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La vida.

Escúchalo con música: Empty- The Cranberries.
Probablemente la entrada más polémica que he escrito nunca en el blog. Pero si para algo sirve escribir es para denunciar, para expresar, para decir lo que llevamos dentro. La escritura vetada es cómo un pájaro al que le han cortado las alas, y si yo pudiese ser un pájaro quisiera volar hacia donde quisiese, sin el miedo a que alguien acabase con mi libertad sin darme si quiera la opción a opinar. 
Edición: 4 días después de la publicación de este relato, 
el PP retira la propuesta de nueva ley de aborto.

Se llevó una mano a la barriga y solo encontró aire. Cerró los ojos entre lágrimas. Se sentía tan pequeña en medio del mundo, un grano de arena en una playa en la que las olas iban contra ella. 
Sentada en el coche, miró la carretera, huyendo de un país que había sido suyo desde el día que nació. Huyendo de un país que ahora la repudiaba, que la vetaba, que le impedía elegir y estaba enpeñado en arruinarle el futuro. 
Y en medio de la oscuridad que le proporcionaban los párpados, se imaginó yendo a la Universidad, conociendo a un chico que quisiese de verdad, valiéndose por si misma, sin nadie que le impidiese llegar a donde se propusiese. Ella no quería esto. No lo había buscado. Pero la suerte había ido contra ella una vez más y había ocurrido. 
Sin duda, iba a ser la decisión más dura de su vida. Y le iba a doler cada día, y cada mañana se iba a levantar y a llorar recordando aquel viaje en coche en busca de otra frontera. Pero al menos, estaría en la cama que quería, con quien quería, en la casa que quería y después de años de vivir lo que ella quería, cómo quería.
Porque si algo había tenido claro desde que nació, es que valoraba la vida más que nada. Por supuesto que la valoraba, y justo por eso lo hacía.
Porque quería vivir,  quería sentir su barriga vacía y su futuro lleno.

Te dura un suspiro.

Los rasgos de una persona guapa se desvirtuan y estropean. Pero un gesto, una sonrisa, una forma de hablar, eso permanece hasta que morimos.
(por eso he preferido siempre a los atractivos
antes que a los guapos).

Mi lóbulo occipital.

De pequeña las cosas siempre me salían bien. Si algo se perdía, lo encontraba. Si alguien se ponía malo, se recuperaba. Y así con la mayoría de los acontecimientos que rodeaban mi vida. De hecho, jamás me planteé que las cosas pudiesen ser de otra manera, igual que cuando ves una película de ficción tampoco te planteas que el villano domine el mundo y el protagonista muera. Simplemente, esas cosas no pasan. 
Y cuando te haces mayor (dentro de lo que yo puedo permitirme llamarme mayor) te das cuenta de que el mundo no te favorece para que los acontecimientos se resuelvan solos. De que eres tú el que tiene que saltar los obstáculos y hacer que las cosas vayan bien. Y es duro. Lo es porque en esta sociedad nos han enseñado que cuando un juguete se rompe es más fácil comprar una nuevo que repararlo. Pero yo no quiero ir obviando mis problemas, no quiero intentar encontrar el juguete perfecto porque, seamos sinceros, todos terminan por romperse.
Pese a todos los dilemas, aún veo mi vida y pienso que se pueden arreglar las pequeñas cosas de ella que van mal. Porque por encima de los defectos que tiene, esos defectos que todos tenemos al fin y al cabo, es sin duda maravillosa (y sería una estúpida si no supiese apreciarlo).

Apogeo.

Es esa sensación de verte en el espejo y sonreirte después de muchos días en los que apenas podías echarte un vistazo por el rabillo del ojo, encerrada en un agujero profundo de cuyo fondo en algún momento te levantaste y empezaste a escalar.
Es esa sensación de que, después de tanto tiempo, has aprendido a sonreirle a los lunares de tu cara y a los ojos que antes no te gustaban, y las opiniones de los demás causan una opresión tan pequeña en tu pecho que la olvidas a los pocos segundos. 
Y si antes odiabas el futuro porque no lo entendías, y tenías piedras en el camino que no sabías como levantar, ahora incluso te apetece saltarlas porque te elevas más alto que nunca.
Es esa sensación de satisfacción plena, de saber quién eres (o estar en el camino a descubrirlo), y tirar hacia delante con el mundo y todos los que quieran venirse detrás.
Es esa sensación de apogeo tan parecida a la felicidad.
Confianza la llaman.

Inspira, huele a ti.

