera ha amado, ha soñado, ha gritado, ha creado historias bajo la luna y ha...
creído, por un momento, que podían llegar a ser realidad

Son solo 2 cucharadas de miel

Imagino que será difícil para ti, que con esta canción triste de fondo despedirse puede resultar el doble de duro. Pero dime, no sé si las palabras se han ahogado en tu garganta mientras veíamos el sol cruzar el horizonte, dime que es lo que sientes cada vez que recuerdas las tardes de primavera y decías te quiero de forma automática, como si los gestos y los sentimientos se convirtieran en rutina diaria. 
Dime, maldita sea, dime la verdad. Habla porque sé que tienes mucho que contar sobre nosotros, mucho que contar sobre el mundo y su crueldad, sobre los copos de nieve en navidad, sobre los cristales empañados por el vaho, sobre los sueños. Tú me regalaste una guitarra eléctrica y yo un reloj al que le tenías que dar cuerda (porque no me quedaba dinero ni para llorar). 
Te fuiste en ese globo como ayer, elevándote en el aire. Hoy he ido al médico y el doctor me ha recetado dos cucharadas de miel.
Una para el corazón y la otra para el alma.
Algo se cuece en Globos de Agua por los 600 seguidores...


Notas de piano inexistentes y guitarras eléctricas rotas.

El teléfono sonó y yo no estaba en casa. La abuela Nana lo cogió con dedos temblorosos y, cuando colgó, se quedó en silencio varios minutos, a la espera de que alguien le dijera que lo que acababa de escuchar no era real. 
Alma a la guitarra eléctrica cantaba canciones tristes para mí esa misma mañana. Yo bailaba sobre la tierra mojada sin importar que se mojaran los zapatos de cuero que me habían regalado por un cumpleaños que ya apenas recordaba. Joe y sus gafas de sol nos observaban desde detrás de un árbol con descaro. Estaba enamorado de mí y yo de sus sueños. No recuerdo cuando todo se rompió en pedazos. No el momento exacto. Solo sé que alguien llegó y me dio la noticia en voz baja, con cuidado, como si yo fuera una muñeca de porcelana que se puede romper. 
Cuando llegué a casa cerré la puerta tras de mí y vi a la abuela allí, sentada sobre la maca, meciéndose hacia delante y hacia atrás, como si no hubiese sucedido nada. No era necesario romper el silencio. Me senté frente al piano y lo toqué sin partitura, sin notas exactas. 

El mundo se ha vuelto del revés y ya no nos queda nada. 

Perdonad por mi ausencia, siento deciros que no creo que aparezca por aquí, 
y mucho menos por los blogs, a los que tengo abandonados. Sé que no he puesto casi 
ningún comentario, pero eso no significa que deje de leeros. En 
cuanto tenga tiempo regreso a las andadas. 

Canciones tristes para soñar despiertos.

Madurar cada día un poquito más, con tiernos deseos en cada amanecer. Tocar notas en el piano que hay en el salón, junto a la chimenea y las flores rojas que recogimos en el campo esta misma mañana. 
Nos dijeron una vez que éramos de esos de corazones hondos y palabras llenas.
Darnos besos color carmesí y miradas azules en primavera. Esperar en las noches de luna llena, en la mecedora, leyendo novelas escritas a manos, escuchando nanas hechas con el alma. Es tan corta la vida y tan grande las ganas de llenarla...
Nos dijeron una vez que éramos de esos que siempre tienen esperanza -y abrazos para regalar escondidos en los bolsillos de las chaquetas largas-.

Como brochazos y pinceladas.

Debo agradecer a Natt esta entrada. Este relato va dedicado a ella, es lo mínimo que puedo hacer.