El verano le recordaba a Tat porque olía a ella. Mil y una historias se contaron llenos de paja y heno en el trigal, y mil y una caricias se dieron también bajo la luz de ese sol cálido que solo se pone en los pueblos.
El verano era la época de las bicicletas, las casas de madera agrietadas y los paseos por la ladera del monte, al lado de gatos negros que los observaban con alevosia. Ella en su traje cian de flores estampadas, el sombrero de ala ancha siempre a punto de cáersele al suelo. Era la típica mujer que perfilaba sus labios de rojo pero se dejaba las uñas sin pintar, natural, sencilla y, a la vez, terriblemente femenina. 
El verano olía a Tat. 
La época donde todo se siente más y al respirar el aire llega más hondo.

El silencio de los culpables.

 
Escucha el silencio. 

 "Y el hombre, siempre callado, entonces, de miedo, habla"
Rafael Alberti

Os dijeron que teníais que temer al pueblo y no hicisteis caso. Habeis jugado con nosotros, reído en nuestras caras y robado incluso lo inrobable. El silencio ha sido vuestro aliado desde que empezasteis, pues con silencio habeis respondido a nuestras revoluciones, y con silencio habeis excusado vuestras acciones. 
Y ahora el pueblo empieza a levantarse, a alzar las manos, y el silencio que tanto amábais y en el que tanto os refugiasteis empieza a quebrarse por gritos de libertad, gritos de revolución. Finjis que no os importa, que seguís en ese estado de inconexión, pero lo cierto es que cada vez os salen más sandeces por la boca porque estáis cagados de miedo.
Cagados de miedo, 
y con razón.

Ir de rojo cuando la vida va de gris.

"Es algo que suele suceder con los muertos: lamentas no haberles dicho a tiempo cuánto los amabas, lo necesario que te eran. Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales".
Señora de rojo sobre fondo gris, 
Miguel Delibes.

He perdido el sentido de la orientación y tengo un dolor en el pecho que se me ha extendido a todo el cuerpo. A mi alrededor, el mundo gira. Parece una canica con la que alguien ha jugado, retenida en el bucle constante del cambio.
Y si me busco, no me encuentro. Me asfixio entre el resto de los cuerpos y me pierdo una vez más (si es que alguna vez me encontré). No quiero estar así toda la vida. No quiero estar todos los días pensando en lo que no hice o en lo que por imposición tengo que hacer. Pero no encuentro forma de aliviar este dolor en el pecho, no sé como arrancarmelo sin que el mismo acto de hacerlo me duele aún más.
A veces me entran ganas de morirme porque al menos dejaré de existir de forma definitiva. Pero si hay algo a lo que le tengo más miedo que al dolor es a la muerte. No es por valentía por lo que sigo aquí, es porque soy una cobarde. Me da miedo morirme sin haber vivido, me da miedo que nunca pueda encontrarme y al final desaparecer sin saber quien era.
Sin haber existido de verdad.

Turbio.

 

Todo está turbio, como una diapositiva mal tomada porque alguien tembló con lo que vio por la mirilla de la cámara. 
De fondo suena un gramófono. O los latidos de tu corazón cuando pongo mi oreja en tu pecho. Ya no lo sé. He perdido la cuenta de los sibemoles y sin ellos no se distinguir los sonidos.
Y la habitación está vacía. Eso sí lo sé. Lo sé porque antes se escuchaban tus pasos y el ritmo afligido de tu respiración. Pero ya no hay nada. Las paredes están cascarilladas y detrás de la pintura blanca se ve tierra color beige que va cayendo al suelo como si fuese un reloj de arena. También hay una ventana pintada de azul marino. Está un poco desencajada pero detrás de ella se ve el mar. Y lo sé porque me acerco, y el silencio desaparece poco a poco, reemplazado por el de las olas al chocar.
(O a lo mejor somos tú y yo chocando debajo del agua una tarde de verano, en un sitio lejos de aquí y de ahora, y se me han mezclado los recuerdos).

En medio del mundo.

Vas por la calle y ves a todas esas personas que parecen tan perfectas dentro de sus peinados de sus vestidos de papel y sus zapatos de tacón. Y cuando miras a los coches hay gente yendo a sus trabajos y en los portales algunos meten la llave en la cerradura y entran porque hay una casa que les espera detrás. 
Y tú te preguntas ¿Cómo han llegado ahí? ¿Cómo han tenido el valor de dar tantos pasos y elegir entre tantos caminos y poder cargar cada día de sus vidas con las equivocaciones y los senderos erróneos que han escogido? Porque tú te miras a ti misma y no te ves capaz de dar ni un paso más. No sabes a dónde tienes que andar ni quién eres ni quién quieres ser y lo que fuiste en un pasado es algo confuso a lo que ni siquiera eres capaz de nombrar.
(Por favor, que alguien venga y me diga hacia donde tengo que avanzar porque ahora mismo no soy capaz ni de encontrarme los pies).

Al final del camino.

"Con mucho esfuerzo pude
colgar la lámpara entre tantas flores" 
Masaoka Shiki.