El cielo de aquella mañana era tan perfecto que creí que alguien lo había pintado en un lienzo y lo había dejado allí, para que todo el mundo pudiera admirar su obra. Tú y yo, como buenas amigas, nos quedamos una a la vera de la otra, acurrucadas entre la hierba verde en la que aún quedaban gotas de rocío. 
Los columpios aún se movían -hacia delante y hacia detrás, a un ritmo nada apresurado- mecidos por el viento seco de aquella tarde de abril. Los claveles, plantados un poco más allá, coloreaban la escena como un brochazo granate perdido en la inmensidad del horizonte. El sol eran gotas de pinturas, apenas unas salpicaduras anaranjadas, una mezcla de colores en la paleta, amarillo y rojo. Las huellas de nuestras pisadas en la tierra parecían sombras aplicadas con cuidado, las nubes eran trazos emborronados con agua. Estaba el puente a mi derecha, formado por tres arcos irreales e inventados. Caía el marrón en cascada y se fusionaba con el azul casi transparente del agua, creando reflejos turbios que se perdían en el poco oleaje. Los árboles florecían, llenos de verdes, de rosas, de amarillos y de morados.
- Es precioso ¿no crees?- te pregunté.
Tú jugabas en ese momento a tirar piedras planas al agua. Algunas rebotaban en la superficie y se sumergían poco tiempo después. Te diste la vuelta y te encogiste de hombros. 
Claro que tu no veías ningún cuadro, ni ningún color, ni ninguna pincelada ni ningún brochazo. No veías pintura corrida ni tampoco salpicada. 
Tú solamente veías un parque, y no la inmensidad del paisaje. 
Como casi todo el mundo.

Tarde de verano.

Recuerdo que quedamos en la estación de trenes que iban hacia el norte. Tú con aquella motocicleta llena de barro de los años sesenta y yo con las sandalias que Aura me dejó un año pasado y que ni siquiera pude devolver. Cada vez que me las veías puestas decías que tenía un pedacito de ella pegado a la tierra.
Nos sentamos en aquellos incómodos asientos y empezamos a contar las nubes que éramos capaces de ver por encima de aquel techo ya casi opaco. Algunas hojas acumuladas danzaban de un lado para otro y nos tapaban la vista. Entonces tu parabas de decir números al azar y me mirabas... aún siento tus ojos verdes recorriendo mi rostro, tu sonrisa y tus dientes blancos.
- Ya no tengo ganas de contar nubes-me decías.
- Yo tampoco. Contemos esta vez pájaros.
- Por aquí no pasan pájaros.
Yo te miraba ofuscada y miraba hacia el cielo por si veía a alguno pasar. El sol me daba en los ojos y tú cogías tu gorra y me la ponías en la cabeza... ya no sé si puedo contar las veces que hicimos aquello, las veces que nos mirábamos y reíamos durante minutos prolongados.
- Por aquí no pasan pájaros-repetías, pero yo y mi orgullo ni te hacíamos caso.
Caía el sol de la tarde y ambos nos levantábamos. Cogías la chaqueta, te montabas en tu motocicleta y me mirabas, esperando que yo hiciera lo mismo. Justo entonces bufaba, miraba el reloj-las ocho y cuarto-y me sentaba tras de tí.
- Por aquí no pasan pájaros-sonreías.
- Ya lo sé, ya lo sé, pero siempre es bonito tener esperanza.

Ni en el blanco de los ojos (1)

Said tiene una sonrisa de oreja a oreja como su nombre indica. El alba le sorprende cada mañana sacando cubos de agua del pozo y cuando ve el sol salir un carcajada escapa de él. Su hermana llora a su espalda, él después llega a casa y tiende la camisa para que se vaya el sudor, las lágrimas y la suciedad. Pero el dolor se adhiere y se adhiere y es muy difícil quitarlo. Su madre dice que hay que restregar con fuerza y con constancia. 
[El sobrevivir no es vivir.

Un alba en Afganistán es un milagro, y los que la ven siempre se sienten afortunados. Solamente algunos necios no lloran ni sonríen cuando aparece. Sus caras serías no sufren cambio alguno. La madre de Said dice que la gente no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde. Pero ella, por supuesto, no llama gente a cualquiera... porque también dice que en el mundo hay gente, gente y personas. 
Said quiere ser una persona... él solito se ha dado cuenta de que en la vida hay mucha gente y muy pocas personas, sí...
[por desgracia...

Miriam tiene lágrimas todo el día en las mejillas. El alba le sorprende cada mañana durmiendo. Hay veces que sueña con conejos rosas y otras veces lo hace con un poni. Su hermana llora, ella suelta una palabrota y su madre la calma meciéndola, después le dice que solamente es un bebé y que llora porque se ha hecho caca y porque no es capaz de hablar. Pero eso ella no lo entiende y le dice a la hermana que se calle y se vaya a freir espárragos.
[El derrochar no es vivir.

Un alba en Europa es otro día que hay que soportar, y los que la ven tienen ojeras y están estresados. Solamente algunos necios lloran y se ríen cuando aparece. Sus caras siempre sufren algo cambio, se les ilumina el rostro. La madre de Miriam dice que hay que rezar por las personas que no tienen casa, después sale de la habitación y se unta una tostada con mantequilla recién hecha. 
Miriam quiere ser una princesa... ella solita se ha dado cuenta de que si es ella la que controla a los demás siempre podrá hacer lo que le de la gana. Hay gente así en el mundo, sí...
[por desgracia...

Justo desde Canelones.

Un 2 de Abril de 1939, desde la estación de trenes de Canelones. Uruguay.
Sin remitente. Hacia una España que no vale la pena.

¿Cómo va por allí, Marcos?
Aquí ya te echo de menos. El rumor de las olas, las dunas de arena llenas de hierbajos, los pantalones cortos y los pies descalzos... todo me recuerda a ti. Canelones no es una ciudad cualquiera. Aún hoy, después de tantas visitas, después de tantas ansias y tantas esperas, me gusta sentarme en los asientos roídos de la estación. Allí saco mi libreta y escribo, escribo todo lo que se me pasa por la cabeza. Las tardes de primavera del pasado Marzo, donde contábamos trenes aquí, sentados un poco más allá, entre aquellos dos abetos que aún se pueden distinguir en la maleza.
Aunque no está abandonada, esta estación yace medio muerta. Es una de las pocas que han logrado sobrevivir al paso de los años, aunque como en cualquier ser humano se notan las diferencias. Las paredes ya no son blancas, el reloj que daba las doce en punto se ha parado de repente. Las voces se han congelado. No se oye el sonido agudo del tren a su llegada, ni la voz de esa mujer que siempre llevaba una flor roja enorme en la pamela ¿la recuerdas? Cogía el tren todos los viernes por la tarde, de regreso a casa. Ni que decir del vendedor de cupones, ahora quedara reducido a nada. Desde que tengo consciencia, lo veo pasearse por la estación, con sus zapatos de claqué, de esos que ya ni siquiera se llevan. Sus pasos parecían un baile descompasado, un hombre cuyo destino se había perdido entre raíles. Hay muchas personas que formaron la estación, que la animaban y la convertían en otra cosa. Ahora eso ya no existe. El todo y el nada, aquello de lo que siempre habíamos hablado.
¿Cómo pueden cambiar las cosas en tan poco tiempo, Marcos? ¿Cómo puede convertirse la vida perfecta en un suplicio, en un mundo de heridas abiertas? Allí terminó ¿no? Eso dicen todos. Pero tú no sabes decir si es realidad eso de que acaba.
Aún hay que arreglar muchas cosas en este mundo, aún hay que dar muchos pasos hacia delante. Huí de allí y me encuentro aquí ahora, escribiéndote desde la estación de Canelones, sentada donde tu y yo, hace ya varios meses. Casi como si fueran años.

Siluetas en un amanecer (Relatos dedicados a imágenes IX)


Imagen de Andres Sañudo.

No somos más que dos personas en un
mundo cualquiera que
nos preguntamos el porqué de
nuestra mera existencia.
Ahora me ves y no recuerda nada de lo que nos sucedió. Ahora me ves y ni siquiera te preguntas que fue lo que pudo suceder en aquel remoto y pasado viaje a África. Yo, en cambio, cada vez que diviso tus ojos, tu agonía, tus nervios y tus ganas, regreso a un pasado que nunca querré olvidar.
Aquel cielo sin estrellas, sobre árboles muertos
y rancios, apunto de caer en una hierba
mustia y francamente inexistente
Sobrevolamos jirafas con manchas marrones, de cuerpos esbeltos y cuellos altos. Sobrevolamos jardines inventados que nuestros ojos no son capaces de ver. También rinocerontes, leones que gritan ¡libertad! en forma de un rugido infernal y temerario. Al menos es eso lo que imaginamos.
Y me encuentro de tu mano
observando un paisaje que probablemente
no vaya a volver a ver
jamás.

Jump!

Hierba rancia y seca, adherida a tus zapatos. El descampado se abre ante nosotros, desolado y desierto, el silencio se apodera de nuestros cuerpos. Un frío torrencial entorpece mis pensamientos.
Saltamos.
Cierro los ojos, mis pestañas se convierten en rejas. El aire crea sonidos extraños y causa eco, devuelto por las montañas. Siento tus labios en mis mejillas sonrosadas. Sonrió y me dejo llevar por el vaiven de las hojas grisáceas. Otoño.
- ¿Crees que deberíamos de haber ido a esa fiesta?
Ya sé tu respuesta.