Míranos. 
Somos carne mezclada con saliva y algo de imaginación.
Somos una pareja de perdidos en medio del mundo.
No sabemos lo que queremos ni a por lo que vamos pero aún así seguimos luchando por ello. A lo mejor nuestro futuro es incierto y nuestros sueños son tan abstractos que amenazan con desaparecer. A lo mejor vivir de lo que amamos es tan difícil que habrá que subir mil y una montañas hasta lograrlo.
Pero lo lograremos. Lo lograremos porque nos tenemos el uno al otro y tenemos a la esperanza. Y los tres podemos llegar tan lejos que el resto del mundo nos perderá de vista.

Tú (me) estás pasando.

Tú eres el punto donde convergen todas mis necesidades y
si pienso mucho en ti, lloro. Lloro porque recuerdo cada centímetro de tu boca y la calidez de tus manos y de como se cierran tus dedos entre mis dedos. Y de como me susurras, al oído, y pese a que esas palabras no las ha oído nadie más, para mí han sonado tan altas que retumban una y otra vez en mi pecho.
Dicen que el amor se acaba. Que nunca dura de verdad. Pero déjame jurarte aquí y ahora que cuando te miro a los ojos quiero viajar por ese universo durante años luz, porque mientras haya una chispa a la que me pueda aferrar, seguiré caminando hasta llegar al final de tu mirada (o me moriré en el intento).

Alto a los arrebatos.

Si te gusta besarlo, hazlo donde y como quieras. Te dirán que debes mantener la compostura, se sentirán incómodos e intentaran hacerte sentir mal por amar. La gente aparta la cara ante un beso y sin embargo mantiene los ojos ante una patada. 
Si tu corazón late más rápido que el de los demás por esos ojos, y si quisieras perseguirlos al fin del mundo, y colgarte de su sonrisa hasta quedarte sin saliva ¿Por qué parar, por qué volver al ritmo normal cuando tienes el placer en el paladar y las ganas en el pecho?
Vive la vida de tal forma que cuando mueras lo hagas sabiendo que no dejaste ningún sueño sin cumplir. Haz lo que te pida el corazón y no el cerebro, deja de guiarte por el ¿qué dirán? y sigue más el ¿qué siento? Y, sobre todo, lleva a cabo locuras por amor y no te arrepientas, porque es el sentimiento más bonito del que podrás disfrutar jamás.

Feliz 2014 a todos y soñad más que nunca
(porque lo imposible solo tarda un poco más).

Zumbidos.

Tengo el cuerpo inundado de sueños y no sé como sacármelos. Me oprimen entre las tripas y el corazón, justo en el espacio donde deberían ubicarse los sentimientos. Las neuronas han dejado de funcionar y se hallan en estado de inconsciencia. Han decidido dejarme a la deriva en medio del mundo, porque el problema colapsó hasta el último rincón de mi cerebro. Ya no sé si estoy en La Tierra o en Marte. Noto el planeta girar y a mí por poco cabeza abajo. Los sueños también giran y aparecen revueltos y mezclados, tanto que se confunden y no los sé diferenciar.

Voy a explotar
y noto la sangre
corriendo
demasiado rápido
por mis venas.

El mundo caduco.

Tat se iba a morir. No importaba lo que hiciese. Se iba a morir y lo sabía.
La gente pasaba a su lado hablando entre sí, incluso algunos reían. Los coches, las luces, las nubes, los pájaros, ninguno se paraba. El sol seguía su camino por encima de su cabeza y en los escaparates luces de neón anunciaban ofertas de más del cincuenta por ciento. En los televisores, daban las noticias. Y Tat no salía en ellas. Pero se iba a morir.
Miró a su alrededor. La gente estaba cansada. Cansada de vidas que no les interesaban y de trabajos que odiaban. No reparaban en ella ni en su pobre muerte porque no les importaba. Suficiente tenían con tener que llegar a fin de mes. Es curioso como tenemos solo una vida y decidimos vivirla para agradar a los demás, cuando nadie nos dará una segunda oportunidad para agradarnos a nosotros mismos.
Tat se iba a morir. No importaba lo que hiciese. Se iba a morir y lo sabía. Pero era libre. En medio de aquel mundo caduco, dio una calada al aire y sonrió. Las arrugas alrededor de su ojos desaparecieron.

Tus cadenas.

Nos dicen lo que tenemos que hacer desde que nacemos. Nos enseñan lo que ellos aprendieron, olvidando que en algún momento de su pasado también rompieron las normas. Nos obligan a dejar de soñar, a centrarnos. (Estudia una carrera que no te gusta para trabajar en algo que no te gusta porque gente que no te gusta te dijo lo que tenías que hacer).
Memoriza enormes parrafadas para sacar buena nota en un examen.
Estudia algo que te dé mucho dinero y poca felicidad.
Llega tarde a casa porque el ordenador te dijo "un poco más".
Y cuando te mueras, muérete solo, sin haber cumplido ninguno de tus sueños, con un matrimonio roto, unos hijos que apenas te conocieron y un fajo de billetes en el bolsillo.
Muérete solo.