Madame Bouly


- ¿Tu que crees?- le pregunté a Rob esa mañana, girando mi rostro.
- Yo creo que no- Me respondió él, y sonrió de nuevo. Éramos amigos desde la infancia. Todo lo que había que hacer, todas las trastadas, las hacíamos juntos. Fruncí el ceño y me pregunté el porqué de su respuesta, de su desconfianza. No había nada que temer, era un juego más, uno como otro cualquiera. Ahora, ambos estábamos tumbados sobre el césped, el sol casi quemaba mi piel tostada.
- Apuesto a que sí-.
- Apuesta lo que quieras- tenía demasiada paciencia, y pocas ganas de discutir. Puede que esa fuera una de sus cosas buenas, o una de sus cosas malas. Justo lo contrario a mí. -En realidad, no sé ni porque hago esto.
La cuerda se tensó en ese momento. Sí, en todos los sentidos. Me refiero a la cuerda real y también a la imaginaria.
Doña Madame calló al suelo, los zapatos de Dolce & Gabana manchados de barro, un anillo de oro a punto de caer en la alcantarilla, sombrero de paja con flor desgarrada. Un chillido. Mi risa. Una voz.
- Malditos gamberros.
Madame Bouly.
- Te dije que iba a funcionar - sonreí, pero nadie estaba a mí lado. Recordé sus palabras "yo creo que no" y supe entonces que no se refería a esto.
Dos medias naranjas, una negra, otra blanca...

Solos en el silencio (Relatos dedicados a imágenes VIII)


Navegamos por un mundo de estrellas que alumbran la oscuridad. Contenemos la respiración, flotamos. Tus mejillas sonrojadas destacan incluso detrás del cristal, cubierto de vaho. No soy capaz de fijarme en la vía láctea, solamente en tus ojos azules iguales que el infinito y tu respiración acompasada a los latidos de mi corazón.
De repente me parece que no hay nada que me ate al mundo. En la oscuridad de una noche perpetua, patente ante mí, cierro los ojos. El brillo de las estrellas desaparece. Floto en el silencio.
Y me veo a mí, y a ti, rodeados de miles de estrellas, con el planeta tierra al fondo, dentro de la composición del cuadro de la vida.

Cosas en el cielo


Una lámpara, cuya luz cae y cae, alumbrando la noche perdida en medio del océano.
Un sofá. Flotando en el aire, mecido por nubes blancas sin agua, sin lluvia, sin malos presagios.
Una guitarra, que lanza acordes desafinados desde el azul.
Un queso (sí, un queso)... lleno de agujeros por los que se escapan suspiros de ratones grises.
Un reloj. Parado, cansado, que no quiere dar la hora, y cuyo tiempo quedó reducido a nada hace mucho tiempo.
Un libro. Abierto de par en par. Roto y diluido, de letras manchadas de agua.
Una botella. Cuyo mensaje secreto ruega que no lo lean.
Unas lágrimas. Que caen, impulsadas por el viento, atraídas por la gravedad, y se funden con el agua del océano.
Una muñequita de trapo. Que una niña engreída dejó abandonada a la orilla del mar, creyendo que era solo algodón...

... y tantas, tantas cosas...
que un día se llevó la marea.
Y no trajo de vuelta.

El cielo azul, el mar azul (Relatos dedicados a imágenes VII)

Azul. Color extraño y duradero. Niebla erguida en lo imposible, mezclándose con el mar y las montañas cubiertas de musgos incoloros. Azul. La luna blanca te envidia. El sol caliente te envidia. La estrella fugaz te envidia. La hierba fresca te envidia. La paja oscura te envidia. Te envidia hasta la montaña. Azul, color mar, azul, color cielo. Fresco, vivo, transparente, audaz... capaz de llenar cualquier espacio, sin dejar un lugar en el olvido, sin dejar vacíos o huecos en los que no hay nada y habita la desazón. 
Azul, azul, te mezclas con la niebla.
Imagen de Chingon76.

Environment

Por el día de la naturaleza.
Son tus labios como la hoja
Rocíos de la mañana
Transparente nuestra, el agua
Cae del cielo sin sentir
Son tus labios como la hoja
Flores de color carmín.

2009-2016. Todos los derechos reservados a Alicia Alina.