Seamos, por favor.



Vamos a alzar el vuelo y a irnos lejos de aquí,
donde el aire sea palpable y la luna atrapable.
Vamos a alzar el vuelo y a soñar que estamos
rodeados de personas mejores de calles mejores
de labios color carmín que nos sonríen
con un espacio ínfimo entre los dientes.
Y vamos a alzar el vuelo y a escarbar
dentro de la tierra hasta encontrar el núcleo
y darle la vuelta para que las cosas
no parezcan tan frías como en la realidad.
Y vamos a llenarnos las manos de tierra
a rompernos las uñas enterrando los dedos
en sacos de arena que hemos recogido
de una playa que ha desaparecido debajo del mar.
Vamos a cerrar los ojos
y a desnudarnos con la mirada
en medio de este mundo lleno de gente
que oculta lo que es con máscaras.
Vamos a bailar en medio de la calle
sin música sin pasos sin premeditación
solo oyéndonos el uno al otro
los latidos del corazón.

Tú y yo vamos a hacer (a ser) tantas cosas
que el mundo correrá más
que el conejo de Alicia en el País de las Maravillas
y lo perderemos de vista.

A(lunar).

Tu piel es imperfecta. Imperfecta como el universo.
Trazo recorridos con la yema de los dedos y creo constelaciones a través de tus lunares. Son redondos y oscuros, manchas en el mapa huesudo de tu espalda. Se te erizan los vellos de los brazos, se te dilatan las pupilas, arqueas la columna vertebral con un ligero temblor.
Terreno lleno de cráteres, y mi mano cohete espacial que aterriza (aluniza) sobre los poros de tu piel. Ahí arriba, sobre tu torso desnudo, estoy seguro de que me harían falta miles de litros de oxígeno para poder respirar con normalidad.

No dejes de hablar en medio del túnel.


La radio del 600.

Conducías a mi lado, por una carretera en lo alto de un montaña bajo la cual descendían metros y metros de árboles agarrados a tierra por cada una de sus raíces, aguantando como robles la presión de la gravedad. En la radio sonaba algo. Algo triste, de eso sí me acuerdo. Yo llevaba puesto el cinturón, pero cuando giramos la curva y las líneas de la carretera se hicieron continuas por la velocidad (efecto óptico en la cuenca de los ojos) me lo quité y te miré. Tenías la vista fija en la carretera, y éramos tú y yo en medio del infinito. En medio de la nada que unía tu ser y el mío. Saqué medio cuerpo por la ventanilla y gritaste asustado. Me agarraste por el cinturón y entramos en un túnel. Todo estaba oscuro y desierto. Oía tu voz sonar como un suspiro, aliento en medio del silencio, y sonreí mientras me hablabas enfadado, con la voz ronca del miedo.
(No dejes de hablar en medio del túnel -te dije-No dejes).

Diccionario de contracorriente.

Vivir. intr. 1) Verbo consistente en cambiar las cosas y pintar constelaciones en la piel de la persona a la que amas. Cuando levantas la cabeza y ves a los demás siempre piensas que son mejores que tú, pero te equivocas. No se trata de sonreír las veinticuatro horas del día, o de hacerlo todo bien, siempre perfecta y erguida. Se trata de equivocarse. De hacer las cosas mal, tantas veces que de caerte se te desoyen las rodillas. Y si lloras, está bien. Joder, eres humano, no pueden pretender que seas fuerte como un roble (porque hasta los más altos caen). Vivir consiste en mirar hacia dónde va la corriente e ir en contra de ella, porque solo los peces muertos la siguen.

El arquero de las calles de Nueva York.

Tenía los ojos grises de su madre, aunque no la conocía. Corría más rápido que mil y un leopardos, pero no por ello había escapado de las garras de la policía, -las sirenas de fondo como banda sonora de su vida-. En la cárcel estuvo dos veces, encerrado entre cuatro paredes frías como el hielo y oscuras como la noche, con la cabeza gacha, los codos sobre las rodillas y las manos hundidas en el pelo azabache. Le llamaban Robin Hood. Vestía camisetas de segunda mano y robaba manzanas en el mercado. Manzanas y pan y gorras y dinero de la caja. No había piedad en su mirada, pues más de una vez le habían partido el labio inferior por dudar de sus enemigos, ni inocencia en su cuerpo, elástico y lleno de heridas. Ayudaba a aquel que lo necesitara, al menos hasta que lo cogieron por tercera vez y lo plantaron frente al jurado. (Ahora, espera su sentencia).

2009-2016. Todos los derechos reservados a Alicia Alina.